miércoles, 20 de marzo de 2013

Afterlife


Morir no es una experiencia agradable. Francamente, no se la recomiendo a nadie, mientras no tengan que hacerlo, eso claro está.


Yo creo que el principal problema de la muerte es que apenas ha ocurrido, es muy difícil que te enteres. Por ejemplo, mientras yacía en el asfalto con el cráneo partido, lo que menos pensaba era que podía estar muerta. Lo que pensaba en realidad era: “Bien. Ha sido un golpe, nada más. Ahora me levantaré y seguiré mi camino a la universidad, presentaré mi trabajo y más tarde llamaré a Remy para cancelarle. Nada de lo que preocuparse.”

Las personas a mi alrededor tampoco parecían demasiado preocupadas, si bien un poco alteradas. Me pregunté por qué ninguna de ellas me estaba tendiendo la mano para ayudar a levantarme, y por qué yo misma no me estaba levantando en ese momento. A decir verdad, me sentía bastante cómoda, como si el asfalto fuera el colchón de plumas más liviano del mundo, y yo pudiera quedarme a dormir ahí para siempre. Pero qué raro habría sido eso, una chica durmiendo en medio de la calle como si fuera un colchón de plumas. No, en vista de que nadie iba a ayudarme, tendría que hacerlo yo.

Así que lo hice. Supongo que ahí debí darme cuenta que algo raro estaba ocurriendo, porque bastó pensarlo para que ocurriera. Quiero decir, cuando uno sigue en contacto con su cuerpo y quiere levantarse, primero incorpora la espalda, luego pone los pies en el suelo y finalmente se para. Yo no hice nada de eso, simplemente pensé que debía levantarme y listo, estaba parada. La gente no pareció darse cuenta, seguían ahí con cara de circunstancia, como si no hubieran notado cuenta que la del accidente ya estaba de pie y bien.

Entonces escuché las sirenas de la ambulancia y me sentí terriblemente irritada. Lo que me faltaba. Algún buen samaritano había creído que mi golpe fue peor de lo que parecía y llamó al 911 ¡Qué perdida de tiempo! ¡Y yo que quería volver a casa temprano! La ambulancia estacionó en medio de la multitud, bajaron unos cuántos paramédicos con camillas y esos equipos raros que usan, y se dirigieron directo hacia mí.

-¡Escuchen! ¡Se los agradezco mucho, pero me encuentro bien! – les grité. No sé por qué gritaba. Quizá porque toda la situación era de lo más frustrante.

Los paramédicos no me hicieron caso, y pasaron de largo. En realidad, creo que sería más apropiado decir que pasaron a través de mí. La camilla iba directo hacia mí, pero ellos no se desviaron ni se movieron, sino que simplemente hicieron que la atravesara. Miré hacia abajo. Mis pies seguían tocando el suelo, podía sentirlos, pero no podía verlos porque estaba atrapada en medio de la camilla. Sin embargo, nadie me estaba mirando como seguramente mirarían a Criss Angel si fuera él el que estuviera partido al medio en una calle de Broadway: todos estaban concentrados en los paramédicos. Esto era ridículo ¿Qué demonios estaba pasando?

Di un paso al costado para apartarme de la camilla y miré alrededor. Los paramédicos estaban inclinados y trabajando sobre una chica que llevaba una blusa igual a la mía, tendida en el suelo con la pierna doblada en un ángulo tan grotesco que me dio una arcada. Había sangre debajo de ella, muchísima sangre.

-¡Dios mío! – miré a una señora a mi lado – ¿Se encuentra bien?

La señora no me contestó, solamente tenía la boca tapada con las manos, como si ella también tuviera náuseas. A pesar de lo cual, no dejaba de mirar. La gente es realmente morbosa cuando se trata de estas cosas.

En situaciones normales, me habría dado vuelta y me hubiera ido. No me gustaban este tipo de situaciones, no me gustaba meterme donde me llamaban. Sin embargo, algo en mi interior me decía que aquella no era una situación normal. Me acerqué un poco más. Ahora me daba cuenta que había sido egoísta, obviamente habían llamado a la ambulancia por ella y no por mí.

No pude ver su rostro, pero me di cuenta que su color de pelo era igual al mío, ese marrón oscuro al que le faltaban tres tonos para ser negro. Todos los paramédicos se gritaban entre sí, diciendo cosas como: “¡Más adrenalina!” y “¡Tenemos que sujetarle el cuello!” Uno les pasó un collarín, y en cuanto se lo colocaron, levantaron a la chica en andas y la pusieron en la camilla.

Cuando lo hicieron, me di cuenta de que se me parecía muchísimo. Tenía la misma nariz respingada, y la misma boca demasiado pequeña para su rostro. Incluso tenía la misma cicatriz en la ceja, la que yo me había hecho al caer de un columpio a los seis años. Tenía los ojos cerrados, pero sospeché que si los hubiera tenido abiertos, habría podido ver el mismo tono castaño que en los míos. Me quedé boquiabierta ¡Pero si podría ser mi gemela!

Exceptuando por el hecho que yo no tenía ninguna gemela. Lo que solamente podía significar que…

-¡Esperen!

No llegué a tiempo. Subieron la camilla a la ambulancia, cerraron las puertas y arrancaron a toda velocidad. La gente a mi alrededor murmuraba cosas que no alcanzaba a comprender mientras se iban dispersando. Volví hacia el lugar donde había estado tendida… donde ella había estado tendida. Había un rastro bastante largo que formaba una especie de línea retorcida, igual a esas líneas azules que simbolizan los ríos en los mapas. Solo que no era azul. Era roja.

-¿Tawny Dally? – dijo una voz detrás de mí. Levanté la vista, parpadeando. Parado al lado mío había un sujeto regordete con gafas cuadradas, pelo ralo y rostro aburrido. Parecía uno de esos pesados empleados del Departamento de Transporte que intentan simular entusiasmo mientras te atienden, pero fallan épicamente.

-¿S… sí? – murmuré, todavía un poco conmocionada.

-Firme aquí, por favor – me indicó, tendiéndome una tablilla y una lapicera que sacó del bolsillo de su camisa a rayas – Y no olvide poner sus iniciales.

-¿Qué… qué es esto? – pregunté, desconcertada. Aún así, por puro reflejo, tomé la lapicera.

-Es una autorización para que desconectemos completamente su cuerpo de su alma y apagar del todo sus signos vitales – explicó el tipo, entornando sus ojitos porcinos, como si fuera obvio.

-¿Discúlpeme? – pregunté. No estaba segura de haber entendido.

-En este momento, su cuerpo permanece vivo, aunque apenas – suspiró el tipo, como si le resultara mortalmente fastidioso explicármelo – Eso es debido a que su conciencia está vibrando en un plano diferente, pero no del todo. Al firmar esto, usted nos autoriza a facilitarle el… emh… el paso.

-¿Qué paso? – ¡Estaba cada vez más desconcertada!

                        El sujeto suspiró profundamente, aparentemente tratando de no perder la paciencia.

-El paso a la vida después de la muerte, por supuesto.

La lapicera se me cayó, pero no estoy segura de si llegó a tocar el piso, porque el sujeto la atrapó en el aire con una habilidad que no correspondía a su apariencia, y me la volvió a ofrecer en silencio.

-¿Vi… vida después de la muerte? – repetí. Las palabras sabían a cobre y a miedo – ¿Estoy… estoy muerta?

-Preferimos decir que su conciencia se encuentra vibrando en un plano distinto – dijo el sujeto, como quién recita el slogan de la compañía sin realmente creerlo – No está muerta en el sentido clínico todavía, ya que su cuerpo aún cumple sus funciones vitales, aún respira y su corazón late. Pero como puede ver, usted está disociada de él. Así que, por favor…

-No, no, espere – me rebelé – Si mi cuerpo aún vive, ¡significa que puedo regresar! ¡Puedo volver a sintonizarme con él, o lo que sea!

-Me temo que para eso deberá consultar a mi Superior – dijo el sujeto, con la salida típica de los empleados que no se quieren meter en líos – Pero le advierto, es una persona muy ocupada…

-¡¿Quién demonios es su Superior?! – exclamé. Él simplemente se limitó a señalar la plaqueta con su nombre que colgaba del lado izquierdo de su camisa: “Ronald Craven. Ángel de la Muerte”.

“Ángel de la Muerte”. Fue como un balde de agua fría. Primero, porque jamás había estado frente a alguien que se pareciera menos a un ángel. Se suponía que los ángeles eran bellas criaturas de luz o algo parecido, no aburridísimos empleados del Departamento de Transporte, ¡ni siquiera los Ángeles de la Muerte podían ser así! Y segundo, porque si era realmente un ángel, eso significaba que su Superior debía ser…

-Siempre tiene algún asunto importante entre manos – suspiró Ronald – Pero de alguna forma siempre se las ingenia para atenderlos a todos. Si quiere, puedo solicitar una audiencia con él y…

-¿Una… audiencia? – repetí, todavía sin poder recuperarme del shock.

-Sí, suele ser muy flexible en sus decisiones, si tiene un buen argumento, claro está…

-¿Un… argumento? – me sentía como una completa estúpida, repitiendo la última cosa que él había dicho, pero es que no podía hacer nada más. No estaba pensando correctamente.

-Así es ¿Por qué cree que deberías estar viva? ¿Está llevando a cabo alguna tarea que pueda mejorar el futuro de la humanidad? – preguntó. Negué con la cabeza – ¿Colabora con alguna causa comunitaria en la cual su presencia fuera imprescindible? ¿Iba a hacerlo en el futuro cercano?

Mientras Ronald disparaba las preguntas y yo seguía negando con la cabeza, me di cuenta de algo terrible: no tenía ningún motivo para no estar muerta. Estaba estudiando diseño gráfico, pero esa no era realmente mi pasión, solo lo hacía para tener un trabajo. Para tener un trabajo y dejar de pagar mi apartamento con el fidecomiso de Nana. Para tener un departamento donde ir a dormir y donde desayunar antes de ir a estudiar. Para sacar notas aceptables. Obtener mi título. Y trabajar. Y sobrevivir.

-¿Tiene familia? ¿Está casada?

No. Nana habían muerto, no me llevaba muy bien con mis padres, y no tenía hermanos. Remy quería casarse y tener hijos, pero yo no quería ni oír hablar del tema, por eso habíamos cortado, y por eso nos íbamos a ver hoy, aunque suponía que no nos quedaba mucho de lo que hablar de todas maneras… ¡Oh, Dios, Remy! ¡Esa tarde se quedaría esperándome en el café sin saber que un estúpido accidente de tráfico me había matado! Pensaría que lo dejé plantado, como en realidad había planeado hacer ¿Habría alguna forma de avisarle?

Ronald hizo repiquetear los dedos en su tableta con impaciencia.

-Bueno, no tiene un caso sólido, pero supongo que siempre puede tratar... ¿solicito la audiencia?

-No no… eso… no será necesario… - Ronald tenía razón, no tenía mucho caso. Demonios, ni siquiera tenía un gato al que debería darle de comer, o algo así.

-¿Está segura?

-Sí, yo… firmaré – decidí. Las rodillas me flaquearon y tuve ganas de llorar ¿Se podía hacer eso estando muerta?

-Muy bien, entonces – me volvió a tender la planilla con la lapicera, pero vaciló un poco – ¿Necesita un minuto, srta. Dally?

-No, estoy… estoy bien – tomé la lapicera y miré la hoja, sin atreverme realmente a leer lo que decía – ¿Dónde tengo que…?

-Sobre la línea punteada, por favor – indicó Ronald.

Firmé.



-¡Dos horas y veintitrés minutos! – se quejó el hombre al lado mío. Estaba vestido con una boina y unos pantalones de golf como los que yo solamente había visto en la tele. No me podía imaginar que alguien se vistiera así en la vida real.

-¿Es lo que lleva esperando? – pregunté amablemente.

No estaba muy segura de cómo había acabado en esa suerte de sala de espera. Era un lugar bastante bonito, con cuadros en las paredes, un revistero y cómodos sillones donde había una veintena de personas esperando, de espaldas a unas puertas muy anchas con números grandes sobre ellas. Hasta ahora habían entrado tres personas. Ninguna había salido.

-¡Esto es impensable! – se quejó el hombre de los pantalones de golf, quitándose la boina para revelar unas venerables y relucientes canas – ¡He sido un protestante practicante toda mi vida! ¡Debería irme directo al Cielo!

-Quizá sea el procedimiento estándar – ofreció tímidamente una mujer, que lucía un moretón bastante feo en el lado izquierdo de la cara.

-¿Por qué estás tan ansioso de todas maneras? – intervino un hombre más joven con un sobretodo y la piel de un ligero tono azul – Estás muerto. Todos lo estamos. No es como si pudiéramos ir a algún lado.

-¿Qué es este lugar, de todas maneras? – pregunté.

-Esto, querida, es el Limbo – me contestó la mujer del moretón – Cuando te llaman, vas a una de esas puertas – señaló – Y hablas con un encargado, que te dice si vas al Cielo o al Infierno.

-Yo no necesito un encargado que me lo diga – el hombre de la piel azul se encogió de hombros – Me voy al Infierno. Estoy seguro.

-¿Qué le pasó? – pregunté, esperando que no fuera una pregunta indiscreta.

-Me ahogué con un hueso de pollo – explicó el hombre, con una risa cínica – Veinte camareros alrededor mío y no había uno que supiera la maldita maniobra de Heimlich. Fue una manera patética de morir.

-Al menos a ti no te mató a golpes la persona que juró amarte y respetarte toda tu vida – suspiró la mujer, melancólica.

-¡Qué horrible! ¿Por qué no lo dejaste?

-Iba a hacerlo – aclaró ella – Por eso me mató…

-¡Yo morí en la hora y el lugar apropiados! – interrumpió el anciano golfista, como si eso fuera algo de lo que estar orgulloso – En cuanto sentí el dolor en el pecho, dije: “Ha llegado mi momento, no pelearé contra él” ¡Y resulta que me hacen esperar en el Limbo! ¡Esto es inaudito!

-¿A ti qué te pasó, querida? – preguntó amablemente la mujer asesinada.

-Me… atropellaron, creo… no, no fue así, el auto venía hacia mí, y yo… me aparté, me tropecé y… me parece que me golpeé la cabeza… - expliqué, frotándome la nuca, tratando de sentir el lugar exacto de la herida que había acabado con mi existencia.

-Matthew Cunning… Matthew Cunning… - llamó una voz por un altoparlante – Matthew Cunning, se solicita su presencia en el box número 3… Matthew Cunning, por favor preséntese en el box número 3…

-¡Por fin! – el anciano golfista se levanto y nos dirigió una inclinación de despedida – Señores… espero verlos pronto en… donde quiera que merezcamos ir…

-Qué imbécil – murmuró el hombre del sobretodo cuando el golfista ya estaba fuera de nuestra vista – Probablemente cree que el Cielo es como uno de esos exclusivos clubes sociales que solía visitar en vida… sólo para los que han seguido la Biblia rigurosamente toda su vida…

-¿Y tú qué crees? – me interesé.

-Yo creo que el Cielo es lo que uno quiere hacer de él – explicó el hombre – El mío sería un enorme biblioteca. Yo era un escritor, ¿sabes? O más bien quería serlo… en cualquier caso, no tiene sentido pensar en el Cielo, me voy al Infierno…

-¿Cómo puedes estar tan seguro?

-Porque así es mi suerte. En vida, terminé haciendo críticas para el New York Times – explicó, negando la cabeza – Y cuando consigo que un editor se interese en mi libro, me cita en el único restaurante en América que no le saca los huesitos a su pollo… debería demandarlos…

-Tal vez lo publique de todas maneras – aventuró la mujer – En cualquier caso, a donde vamos no puede ser una cuestión de suerte. Yo creo que lo que hicimos en vida tuvo que contar para algo, ¿no? ¿Tú que piensas, querida?

-No lo sé – respondí con sinceridad – Es que… nunca pensé que habría una vida después de la muerte…

-Tawny Dally – llamó el altoparlante – Tawny Dally… por favor, Tawny Dally, preséntese en el box número 7…

Respiré profundamente y me levanté. La mujer me sonrió para darme confianza, y el hombre del sobretodo me hizo un gesto cínico con las cejas. Me acerqué hasta la puerta que exhibía un enorme 7 y llamé tímidamente.

-¡Adelante, adelante! – me dijo una voz femenina desde dentro. Abrí con mucho cuidado.

Detrás de un escritorio de caoba, había una mujer vestida en un elegante traje sastre, con el cabello rubio impecablemente peinado en una media cola y anteojos de marco negro que la hacían lucir ligeramente como una muy amable profesora de secundaria. De no ser, claro está, por las enormes alas blancas que se extendía en su espalda. Lo que explicaría por qué las puertas allí eran tan anchas.

-Pasa, pasa, no seas tímida – me invitó ella, señalando una silla delante del escritorio – Mi nombre es Sylvia, y yo seré tu Ángel Examinador ¿Cómo te trata la vida después de la muerte?

-Bien, supongo – me encogí en mi silla mientras ella abría un expediente con mi nombre en él – Yo… sigo un poco confundida con todo esto.

-Todos están confundidos al principio – me sonrió Sylvia – Ahora, veamos a qué lugar corresponde tu alma inmortal, ¿de acuerdo? – sus ojos recorrieron el expediente y se abrieron con sorpresa. Pasó la página y luego la releyó como si esperara encontrar algo diferente – Oh, vaya…

-¿Qué? – pregunté, nerviosa por su duda. Ella se limitó estirar sus largos dedos hacia un intercomunicador.

-¿Rafael, podrías venir un momento, por favor?

¿Rafael? ¿No se estaría refiriendo a…?

Un segundo más tarde, un hombre joven ataviado con un traje blanco de corte moderno entró en la habitación. Él también tenía enormes alas, aunque las suyas parecían hechas de algún material reflejante que lo hacía increíblemente difícil de ver.

-¿Qué necesitas, Sylvia? – preguntó con un suave acento musical inidentificable.

-Rafael, lamento molestarte, ¿podrías mirar esto? – Sylvia le tendió mi expediente. Rafael leyó mi expediente y la misma expresión de desconcierto se pintó en sus ojos oscuros.

-Tawny… ¿tu Ángel de la Muerte no te ofreció una audiencia? – preguntó amablemente. Yo me encogí todavía más en mi asiento.

-Sí, sí lo hizo – expliqué – pero me pareció entender que era solo para las personas que tenían asuntos pendientes.

-Así es, Tawny… pero tú tienes asuntos pendientes.

-No, no tengo – fruncí el entrecejo, no muy segura de recordar algo “pendiente” que hubiera dejado en la vida.

-Sí que los tienes – insistió Rafael – Tawny, has estado en la tierra aproximadamente un cuarto de siglo… y nunca has hecho nada para ganar tu entrada al Cielo.

Oh, no. ¿Eso significaba…?

-Tampoco calificas para el Infierno – Sylvia se adelantó a mi pensamiento – No has hecho nada especialmente malo. Y por la misma razón, sería incorrecto enviarte al Purgatorio.

-No lo entiendo – dije, sorprendida – Es decir…

-No hay un lugar para ti en la vida después de la muerte – concluyó Rafael – Pero como ya firmaste el contrato, tus funciones vitales ya han sido desconectadas y no puedes regresar a tu cuerpo…

-Eres lo que llamamos un Alma Errante – apostilló Sylvia.

Por algún motivo, las palabras me cayeron como dos latigazos en la cara. “Alma Errante”. Un alma, algo incorpóreo, algo que no podía ver, que no podía ni siquiera afectar lo que había a mi alrededor. Y encima de ello, errante. Sin lugar en el mundo, ni en este ni el anterior. Todas las cosas habían parecido tan claras esa mañana, mientras bebía mi café en mi pequeño apartamento, tenía un lugar, existía. Ahora era un Alma Errante.

-¡No puedo creerlo! ¡No teníamos un Alma Errante desde hace décadas! – soltó Rafael, enfadado – Me encargaré personalmente de que tu Ángel de la Muerte sea duramente castigado por esto…

-¡No, esperen! – lo frené, sintiendo el pánico crecer en mi garganta – ¿Qué es lo que voy a hacer ahora?

Sylvia y Rafael se miraron, confundidos. Luego, Rafael dijo:

-Será mejor que hable con el Superior.



Sylvia me acompañó por un pasillo ante otra puerta demasiado ancha.

-No te pongas nerviosa – me recomendó mientras me sacudía la ropa.

-¿Qué va a pasar? – pregunté tímidamente.

-Las Delegaciones de los Superiores van a reunirse y a discutir el destino de tu alma – explicó – Trata de no mirar mucho hacia la izquierda, algunos no son muy agradables a la vista.

-¿Algunos quiénes? – alcancé a preguntar, pero Sylvia me empujó hacia la puerta, me deseó suerte y me dejó sola.

Si había un momento en que tendría que entender el concepto de Alma Errante, ese era. Sola en aquel pasillo, en el medio de Ningún Lugar exactamente, con un destino completamente incierto ante mí que podía ser definitivo, estaba aterrada. Respiré profundo un par de veces para darme valor. Aún así, mis rodillas estaban temblando cuando abrí la puerta.

Adentro, había una especie de tribunal con las luces apagadas. Lo único que consiguieron distinguir mis ojos fue una especie de tarima ubicada en medio de la sala. Avancé hacia ella, vacilante. Ni bien puse mis pies en ella, las luces se encendieron.

-En vista que todas las partes se encuentran ya presentes, da comienzo a la Audiencia número diez mil setecientos ochenta y tres millones cuatrocientos cincuenta y dos mil novecientos treinta y cuatro – dijo una mujer ubicada detrás de mí. Reconocí su voz como la del alto parlante que llamaba a las almas en el Limbo – Asunto a tratar: el destino del alma inmortal de Tawny Dally, hija de Patricia y Kenneth Dally, nacida el 22 de Agosto de 1985, en Pennsylvania, Estados Unidos, declarada agnóstica, estudiante de Psicología en la Universidad de Columbia, fallecida a la edad de veinticuatro años, el 21 de Marzo de 2010, en Nueva York, Estados Unidos. Presentes de la Delegación Infernal: Mefistófeles, Belcebú y Amon. Delegación Celestial: Gabriel, Miguel y Rafael.

-Gracias, Betsy, como siempre tan eficiente – dijo una voz chirriante a la izquierda.

Cuando me volví a mirar, me llevé un sobresalto. Había tres hombres sentados allí, los tres con impecables trajes carmesíes, dignos y estirados en sus asientos. Sus rostros habrían sido atractivos… de no ser porque tenían cuernos asomando entre sus impecables cortes de pelo y fulgurantes ojos caprinos. El que había hablado me sonrió, mostrando una hilera de dientes blancos y afilados que me hizo estremecer.

-Así que un Alma Errante – dijo el segundo de los hombres de traje rojo. Su voz era retumbante y poderosa, como el eco de una caverna profunda – Esta Audiencia es innecesaria. De acuerdo a lo establecido en el año 759, todas las Almas Errantes pertenecen a la Delegación Infernal. Estamos en nuestro derecho de reclamarla y entrenarla como Demonio.

-Eso sería correcto, Mefistófeles – intervino alguien a la derecha – Pero de acuerdo a lo establecido más tarde en el mismo siglo… no recuerdo el año ahora mismo…

-772 – aportó otro. Miré hacia allí.

Tres hombres de trajes blancos, uno de los cuales reconocí como Rafael, estaban sentados tan dignamente como la Delegación Infernal, las alas resplandecientes plegadas para poder caber más cerca los unos de los otros.

-772, gracias, Miguel – continuó diciendo el ángel del medio, que no podía ser sino Gabriel – De acuerdo a esa audiencia, nosotros podemos reclamar el Alma Errante siempre que haya alguien dispuesto a hablar a favor de ella.

-¿Y quién sería ese alguien, si se puede saber? – preguntó Mefistófeles, con un deje de ironía.

-La Delegación Celestial llama como testigo a Rhonda Dally, hija de Humbert y Mary Lloyd, nacida el 3 de Octubre de 1928, en Pennsylvania, Estados Unidos, casada con Anthony Dally, madre de Kenneth y Jonathan Dally, declarada católica, costurera retirada, fallecida el 8 de noviembre de 1999, a la edad de setenta y un años, en Pennsylvania, Estados Unidos, abuela paterna de Tawny Dally…

-¡¿Nana?!

Nana se materializó – sería inapropiado decir que entró – en el tribunal, con el vestido violeta que ella misma se había cosido y un sombrerito que cubría sus rizos canosos. Nana me miró y esbozó la misma sonrisa beatífica que recordaba de cuando era niña.

-Hola, pequeña – me saludó con esa voz cascada que me hacía pensar inmediatamente en cuentos de hadas a la hora de dormir – Es bueno verte… bueno, no verte aquí, pero es bueno verte…

-¡Nana! – exclamé, mientras se me hacía un nudo en la garganta – ¡Oh, Nana, te extrañé mucho…!

Uno de los demonios carraspeó ostentosamente.

-Bueno, tienes tu testigo – dijo el Demonio de la voz chirriante – Que declare, no me quiero perder la tortura de mediodía.

-Rhonda, cuando usted estaba viva, ¿rezaba por su nieta? – interrogó amablemente Rafael.

-Todas las noches – asintió Nana, con los ojos azules muy abiertos como para reafirmar su sinceridad – Y también la llevé a la iglesia e insistí en que hiciera su Primera Comunión… incluso yo misma le cosí el vestido…

-¿Ella creía?

-Cuando era pequeña, sí – asintió Nana – Pero luego sus padres se divorciaron y yo me morí, y me parece que eso hizo tambalear su fe.

-¿Alguna vez se comportó mal adrede?

-No, no – Nana negó con la cabeza – Tawny es una chica buena. No es capaz de hacerle daño a nadie. Nunca podría ser uno… de ellos – agregó con un estremecimiento y una mirada de reojo a la Delegación Infernal.

-Sin embargo, tampoco le hizo jamás el bien a nadie – intervino el tercer Demonio, que hasta ahora había estado callado – Y no por falta de oportunidad, tengo entendido. Cada día en su camino a la universidad, pasaba por un refugio de animales, pero ¿alguna vez adoptó uno? Su carrera ofrecía pasantías para ayudar a un refugio de gente sin hogar, ¿pero alguna vez la aceptó?

-Por favor, no pueden permitir que ellos se la lleven – Nana parecía a punto de llorar, y eso me hizo sentir desolada – Tawny es buena, sé que lo es…

-Nana, por favor, no llores – rogué, y se me quebró la voz. Esto era más de lo podía soportar.

-¿Ya terminaron con el circo de las lágrimas? – preguntó Mefistófeles con desprecio – El Alma Errante pertenece a las Huestes del Infierno, a menos que ustedes tengan algo mejor que ofrecer…

-Podemos aceptarla entre nuestras filas – dijo Rafael de pronto.

-Eso es ridículo – señaló el tercer Demonio – Gabriel ya tiene suficientes Ángeles Vengadores, y el lindo sistema burocrático de Rafael rebosa de Ángeles de la Muerte y Examinadores…

-… pero resulta que a mí me hacen falta ángeles, Amon – lo interrumpió Miguel – Ángeles Mensajeros y Guardianes, tengo bastantes, sí, pero los Ángeles Interventores nunca están de más.

-¿Ángel Interventor? ¿Ella? – inquirió el primer Demonio, Belcebú – ¡Pero si se pasó la vida tratando de no inmiscuirse en los asuntos de nadie!

-Quizá – Gabriel asintió con gravedad – pero es nuestro deber ofrecerle lo que podamos para salvarla. Tawny, ¿te gustaría ser un Ángel Interventor?

-¿Qué… qué es eso exactamente? – me animé a preguntar.

-Es la clase más baja de ángeles – dijo Mefistófeles, y su voz sonó más que nunca como uñas rasgando una pizarra – Ni siquiera tienen alas.

-Pero realizan un trabajo de suma importancia en la tierra – intervino Miguel – Tu deber, Tawny, será intervenir en la vida de personas que se encuentren perdidas o confundidas y tratar de guiarlos por la senda del bien, ayudándolos en sus decisiones cuando lo soliciten, y dándoles apoyo cuando lo necesiten. Si lo haces bien, al cabo de un tiempo se te concederán tus alas… y también, tu entrada al Cielo.

-Pero no porque realices esa labor dejas de ser un Alma Errante – siseó Amon de forma sombría – Recuérdalo. No serás un ángel de verdad hasta tener tus alas, y nosotros siempre estaremos allí para reclamarte en cuanto cometas un error. Sería más fácil que simplemente vinieras con nosotros.

Los observé de nuevo. Sus voces deformadas y lastimeras, los cuernos que asomaban entre su cabello. Noté algo que no había visto la primera vez: tenían colas rojas que se agitaban mientras hablaban, y el tercero tenía uñas extremadamente largas en sus manos nudosas, que me hicieron pensar de inmediato en garras de buitres. Me aterrorizaban. Supe de inmediato que mientras pudiera hacer algo, no iría con ellos jamás.

-No. Haré lo que dice Miguel – resolví – Seré un Ángel Interventor.

Los tres demonios protestaron, pero se callaron bajo la mirada severa de Gabriel.

-Ella ha tomado una decisión. No pueden intervenir contra su Libre Albedrío, y lo saben. Tawny trabajará como Ángel Interventor bajo las órdenes de Miguel para ganar su entrada al Cielo.

-Pues buena suerte con eso – gruñó Mefistófeles y los tres se levantaron – Vamos, chicos. A lo mejor aún llegamos para los azotes.

Y con un movimiento de sus colas, los tres desaparecieron. Rafael negó con la cabeza.

-¿Por qué siempre tienen que ponerle trabas a todo? – se quejó.

-Es su trabajo – Gabriel se encogió de hombros. Los tres bajaron de la tarima donde estaban. Supe que se estaban moviendo así por deferencia hacia mí, que podrían simplemente haber desaparecido igual que los demonios.

-Tawny, ¿estás lista? – preguntó Miguel amablemente.

-Oh, ¿ahora mismo? – mis ojos se desviaron nerviosamente hacia donde Nana aguardaba de pie – ¿Me… me permites un minuto…?

-Por supuesto – concedió Miguel, comprensivo.

Bajé de la tarima y corrí hacia Nana, que me abrió los brazos y me abrazó con mucha fuerza mientras yo hundía la cabeza en su hombro y me echaba a llorar por primera vez desde que había muerto. Parecía que había pasado una eternidad desde entonces.

-Oh, cariño, por un momento temí…

-¡Nana! ¡Muchísimas gracias por hablar a mi favor! – exclamé, llorosa – Espero ser la mitad de buena de lo que tú crees.

-¡Por supuesto que lo eres, pequeña, por supuesto que lo eres! – aseguró Nana – Ya verás. Te ganarás tus alas en un santiamén, y entonces vendrás a vivir conmigo y con Abuelito. Tenemos un chalet en la playa precioso, te encantará…

-Espero… espero que tengas razón – sorbí – Pero lo que dijeron los demonios era cierto. Me pasé la vida sin querer arriesgarme por nada… sin hacer ninguna elección decisiva…

-Bueno, cariño – Nana me sonrió, y eso me hizo sentir infinitamente mejor – Quizá en tu vida no hayas hecho una gran diferencia. Pero tienes la oportunidad de hacerlo ahora… después de tu muerte.

-Tawny, ¿vamos? – me llamó Miguel. Yo suspiré profundamente, me limpié las lágrimas. Nana me sonrió una última vez. Luego yo me di vuelta, y seguí al Arcángel a través de la puerta.

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