sábado, 8 de junio de 2013

El amigo de un amigo

Charlie Bradbury estaba teniendo una silenciosa noche sola en casa. Bueno, “sola” físicamente, al menos. Y no estaba segura de cuántas personas calificarían una noche de asesinar orcos virtuales como “silenciosa.” Pero ella estaba teniendo una noche muy buena. Se hizo algo de té y se hundió en el sillón con un suspiro de alivio mientras se colocaba los auriculares.

-De acuerdo, chicos, vamos a entrar – le advirtió a su hermandad, antes de tomar un sorbo de té – ¿Todo el mundo preparado?

Del otro lado le llegó un barboteo de palabras en alemán.

-Günther dice que necesita ir al baño – tradujo Spruce.

-¿De nuevo? – se quejó Mikey, con su sofisticado acento británico dejando traslucir una nota de irritación – Por Dios, Günther, deberías hacer que te revisen los riñones.

Siguió una retahíla de insultos que Charlie estaba bastante segura que iban dirigidas a la madre de Mikey. Günther sí que entendía inglés cuando le convenía, simplemente no se molestaba en hablarlo.

-De acuerdo, tómense cinco minutos – les concedió Charlie. Realmente, había muy pocas cosas que pudieran importunarla en esa silenciosa, silenciosa noche – Una vez que estemos dentro, no saldremos hasta que no quede un solo orco en pie.

Günther masculló algo, y luego, imaginó Charlie, se retiró del teclado. Ella siguió bebiendo su té con toda calma.

-¿Cómo han estado, chicos? – les preguntó a los dos miembros restantes.

-Bien, bien – contestó Spruce – Estamos preparando un nuevo proyecto con los Ghostfacers.

-Oh, no puedo creer que sigas con esas cosas, Spruce – dijo Mikey, despectivo – No son nada más que trucos de luz y el viento entrando en el momento adecuado.

-Oye, no te burles – le dijo Spruce – Yo he visto bastante mierda, hermano.

Charlie, que había visto bastante mierda por sí misma y tenía ciertos amigos que vivían de enfrentarse a fantasmas, iba a hacer un comentario para defender a Spruce, cuando una avalancha de palabras en alemán la interrumpió.

-Hey, Günther, tranquilo, no entendí eso – dijo Spruce. Günther repitió lo que había dicho, más despacio, pero todavía con un timbre histérico en la voz – ¿Qué? ¿Para qué hay que mirar por la ventana?

Fue instintivo. Charlie giró la cabeza y miró. Las manos se le pusieron rígidas alrededor de la taza de té, y su boca se abrió tan rápido que casi se podría haber dislocado la mandíbula.

-Por todos los demonios – masculló Spruce – Charlie, ¿estás viendo esto?

-¿Quieren decir que está ocurriendo allá también? – preguntó Mikey, por primera vez perdiendo su flema británica.

Charlie se alejó del teclado, con los auriculares todavía colgándole alrededor del cuello, sin poder reaccionar, sin poder creer lo que sus ojos le decían.

De pronto, aquella silenciosa, silenciosa noche estaba escupiendo las estrellas.

O, al menos, eso parecía: montones de haces de luz dorada se deslizaban en caída libre hacia desde el cielo. Charlie había oído hablar de lluvias de estrellas fugaces, pero nunca se había imaginado algo tan claro, tan masivo como aquello. Le daba escalofríos. Le daba la sensación de que algo no estaba bien…

Luego, ocurrió. Fue una fracción de segundo, y Charlie apenas tuvo tiempo de darse cuenta, demasiado ocupada gritando y tirando su taza de té al suelo, pero lo vio. Lo vio, y no hubo nada que pudiera hacer para negarlo.

Uno de los haces de luz dorada pasó a centímetros de su ventana, e iluminó todo su penumbroso departamento entero, como si el sol hubiera salido a destiempo. El brillo casi la cegó por completo, pero aún así sus ojos consiguieron registrar algo que su mente en un principio se negó a entender: en medio de la luz, había un rostro humano.

Después hubo un estruendo, el estruendo de algo pesado estrellándose contra el suelo. Los vidrios de la ventana vibraron como si fueran a romperse, y los pedazos de porcelana rota repiquetearon contra el suelo. Las piernas de Charlie temblaron, y ella tuvo que aferrarse al respaldo del sillón para no sufrir el mismo destino que su taza.

-¿Charlie? – llamaban los miembros de su cofradía – Charlie, ¿estás ahí? ¿Estás bien?

-Oh, chicos – masculló Charlie, en shock – Algo malo ha pasado.

-Tengo que llamar al equipo – dijo Spruce.

-¡No! – Charlie descubrió que estaba gritando, así que bajó el tono de voz – No, Spruce… esto no es el momento para jugar a los Ghostfacers, ¿de acuerdo? Esto es… esto es realmente malo. Tengo que irme.

-Charlie, ¿pero qué…?

-No salgas de casa – ordenó Charlie – Y lo mismo ustedes, Mikey, Günther.

Charlie cortó la comunicación, apagó la laptop y la metió en su bolso. Pensó en poner algo de ropa también, pero eso era secundario. Lo importante era ponerse en marcha. De inmediato. Se echó las llaves del auto al bolsillo y prácticamente voló escaleras abajo.

Por supuesto, no era la única que había decidido salir corriendo a asegurarse que no estaba alucinando. Varios vecinos se habían congregado en medio de la calle, y estaban cuchicheando entre sí. Algunos todavía apuntaban al cielo, boquiabiertos, mientras que otros miraban hacia abajo con cara de sorpresa. A Charlie le tomó unos segundos entender por qué: justo frente a ellos, en el asfalto, había un cráter de tamaño considerable.

No se detuvo a pensarlo. Se abrió paso a codazos entre la multitud, hasta llegar al frente y comprobar lo que se temía muy en el fondo de sus entrañas.

Dentor del cráter, yacía un hombre joven, ataviado con un traje sucio por los escombros. En su rostro había una expresión de profundo temor y desconcierto, pero aún así, Charlie lo reconoció. Era el rostro que había alcanzado a distinguir en la luz de la estrella fugaz.

-Dios mío – murmuró, e hizo lo que no parecía que nadie más fuera hacer: se adelantó, saltó dentro del cráter y corrió hacia él – ¿Estás bien?

El hombre la miró con suprema confusión, como si no consiguiera entender lo que ella le decía. Tenía un corte bastante feo en el costado de la cabeza, que sangraba copiosamente.

-¡Alguien llame a una ambulancia! – le gritó Charlie a la multitud curiosa – ¿No ven que está herido?

Alguien sacó un celular, y Charlie se dio por satisfecha mientras se volvía al hombre y le estrechaba la mano.

-¿Puedes hablar? – le preguntó – ¿Sabes cómo te llamas?

-Ma… Manakel – balbuceó el hombre.

-Manakel – repitió Charlie – No tengas miedo, ¿de acuerdo? La ayuda viene en camino.

Y casi como respondiendo a sus palabras, el eco de una sirena se dejó oír a lo lejos.

-No entiendo – dijo Manakel – Yo estaba… estaba…

-Tranquilo – le recomendó Charlie – Tómatelo con calma, todo estará bien…

Por algún motivo, esas palabras hicieron que Manakel se aferrara con fuerza a la mano que Charlie le tendía. Una expresión de impotencia creció en sus ojos.

-¡Esto es su culpa! – soltó – Metatron, ¡él hizo esto!

-Está bien – dijo Charlie, poniéndole una mano en el hombro para que evitara moverse – No te esfuerces…

-Castiel – dijo Manakel – Tengo… tenemos que encontrar a Castiel. Él tiene… él puede…

Charlie no le pudo volver a decir que se tranquilizara, porque entonces los paramédicos llegaron y le pusieron un collarín a Manakel, que todavía no parecía entender del todo lo que estaba ocurriendo. Charlie no le soltó la mano, no hasta que lo subieron a la camilla y luego a la ambulancia. En todo ese tiempo, el hombre no dejó de mascullar cosas sobre sus hermanos, sobre Metatron y Castiel, quién quiera que fueran esos.

-¡Castiel! – le gritó a Charlie antes de que cerraran las puertas de la ambulancia – ¡Necesitamos a Castiel!

Castiel, se repitió Charlie. ¿Dónde había escuchado ese nombre antes?

El vehículo se alejó pitando, y la multitud empezó a dispersarse, todavía hablando entre sí, todos preguntándose qué les esperaría al día siguiente. Charlie podía decírselo ahora mismo: nada bueno.

Con el bolso golpeándole el costado de la cadera, Charlie corrió a su auto y lo puso en marcha. Apenas tuvo tiempo de pensar que las estrellas ya habían dejado de caer.


martes, 23 de abril de 2013

El Mundo es Feo

I

L había tenido un día agotador en la fábrica. Cuando por fin le permitieron retirarse a su celda, sentía los músculos agarrotados, y cada uno de los párpados le pesaba una tonelada. En el más absoluto silencio, se quitó el overol blanco de trabajo y se deslizó en el pijama (también blanco) obligatorio de la hora de dormir. Se fijó que le había salido otro agujero en la manga, y se hizo una nota mental de coserlo luego. Los pijamas nuevos no llegarían hasta dentro de otros seis meses.

A su alrededor, sus compañeras de trabajo hacían lo mismo. L podía escuchar el frufrú de sus ropas, sus suspiros de alivio cuando se echaban en el catre, sus respiraciones acompasadas reemplazadas por ligeros ronquidos a medida que se dormían. Eran los sonidos propios de la noche, los sonidos bajo los cuales L había conciliado el sueño durante… suponía que ya iban unos quince años, pero ¿quién los contaba?

Acababa de echarse en su propio camastro, y estaba cabeceando agradablemente cuando un sonido inesperado la arrancó de su sopor. Era la alarma chillona y penetrante que alertaba la apertura de la puerta del bloque de las trabajadoras. Pero, ¿es que ya era el día siguiente? ¿Se habría dormido sin darse cuenta? No sería la primera vez que le ocurría…

La puerta al final del pasillo se abrió con un chirrido, y L escuchó los pesados pasos de los Guardianes contra el suelo de hormigón.

-¡Sigan durmiendo! – ordenó una voz potente y autoritaria, y a continuación hubo un golpe que solamente podría haber sido producto de una porra descargándose contra la pared – Sigan durmiendo, no hay nada que ver.

L, que presumía de no ser ninguna estúpida, volvió a acurrucarse en su lecho, y se tapó con la fina sábana hasta la nariz. El pasillo más allá de las rejas de su celda se iluminó a medida que se acercaban los Guardianes. L entreabrió los párpados, y pudo distinguir a tres de ellos. Una era P, la Guardiana del bloque de las trabajadoras, y a los otros dos no podía distinguirlos bajo las máscaras anti-gas obligatorias. Ellos dos arrastraban a quien parecía ser el origen de aquel alboroto: una chica alta, casi tan alta como los guardianes. Por un momento, L pensó que estaba inconsciente, pero luego se dio cuenta que era porque arrastraba los pies a propósito.

-Bienvenida al bloque 314 – le dijo P, con tono burlón – Esperamos que disfrute de su estadía.

La chica levantó el rostro, magullado y cubierto por varios mechones desordenados de pelo negro hacia P. Bajo las luces del pasillo, a L le pareció que sonreía, pero no habría podido asegurarlo.

-Encontraré algo con que entretenerme – contestó.

L aguantó la respiración al mismo tiempo que P levantaba la porra, y la descargaba con rabia en el costado de la cara de la chica. Ella ni siquiera se encogió para esquivarlo, ni se quejó cuando un “crack” sonoro indicó que le habían partido un diente. Al contrario, volvió a mirar la frente, sin preocuparse, como desafiando a que P le pegara otra vez.

P, sin embargo, parecía casi decepcionada por la falta de reacción.

-Ya te vamos a enseñar buenos modales – dijo, pasando su tarjeta por el panel que abría la puerta de la celda.

Los otros dos Guardianes empujaron a la chica adentro, y la dejaron caer encima del catre sin miramientos. Luego, salieron, sus botas marcando un ritmo militar. L se animó a incorporarse un poco para observar mejor a la recién llegada. Le había puesto el pijama obligatorio, pero la pechera estaba manchada de un rojo oscuro. A L le tomó un momento darse cuenta que era porque un torrente de sangre se deslizaba desde la boca abierta de la chica, donde ella tenía metidos dos dedos que se movían en busca de algo. Al cabo de unos segundos, la desconocida sacó un diente, también cubierto de sangre, y lo sostuvo en alto. Su expresión era casi divertida.

Eso fue todo lo que L tuvo tiempo de ver antes de que se apagaran las luces.

lunes, 22 de abril de 2013

El Destino de un Demonio



Redención.

¿Existe algo así para una criatura como yo?

He robado. He matado. He traicionado a mis pares. Me he apoderado del cuerpo de muchachas inocentes y las he enviado a su perdición. He cometido todos los pecados imaginables, y también he inventado algunos nuevos.

Al fin y al cabo, cuando los demonios nos aburrimos, nos ponemos creativos.

Pero nadie se pone más creativo que Crowley cuando está impaciente. Oh, no, el hijo de puta es un verdadero artista.


viernes, 29 de marzo de 2013

La Hermandad del Colmillo - Prólogo

PRÓLOGO – UN MENSAJE.

La llamaban, simplemente, “la mansión”.

La mansión había estado emplazada, majestuosa, altiva, en la cima de la Colina de la Viuda, prácticamente desde que el pueblo existía. En un tiempo, quizá, había sido lujosa y acogedora, pero no quedaba nadie que recordara ese tiempo, y la decadente vivienda, con sus ventanas tapiadas y sus techos hundidos, parecía empeñada en que nadie consiguiera imaginarlos.

En Lorhill solían contarse historias truculentas sobre el lugar: niños y adolescentes que se retaban unos a otros a entrar y luego desaparecían para no volver a ser vistos, luces misteriosas que iluminaban las ventanas a horas imprevistas de la noche, una larga cadena de dueños que habían tratado de restaurarla o venderla y habían acabado enloquecidos o muertos.

Es decir, las historias usuales para una casa vieja y abandonada, la mitad de las cuales era exagerada o completamente falsas. Al fin y al cabo, cada pueblo necesita sus fantasmas, y además, las leyendas suelen cobrar vida propia a medida que se las repite. El lugar ni siquiera era tan grande como para considerarse realmente una mansión.

Eso le decían los padres a sus hijos cuando éstos miraban hacia allí temblando, eso se decían burlonamente los niños unos a otros cuando querían fingir valentía, eso se decían todos a sí mismos cuando despertaban en las noches agitadas de tormenta y les parecía que la mansión, que acaparaba el horizonte de Lorhill, tenía la mirada clavada en ellos. No había nada realmente maligno o supernatural en la mansión, y el escalofrío que sentían era producto de la brisa nocturna.

Todos mentían.

Y en el fondo, todos sabían que mentían.

sábado, 23 de marzo de 2013

Cenizas del Fénix - Capítulo 1


Capítulo uno – La Tumba de la Bruja.

Hubo un porrazo fuerte en la ventana, y Fay se incorporó en la cama de un salto. Le tomó un minuto darse cuenta por qué estaba jadeando y cubierta de sudor frío. Acababa de tener un sueño horrible sobre una chica que corría por el bosque y luego… luego había fuego y gritos y… no pudo seguir pensando.

Aplastó la cara contra la almohada, tratando de forzar a su corazón a que dejara de tamborilear agitado. El reloj despertador sonó en ese momento, sobresaltándola todavía más. Fay lo miró con rencor durante unos segundos, como si él fuera el causante de todas sus miserias. Luego, lo apagó con un golpe seco.


viernes, 22 de marzo de 2013

Palabras


Hay ciertas cosas sobre tener trece años y sentirse como si tuvieras cien que son dolorosamente inexplicables.

Hay ciertas cosas sobre tener trece años, y que tu abuelo se haya muerto, y que tus padres estén en medio de una separación particularmente sangrienta que son inexpresables.

Hay ciertas cosas sobre tener trece años, y sentirse sola, deprimida, sin rumbo y demasiado cerca del proverbial borde que simplemente no se pueden decir en voz alta.

Por eso, supongo, necesitaba un héroe. Porque yo, que había querido ser escritora desde que tengo uso de razón, me había quedado sin palabras.

Extrañamente, no lo encontré en otro artista, o en un profesor, o en un amigo. Lo encontré en una banda.

Recuerdo claramente que fue un 22 de febrero que encontré a mis héroes.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Afterlife


Morir no es una experiencia agradable. Francamente, no se la recomiendo a nadie, mientras no tengan que hacerlo, eso claro está.

jueves, 14 de marzo de 2013

Rusty James


Entre la bruma de invierno, el viejo Rusty James seguía parado en su esquina.

Johnny Sattler lo observó desde la esquina contraria, con una sonrisa triste entre los labios. Por supuesto que Rusty James seguía ahí. Estuvo ahí mucho antes de que a ninguno de ellos se le ocurriera levantar un instrumento, y seguiría allí, con sus ventanas turbias y sus luces de neón, cuando todas las glorias y penas de sus distinguidos clientes no fueran más que anécdotas a medio olvidar.

Sattler cruzó la calle neblinosa, y las puertas crujieron cómo dándole la bienvenida cuando las atravesó. “Sabíamos que volverías algún día, chico. Siéntate. Tómate un trago.”

Cenizas del Fénix - Prólogo


PRÓLOGO

Casi al borde de sus fuerzas; la bruja huía a través del bosque. La nieve a medio derretir crujía bajo sus botas desgastada, su respiración agitada se elevaba hacia el cielo en pequeñas volutas. La flecha que tenía hundida en el hombro le enviaba crueles ramalazos de dolor que le llenaban los ojos de lágrimas, y, mareada por la sangre perdida, le era imposible encontrar un camino que no estuviera plagado de raíces traicioneras.

Hacía varios minutos que no escuchaba ningún rumor sospechoso detrás de ella, ni el murmullo de sus perseguidores buscándola, ni el sonido de una rama al partirse, ni el zumbido de más flechas volando en su dirección; pero de todos modos, estaba tan cansada y confundida, que quizá no lo habría oído de todas maneras.

Finalmente, cuando sintió que si daba otro paso se desmayaría allí mismo, se detuvo junto a un viejo y rugoso castaño, apoyando el hombro sano contra él. Palpó la flecha. La punta se había hundido casi hasta rozarle el hueso, pero suponía que con un par de tirones decididos sería capaz de arrancársela. No iba a ser fácil, pero no podía seguir corriendo de esa manera, y todavía no había penetrado lo suficiente en el bosque.

Arrancó un grueso pedazo de corteza del castaño y se colocó entre los dientes, antes de rodear la flecha con sus finos y pálidos dedos. La mano le temblaba. “Diosa, ayúdame,” rogó en silencio, y comenzó a tirar.