PRÓLOGO – UN MENSAJE.
La llamaban, simplemente, “la mansión”.
La mansión había estado emplazada, majestuosa, altiva, en la cima de la Colina de la Viuda, prácticamente desde que el pueblo existía. En un tiempo, quizá, había sido lujosa y acogedora, pero no quedaba nadie que recordara ese tiempo, y la decadente vivienda, con sus ventanas tapiadas y sus techos hundidos, parecía empeñada en que nadie consiguiera imaginarlos.
En Lorhill solían contarse historias truculentas sobre el lugar: niños y adolescentes que se retaban unos a otros a entrar y luego desaparecían para no volver a ser vistos, luces misteriosas que iluminaban las ventanas a horas imprevistas de la noche, una larga cadena de dueños que habían tratado de restaurarla o venderla y habían acabado enloquecidos o muertos.
Es decir, las historias usuales para una casa vieja y abandonada, la mitad de las cuales era exagerada o completamente falsas. Al fin y al cabo, cada pueblo necesita sus fantasmas, y además, las leyendas suelen cobrar vida propia a medida que se las repite. El lugar ni siquiera era tan grande como para considerarse realmente una mansión.
Eso le decían los padres a sus hijos cuando éstos miraban hacia allí temblando, eso se decían burlonamente los niños unos a otros cuando querían fingir valentía, eso se decían todos a sí mismos cuando despertaban en las noches agitadas de tormenta y les parecía que la mansión, que acaparaba el horizonte de Lorhill, tenía la mirada clavada en ellos. No había nada realmente maligno o supernatural en la mansión, y el escalofrío que sentían era producto de la brisa nocturna.
Todos mentían.
Y en el fondo, todos sabían que mentían.
Pero años de vivir en Lorhill llevaban a las personas a cegarse voluntariamente, porque lo contrario sería admitir que en este mundo existían cosas capaces de sacudir los cimientos sobre los que se construían sus pequeñas vidas. Así que ellos vivían, trabajaban y morían bajo la sombra indiferente de la mansión, sin admitir jamás en voz alta que, cada día, a todos los vencía el impulso de ceder ante aquella macabra fascinación, y mirar hacia la colina, y estremecerse.
Si alguno de ellos hubiera estado mirado hacia allí un cierto atardecer de mayo, quizá habrían tenido otra cuento que agregar a la larga lista de leyendas de la mansión.
El cielo estaba teñido de un rojo fuego cegador, y la mansión parecía envuelta en llamas antinaturales, cuando un hombre apareció justo delante de sus rejas. Era alto, y su silueta destacaba contra los últimos rayos de sol. No había estado allí un segundo antes, y no lo estuvo un segundo después. Las rejas de la mansión, históricamente cerradas, ahora colgaban vacías y se moverían con el viento, provocando un chirrido que haría que más de un habitante de Lorhill tuviera pesadillas.
Al hombre oscuro y alto le daban igual las pesadillas de los mortales.
Sus botas lustrosas atravesaron el jardín que la maleza había reclamado para sí hacía varias décadas. Llegó hacia los escalones del porche, tan podridos y desvencijados que era un milagro que no cayeran por su propio peso, y menos aún daban la impresión de poder soportar el peso de un hombre fornido.
Sin embargo, el desconocido pasó por encima de ellos como si no pesara más que una pluma, y con el mismo paso decidido y un revoloteo de su largo abrigo, desapareció en el ahora oscuro interior de la mansión.
La noche se había cerrado sobre Lorhill, y abajo, en el pueblo, las luces callejeras empezaron a encenderse una por una. La mansión se envolvió en sombras, y si alguien la miró en ese momento, no vio más que una masa informe y confusa recortada contra las estrellas.
Dentro, el hombre extraño avanzó con tanta suavidad que ni siquiera los hogares de las arañas que llevaban generaciones cazando entre la mugre se agitaron a su paso. Sus pies no dejaron huellas en el polvo, y ninguna tabla crujió delatando su presencia.
Sin embargo, alguien sabía que estaba allí. Lo observaba. Lo esperaba.
El hombre se detuvo en medio de una amplia habitación que muchas décadas atrás podría haber servido de comedor, y sus ojos verdes claros, fríos como el hielo, recorrieron los rincones de la casa. En el más alejado, un par de ojos brillosos le revolvieron la mirada.
El gato arqueó el lomo y siseó. Su pelaje tenía varios espacios vacíos, y el hombre podía contarle las costillas aún aquella distancia, pero el animalejo todavía le daba batalla a la muerte. El hombre esbozó una ligera sonrisa de desprecio.
-Gatito, gatito – lo llamó, en un murmullo.
El gato se agazapó como si fuera a atacarlo, pero entonces con un frufrú de telas tan leve como una brisa veraniega, una segunda figura hizo su entrada en la habitación. Ella se agachó y estiró los brazos hacia el gato, quien cambió su actitud de inmediato, relajándose y ronroneando mientras la muchacha lo apretaba contra su pecho y se volteaba para sonreírle al intruso.
-Hola, Kaleb – dijo. Su voz tenía un matiz soñador, etéreo, como el sonido de los llamadores de ángeles en una tarde tranquila.
-Harper – contestó él, con un movimiento de cabeza que provocó que su cabello negro y lustroso formara un halo alrededor de su cara.
Era, en verdad, un hombre muy apuesto, tan apuesto como hermosa era su interlocutora. Los dos tenían una piel de marfil inmaculada, y un porte elegante y orgulloso, que haría que toda la atención se volviera hacia ellos si hubieran entrado a aquella sala tomados de la mano en una noche de baile. Las facciones de él eran angulosas y afiladas, que se volvían crueles cuando, como ahora, sonreía con arrogancia. Las de ellas eran rubicundas, enmarcadas por una larga cortina de cabello rubio platinado, que hubiera brillando a la escasa luz de las estrellas si no hubiera estado tan sucio y desastrado. Su vestido, delicadamente recargado y con el aire de una época desaparecida hace mucho; corría la misma suerte.
-No te esperaba hasta pasada la medianoche – dijo Harper, más concentrada en acariciar al gato sarnoso que en el intruso.
-Los Ancianos dijeron que era urgente – contestó Kaleb, con un fluido encogimiento de hombros.
-Urgente – repitió Harper por lo bajo, como si saboreara la palabra – ¿Hay algo verdaderamente urgente cuando se tienen siglos y siglos por delante? ¿Qué puede ser urgente para hombres que se han sentado en tronos por más tiempo que cualquier emperador que la historia recuerde?
Kaleb no dijo nada, pero un simple rictus en el costado de su boca dejó ver su impaciencia. Detestaba tener que hablar con Harper. Muchos de sus compañeros opinaban que las excentricidades de Harper se habían agudizado con los años, pero Kaleb estaba seguro que su contacto con la realidad nunca había sido demasiado firme para empezar. Su obsesión más reciente consistía en visitar casas supuestamente embrujadas, por muy cercanas que estuvieran a un pueblo de mortales. A él le parecía una conducta peligrosa, pero los Ancianos eran indulgentes y la dejaban con sus visiones, sus desvaríos y sus fantasmas.
-¿Qué mensaje tienes, Harper? – preguntó tras un largo silencio, roto sólo por el ronronear del gato.
-¿No crees que los mensajes son cosas hermosas, Kaleb? – repuso Harper, paseando por la sala, aún con el gato en brazos, moviendo las piernas como si bailara al ritmo de una música que sólo ella podía oír – Me gustan los mensajes largos y elaborados, mensajes con juegos de palabras, y mensajes en sobres perfumados adornados con cintas, y mensajes en botellas… ya nadie me manda mensajes – suspiró, con auténtico pesar – Ahora yo soy siempre la mensajera, y temo que me corten la cabeza ¡Sería tan fácil! ¡Tengo un cuello tan fino!
Kaleb contuvo el impulso de agarrarla por los hombros y sacudirla, y en cambio se cruzó de brazos. Harper danzó hacia el ventanal y lo abrió (algo completamente superfluo, porque hacía rato que los últimos pedazos de vidrio habían desaparecido del marco), y señaló hacia el pueblo con una mano, mientras con la otra todavía mesaba al gato.
-¡Míralos! Ellos respiran y duermen y sueñan, y los sueños les traen mensajes de mundos tan ocultos, tan profundos, que no pueden entender su idioma, y dicen que no son más que imágenes azarosas de recolecciones diurnas ¡Pero yo sé la verdad! – exclamó Harper, entre carcajadas cristalinas – Yo los escucho, yo sé lo que murmuran entre alientos agitados, yo sé de las pesadillas que les acosan el alma ¡Mensajes! ¡Mensajes que no quieren descifrar porque tienen miedo!
-Harper – la llamó Kaleb, con un ligero temblor de rabia en la voz – ¿Cuál era el mensaje?
-¿Crees que ellos son todos ordinarios? – preguntó Harper, como si no lo hubiera oído – Ellos lo creen. Se saludan todos los días: “Buen día, señora, ¿cómo sigue su marido? ¿Qué me dice de su hija? Buenas noches, señora, qué gusto verla, hasta luego.” Día, tras día, tras día. Y se miran a los ojos y se sonríen y murmuran a las espaldas de su vecino, y dicen a veces que esa chica es un poco rara, que es buena, pero es rara, y que la aceptaron en una universidad buena, gracias a Dios, quizá se vaya y no vuelva.
-¡¿De qué chica estás hablando?! – explotó Kaleb – ¡¿Qué tiene que ver eso con nada?!
-¡No escuchas! – suspiró Harper, con un gesto melodramático – No escuchas, ¡te lo estoy diciendo!. La chica es rara, y todos le tienen miedo, igual que le tienen miedo a esta casa, porque saben que es distinta, porque saben que hay algo que no es del todo como debería ser…
-No tengo tiempo para esto – Kaleb alzó las manos con exasperación, y se dio vuelta para marcharse.
Pero no pudo dar ni un paso adelante, porque Harper se había movido con tal rapidez que ningún ojo humano habría podido seguirla, y ahora estaba delante de él, con sus ojos azules brillantes y dementes y todavía apretando al gato zaparrastroso con un brazo.
-La chica es rara – repitió – Es rara, y te diré por qué. Escucha, este es el mensaje.
Y parándose en puntas de pie y pegando el cuerpo al de él, sin revuelos y sin redundancias, se lo dijo al oído, en un par de susurros apresurados.
Los ojos de Kaleb se abrieron de par en par.
-¿Estás segura? – la interrogó.
Harper le ofreció una sonrisa de Esfinge, y se dio la vuelta para seguir acariciando al gato, como si la presencia de Kaleb hubiera perdido cualquier interés que pudiera tener para ella.
-Gatito, gatito – canturreó por lo bajo – ¿Quién es un bonito gatito?
-Hemos estado buscándola por años – dijo Kaleb – Si te equivocas…
-No me equivoco nunca, ¿verdad, gatito? – replicó ella, todavía con la vista clavada en el gato – Harper no se equivoca, porque Harper ve lejos, más lejos que nadie, y Harper ha visto a la chica, ha visto su cabello rubio miel y sus ojos verde esmeralda y ha contado las pecas en su nariz, y sabe lo que es, y ahora también lo sabe Kaleb y lo sabrán los Ancianos, ¿verdad, gatito?
Kaleb interpretó que aquella era la señal para marcharse, y sin agregar una palabra, desapareció. El aire viciado de la casa no se agitó con su partida, y nadie vio su figura bajar por la Colina.
Harper podría haberlo visto, pero toda su atención estaba concentrada en el gato, que seguía ronroneando y frotándose contra ella.
-Gatito, gatito. Que gatito tan lindo – dijo Harper, levantándolo para verlo – Qué gatito tan suave – dijo, acercándolo a su boca – Qué gatito tan rico – agregó. Un par de afilados colmillos brillaban en su sonrisa.
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