sábado, 23 de marzo de 2013

Cenizas del Fénix - Capítulo 1


Capítulo uno – La Tumba de la Bruja.

Hubo un porrazo fuerte en la ventana, y Fay se incorporó en la cama de un salto. Le tomó un minuto darse cuenta por qué estaba jadeando y cubierta de sudor frío. Acababa de tener un sueño horrible sobre una chica que corría por el bosque y luego… luego había fuego y gritos y… no pudo seguir pensando.

Aplastó la cara contra la almohada, tratando de forzar a su corazón a que dejara de tamborilear agitado. El reloj despertador sonó en ese momento, sobresaltándola todavía más. Fay lo miró con rencor durante unos segundos, como si él fuera el causante de todas sus miserias. Luego, lo apagó con un golpe seco.



Se incorporó un poco y apoyó la cara contra el vidrio. Las ramas casi desnudas del viejo roble se agitaban con el viento de otoño, raspando la fachada y dejando marcas marrones encima de ella. El cielo tenía un feo color gris plomizo que no era el mejor incentivo para salir de la cama. Fay ahogó un suspiro e intentó no pensar en lo mucho que extrañaba el sol de California.

Finalmente, tomó valor y se deslizó por el frío suelo de madera en puntas de pie hacia el baño. El espejo le devolvió una imagen desalentadora: su largo cabello negro tenía nudos que se alzaban por encima de su frente, y había unas profundas bolsas violetas debajo de sus ojos grises azulado. Se pinchó la nariz como hacía todas las mañanas. Seguía igual de puntiaguda que el día anterior.

No había forma de disimular la palidez espectral que le daba la repetida falta de sueño. Tomó el peine con resignación e hizo un vano intento de arreglarse un poco, aunque más no fuera para ridiculizarse ese día. Terminó poniéndose su boina amarilla, solo para disimular un poco aquel desastre.

Abajo la esperaba el aroma del café recién hecho mezclado con las tostadas y los huevos revueltos. Su estómago protestó ruidosamente.

-¡Buenos días, preciosa! – saludó la abuela Pauline, con aquella sonrisa jovial sobre la que el tiempo y el clima nunca tenían efecto – La cocina acaba de abrir, ¿cómo vas a querer tus huevos?

-Gracias, abuela. Creo que solo tomaré un poco de cereal – contestó Fay, empezando a buscar el tazón.

-¡Tonterías! – el abuelo Jeremiah bajó el diario detrás del que había estado ocultando su cabeza canosa y lo dobló sobre su regazo antes de llevarse la taza de café a los labios – Estás creciendo y tienes que tomar un buen desayuno, Fay…

Fay se tragó el pensamiento de que, si crecía un poco más, dejaría de pasar por las puertas sin tener que agacharse. Ni siquiera había tenido que ponerse en puntas de pie para alcanzar la alacena. Últimamente, su cuerpo delgado y desgarbado le estaba causando más de un problema a la hora de conservar la ropa.

-Este es un buen desayuno – repuso Fay en cambio, llenando el tazón hasta el borde. – Calcio y glucosa por montones… rico.

-Deja a la chica en paz – lo regañó la abuela Pauline, sacudiendo el casco de rulos blancos que se le formaba sobre la frente – Es su primer día de clase, debe estar nerviosa… ¿verdad, querida?

Fay suspiró. Se alegraba que su abuela entendiera al menos una diminuta parte de cómo se sentía.

La tercera o cuarta alarma del día resonó en el piso de arriba, seguida de una imprecación hecha a voz en cuello y un estruendo de ropa y cosas que volaban desordenadamente por el cuarto.

-Te dije que debimos despertarla – comentó el abuelo Jeremiah, dándole otro sorbo al café.

-Oh, basta, Jerry – la abuela Pauline se limitó a negar con la cabeza – Verónica es una adulta responsable…

-Sé que es adulta – aceptó el abuelo – No estoy seguro sobre la parte “responsable”…

-No te preocupes, abuelo – lo tranquilizó Fay – La he visto prepararse en menos de cinco minutos…

Tenía razón. Cuando apenas estaba terminando su tazón, el huracán de tacos y traje sastre que era su madre bajó corriendo. De alguna forma, se las había arreglado para recogerse el pelo en un prolijo rodete negro en menos de dos segundos, una habilidad que Fay lamentaba no haber heredado.

-¡Ya estoy aquí, ya estoy aquí! – exclamó Verónica, todavía aplicándose el delineador en el ojo izquierdo con la ayuda de un diminuto espejo que desapareció en su bolso a continuación – No te preocupes, Fay, no llegaremos tarde tu primer día…

-Es un alivio saberlo – Fay sonrió a pesar de todo. Sabía lo mucho que le había costado a su madre despertarse esa mañana.

-Verónica, desayuna algo – pidió la abuela Pauline – Todavía están bien de tiempo…

-No, mamá, está bien – contestó Verónica – Tenemos que llegar un poco temprano para explicarle al director que… - se paró en seco al ver a su hija – Fay, mírame.

Fay intentó esquivarla, pero la mano de su madre se posó en su barbilla y la obligó a levantar la cara. Deseó que no lo hubiera hecho. O, por lo menos, que hubiera reprimido el gesto de decepción que se formó en sus delicados rasgos.

-Tuviste otra pesadilla – no era una pregunta, sino una simple aseveración. Fay apartó la vista con brusquedad.

-Estoy bien – gruñó, y se levantó para llevar el tazón al lavadero. Iba a empezar otra vez. Simplemente lo sabía. Su última esperanza de que aquel día no fuera tan malo se desvaneció en el aire.

-Fay, ¿tomaste tu medicamento anoche? – inquirió Verónica, siguiéndola.

-No – confesó la chica a regañadientes – Ya te lo dije, me hace sentir mareada…

-Oh, Fay – Verónica apoyó las manos en las caderas – Ya lo sé, pero no podemos regresar con el Dr. Patterson para que te los cambie hasta que tu padre pague la manutención…

Fay bajó la vista al tazón, que estaba ahora estaba lleno de leche cuajada con agua y jabón, y trató en vano de deshacer el nudo que se le había formado en la garganta. Detestaba escuchar la palabra “manutención” a esa hora de la mañana.

-No la atosigues, Verónica – intervino el abuelo Jeremiah – No necesita un loquero. Solamente necesita…

-¿Podemos irnos ya? – explotó Fay. Detestaba aún más que la gente se pusiera a hablar de ella como si no estuviera en la habitación. En su opinión, deberían tener la decencia de esperar a que recogiera su mochila y se marchara con un suave portazo, como acababa de hacer.

Subió al viejísimo Falcon celeste acerado y apoyó la frente contra el cristal. No iba a llorar. Hoy no. Necesitaba todas sus fuerzas para enfrentarse a lo que fuera que le esperara en su nuevo colegio.

A su madre le tomó un buen par de minutos seguirla, a pesar de su apuro inicial. Verónica rodeó el auto, se subió al asiento del conductor y miró a la figura encogida de su hija.

-Fay, sé lo que piensas. Sé que extrañas a tu padre y que esto no es fácil para ti. Pero dejar de tomar tus medicinas no es la solución.

Fay no contestó. Ni siquiera volteó a mirarla. Si lo hacía, el dique mental que contenía sus lágrimas se rompería sin remedio.

-Son por tu propio bien, ¿entiendes? – insistió Verónica – Solamente quiero lo mejor para ti.

La adolescente permaneció en obstinado silencio. Verónica simplemente encendió el motor.


Kaverwich era un secreto bien guardado al pie de los Apalaches, en medio de granjas y bosques de castaños y robles que lo ocultaban de la vista y hacían que fuera casi imposible localizarlo en un mapa de carreteras. Fay y Verónica habían tenido que tomar un avión a Charleston, y luego pasar cinco horas en varios autobuses distintos antes de llegar a la parada, donde las esperaban la abuela Pauline y el abuelo Jeremiah con sándwiches y un termo de juego, porque sabían que no habrían tenido tiempo para almorzar en ningún lado.

Era la primera vez que no hacía el viaje en auto, principalmente porque el padre de Fay se había quedado con él. Y con el departamento de California. De hecho, se había quedado casi con todo, menos con su hija. Verónica decía que era porque comprendía que las dos necesitaban un nuevo comienzo. Fay pensaba (pero nunca en voz alta) que era porque él simplemente no quería tener nada que ver con ella.

Fay sabía, por los veranos que había pasado allí, que Kaverwich no era el lugar más interesante de la tierra. El pueblo tenía un mini-centro comercial, con un solo local de juegos, otro de música y un restaurante de comida rápida. Había una sola biblioteca, un solo motel (El Flyer’s Bed & Breakfast, que el abuelo Jeremiah y la abuela Pauline habían abierto con mucho esfuerzo), un solo hospital, un solo Banco con tres empleados y un mercado donde los granjeros iban a vender sus productos recién sacados de la tierra. En sus trescientos y tantos años de historia, nunca había superado una población de dos mil habitantes, de los cuales trescientos cincuenta, más o menos, eran adolescentes.

Y todos ellos asistían a la misma escuela.

Fay observó a Kaverwich High con desaliento. El edificio, con sus ladrillos deslucidos y la enredadera de hojas marrón trepando por el muro y agarrándose firmemente a los alféizares, era todo menos acogedor. Era antiguo y oscuro y aterrador. O a lo mejor esa impresión se debía a sus pocas ganas de de estar allí.

Una amable profesora se ofreció a indicarles el camino hacia la oficina del director. Fay solo vio la puerta de roble; decidió quedarse afuera, sabiendo iba a ser una terrible sesión de gente adulta ignorándola mientras hablaban de ella. Apoyada contra la pared, deseó tener su reproductor de música consigo, solo para matar el tiempo. El episodio de esa mañana la había dejado demasiada desgastada para pensar en alguna cosa relevante.

De pronto, una brisa otoñal sacudió la enredadera y le arrancó la boina. Fay intentó manotearla, pero el sombrero rodó por el suelo fuera de su alcance, y dobló un recodo hacia la izquierda. Fay se lanzó a seguirlo. Era una buena excusa para correr esa mañana. Mantuvo la vista fija en la boina que se alejaba irremediablemente por el suelo gris sucio del patio, y estiró las piernas una detrás de otra, rápidamente ganando velocidad.

Entonces, la boina se detuvo repentinamente, y Fay detrás de ella. La persona contra la que casi acababa de chocar de chocar se inclinó delicadamente y levantó su boina.

-Creo que es tuyo – dijo, tendiéndosela.

Fay trató en vano de no quedarse mirando a su extraña salvadora. La primera palabra que se le vino a la cabeza fue rojo: el cabello de la chica era de un rojo brilloso e intenso. Fay no habría podido decir si la chica tenía un rostro lindo o no, porque una constelación de pecas rojo claro se extendía sobre su nariz y parte de sus mejillas, incluso había una sobre la boca, que era de un rojo tan fuerte que no podía sino ser artificial. Había algo… algo fuera de lugar respecto a ella…

-Gracias – murmuró Fay, un poco cohibida. – Dis… discúlpame… ¿te conozco?

La otra chica negó con la cabeza, sacudiendo la espesa y caótica masa de cabello cobrizo que le caía hacia los hombros, y el movimiento hizo que la luz del débil sol otoñal pareciera arrancarle chispas de la cabeza.

-No lo creo. Me acabo de mudar a Kaverwich – contestó con una cadencia demasiado elegante y todavía sosteniendo su sonrisa. Fay por algún motivo sentía que no podía soportar su par de brillantes ojos ambarinos, así que en cambio, clavó la vista en el collar que llevaba la desconocida. Un extraño pendiente con forma de pentagrama colgaba de él.

-Ah, yo también… pero… juraría que te he visto antes… - murmuró, sorprendiéndose a sí misma. Tenía dèja vus a diario en los momentos más inoportunos, pero jamás se había atrevido a señalarlos en voz alta. La otra chica se rió, con un sonido crepitante y cálido.

-Tal vez en otra vida – concedió – Me llamo Fénix – agregó, tendiéndole la mano derecha.

-Soy Fay – se presentó ella, y volvió a ponerse la boina.

Aprovechó para echarle un vistazo al atuendo de su interlocutora, y se sorprendió al descubrir que no eran para nada tan particulares como el resto de ella misma: llevaba una remera de cuello de tortuga (roja, por cierto) debajo de un chaleco de terciopelo negro, lo que le daba un aire extrañamente sofisticado. Era más baja que ella (como la mayoría de las personas); pero había algo en su porte, algo en su manera de quedarse perfectamente quieta…

Terminó de arreglarse el cabello, y se dio cuenta que Fénix estaba esperando paciente y educadamente que continuara la conversación.

-Entonces… Fénix – tragó saliva e hizo lo posible por sonar ligera – ¿Cuál es tu historia para haber acabado aquí? ¿Tus padres se divorciaron y uno de ellos decidió redescubrir sus raíces?

-¿Perdón? – Fénix pareció pasmada, pero luego volvió a sonreír cortésmente – No, de ninguna manera…

-¿Ah, no? – Fay se ruborizó, sintiéndose estúpida instantáneamente.

-La última vez que me fijé, seguían casados y muy enamorados – Fénix se pasó su bolso negro de un hombro al otro – ¿Podrías, por favor, decirme dónde queda la oficina del director?

-Ah, sí… por aquí – Fay le señaló el camino con un poco más de calma. Al menos la brisa había cesado.

-¿Esa es tu historia, Fay? – preguntó Fénix – ¿Tus padres…?

-Oye, perdóname – Fay se sintió irritada, no supo si consigo misma o con Fénix – ¿Podrías olvidar que lo dije? ¿Por favor?

-Puedo… fingir que lo olvidé – ofreció Fénix con un encogimiento de hombros. La puerta de roble se abrió y Verónica salió de la oficina estrechándole la mano a un corpulento hombre de traje rayado.

-Muchísimas gracias, profesor… digo, director Hubbard – dijo, despidiéndose.

-De nada, Verónica – contestó el director Hubbard, pasándose una mano por las entradas en el borde de su pelo – Es bueno tenerte de vuelta. Haremos todo lo posible para que tu hija se sienta a gusto – añadió, sonriéndole a Fay. Luego se dio vuelta para mirar a Fénix y un par de arrugas de desaprobación se dibujaron en su frente – Usted debe ser la señorita Hayes…

-Hasta luego, Fay – se despidió Fénix y entró a la oficina. Verónica se giró hacia su hija con una sonrisa de satisfacción.

-¿Lo ves? ¡Ya estás haciendo nuevos amigos!



Fay se sentó al fondo del aula durante la primera clase, y se las arregló de mantener la vista en los garabatos que se esforzaba por dibujar en los márgenes de su cuaderno, e ignorar la nube de murmullos que flotaba a su alrededor. Si se esforzaba lo suficiente, casi podía pretender que no se daba cuenta que había varios rostros indiscretos volteados hacia ella. De pronto, un par de pasos fuertes resonaron en el lugar y todos se callaron. Fay levantó la vista.

-Buenos días – saludó el hombre de cabello castaño, escribiendo su nombre en la pizarra – Soy el profesor Ethan Donne y estaré a cargo de la clase de Historia…

-¿Qué le pasó a la Ruthbert? – preguntó un chico de la segunda fila.

-La profesora Ruthbert se jubiló y yo fui llamado para tomar su puesto – contestó el profesor Donne, escuetamente, colocándose reflexivamente un par de gafas cuadradas antes de pasar lista.

A Fay le cayó bien el profesor Donne. Al menos, no la hizo pararse al frente de la clase para presentarse.

-Ahora, sé que a muchos de ustedes les importa bien poco esta clase – dijo, cuando terminó – Y la consideran aburrida y nada interesante…

Alguien emitió un ronquido falso y todos se rieron descaradamente. Fay temió por el destino del pobre chico que había hecho la broma cuando el profesor Donne esbozó una sonrisa y se acercó a él.

-¿Su nombre…?

-Adam Falk, profesor – contestó él. Fay solamente podía ver su nuca cubierta de pelo marrón arena, pero se imaginó que estaría poniendo su mejor cara de inocencia e ingenuidad.

-Señor Falk – el profesor se apoyó en el pupitre, haciendo que las arrugas de su pantalón se marcaran con claridad – ¿Es usted, por casualidad, descendiente de Rufus Falk?

-Eh… eso creo – contestó Adam.

-¿Sabía usted que su tátara-tátara-abuelo fue uno de los colonos que participó de la fundación de Kaverwich? – continuó el profesor – ¿Y fue elegido alcalde de la ciudad tres veces consecutivas? ¿Sabía usted que amasó una fortuna siendo dueño de varias granjas que todavía hoy se alzan al Norte de la ciudad? ¿Y que autorizó la caza de brujas llevada a cabo en la ciudad en 1699?

-Eh… no, señor, no lo sabía – admitió Adam, esta vez con una nota de admiración en la voz.

-Me imaginé que no – contestó el profesor Donne y empezó a moverse por el aula – La historia, aunque ustedes no lo crean, nos rodea y nos forma. Nos hace quiénes somos. Sólo estudiando el pasado, podremos comprender el presente y aceptar el futuro: que nosotros, algún día, seremos historia también…

-Este hombre parece muy inteligente y articulado – murmuró alguien a la derecha de Fay, y la chica se sobresaltó.

-¿Cuándo entraste? – preguntó, mirando a Fénix sorprendida.

-Estuve aquí todo el tiempo – replicó Fénix – Es que te veías muy concentrada y no quise interrumpirte…

-Para que se hagan una idea de lo profundo que se arraigan las raíces de Kaverwich, he organizado una pequeña excursión – el profesor levantó una serie de formularios de su escritorio y las fue pasando por los bancos – Tienen hasta el miércoles para entregar estas autorizaciones firmadas y prepararse para este viernes…

-¿A dónde iremos, señor? – preguntó alguien.

-A uno de los lugares de más riqueza e interés histórico de este pueblo – anunció el profesor Donne – Visitaremos la tumba de Tabitha Firestone.



-¡Fay!

Fay sacó la cabeza de su casillero y se quedó atónita observando al personaje que se acercaba a ella abriéndose paso entre los grupos de alumnos que remoloneaban en el pasillo. El chico tenía una desordenada melena negra con mechones verdes aquí y allá; cuyas puntas señalaban todas en diferentes direcciones. Se paró delante de ella, con una sonrisa en la que brillaba un lustroso arete.

-Ah, hola – balbuceó Fay, desconcertada, reparando en los ojos excesivamente delineados de su interlocutor y en los dedos con uñas de esmalte carcomido que se cerraban firmemente sobre una diminuta cámara roja.

-Gran cosa la del viernes, ¿eh? Estoy ansioso, ¿tú no?

-Supongo – respondió Fay, preguntándose por qué este extraño chico salido de la nada le estaba hablando.

-¿No te acuerdas de mí? – preguntó él, aparentemente desilusionado – Soy TJ.

-No… lo siento – articuló Fay, bastante segura que reconocería a alguien como TJ.

-Solíamos jugar a las escondidas en el patio de tus abuelos – le contó TJ – Tú sabes, los sábados de bingo en el Flyer’s Bed & Breakfast…

Fay hizo un esfuerzo por ubicar en su memoria alguno de eso innumerables sábados.

-¡Hey…! – dijo por fin, pensando que no se la podía culpar por no identificar a TJ con aquel muchacho de nueve años de rodillas nudosas y sucias que siempre le ganaba al escondite.

-Tu abuela le dijo a Oma que ibas a venirte a vivir con tu mamá – explicó él, enredando su mano libre en la correa de su bolso – ¿Qué tal? ¿Cómo va todo?

-Bien… bien, supongo – Fay no tuvo que mirar alrededor para saber que todo el mundo los estaba observando de reojo. Rogó con toda su alma no estar poniéndose roja.

-No es tan cálido como California, ¿no? – aseguró TJ. Ella no contestó, segura que eso no era todo lo que tenía que decirle – Bueno… sólo me estaba preguntando, no sé si tú tienes alguna clase de planes para el almuerzo, pero si nos los tienes, entonces podríamos… ¿almorzar juntos? – la cadencia de su voz fue decayendo hasta convertirse en una pregunta.

Fay se mordió el interior de la mejilla boca y tomó aire. No quería, bajo ningún aspecto, pasarse el día (y la semana, y quizá la secundaria) escuchando hablar de historietas y videojuegos y música extraña solamente porque TJ había sido el único lo suficientemente amable para acercarse a invitarla. Trató rápidamente de hilvanar una excusa educada, pero su cerebro había decidido dejar de colaborar ese día.

-Eres muy amable, pero… tendré que pasar. Pensaba dar una vuelta al colegio durante el almuerzo… para ubicar las aulas y la biblioteca, tú sabes…

-Está bien, podemos hacer eso – concedió TJ y ladeó la cabeza ligeramente – Trataré de ser un buen guía…

-Creo que… es algo que se debe hacer sola, lo siento – replicó Fay, y movió los ojos buscando una ruta de escape. TJ abrió la boca y arqueó las cejas.

-Ah, ya lo entiendo… no quieres ser vista con el extraño de la clase – murmuró. No parecía ni decepcionado ni molesto. Los sentimientos de rechazo de Fay se cubrieron instantáneamente de una gruesa capa de culpa.

-No, no es eso, es que…

-No te preocupes, está bien. Tienes todo el derecho de elegir a tus amigos – TJ abrió las manos como para demostrar que hablaba con franqueza, y empezó a dar pasos hacia atrás – Te veré por ahí, supongo.

-TJ – Fay intentó decirle algo, pero él no se dio vuelta. Y de todos modos, Fay sólo lo llamó una vez.



-Ese lugar trae mala suerte – afirmó la abuela Pauline con gravedad mientras cenaban esa noche. Verónica acababa de firmar la autorización para la excursión del viernes.

-¿De verdad? – preguntó Fay. Tal vez Kaverwich no fuera tan soso después de todo.

-¡Supersticiones! – exclamó el abuelo Jeremiah, clavando firmemente su tenedor en el filete – Es solamente un montón de rocas apiladas en medio del bosque, nada más…

-Yo recuerdo que había un par de leyendas bastantes escalofriantes alrededor de ella – terció Verónica – Una vez fuimos de campamento y nos pusimos a jugar a Verdad o Desafío… y a uno de los chicos que eligió desafío lo mandaron a que fuera a la Tumba y regresara…

-¿Y qué pasó? – se interesó Fay.

-No pudo cumplirlo – recordó Verónica – Era de noche, hacia frío y solamente le dieron una linterna con media batería para que se iluminara. Se asustó y regresó. Al día siguiente tuvo que encargarse de todas las tareas, como acarrear la leña y el agua…

-Esa ni siquiera es una buena anécdota, mamá – señaló Fay, frunciendo el ceño.

-Lo que intento decir es que para Kaverwich, ese lugar tiene un aura de… misterio, si le quieres decir así – continuó Verónica – Aunque solamente sea un montón de piedras apiladas, para todos es un sitio importante…

-Oh, hablas como si jamás te hubieras ido – comentó la abuela Pauline, con un extraño tono de ternura que hizo que Fay, por algún motivo, se sintiera ligeramente enferma. Apartó el resto del plato y tiró la silla hacia atrás.

-Creo que me iré a la cama… he tenido un largo día…



No durmió mucho de todas maneras. No durmió en toda la semana. Cuando apoyaba la cabeza en la almohada, tenía el mismo sueño confuso del que después solamente podía recordar vagos detalles, como el suelo del bosque cubierto de islotes de escarcha… o los cuervos posados siniestramente por todas las ramas… o los gritos desaforados en medio del fuego. Pero si de algo estaba segura, era que esas se habían convertido en las peores y más vívidas pesadillas que tuvo jamás.

La mañana del viernes, se puso la boina de nuevo para evitar peinarse y para cubrir las nuevas ojeras que crecían cada vez más con el paso de los días. Cada vez que se miraba al espejo, su aspecto era más y más fantasmal, cosa que no la ayudaba cuando justificaba su decisión de no tomar las medicinas del Dr. Patterson.

Verónica se dio cuenta del truco de todas maneras, y parloteó todo el camino acerca de que los doctores sabían lo que era mejor y que debía hacerles caso, mientras Fay se limitaba a poner su mejor cara de prestar atención y a asentir diligentemente. Cuando su madre paró el auto delante del colegio, en el que ya se arremolinaban un montón de padres y estudiantes, finalmente se calló. Fay murmuró una despedida y alargó la mano hacia la perilla.

-Fay – la llamó Verónica mientras la chica salía del auto – Cuando vuelvas vamos a hablar. Muy seriamente.

El estómago de Fay se encogió de forma incómoda. Conocía ese preludio, y sabía que no podía salir nada bueno de él. La última vez que lo había escuchado, había sido para enterarse que todas las cosas que ella creía firme en el mundo estaban a punto de derrumbarse y cambiar irreparablemente… bloqueó sus pensamientos, pero eso no impidió que sus pies se volvieran de plomo mientras avanzaba hacia sus compañeros.

Trató de no quedarse atrás en la fila para subir al autobús, pero de todas maneras, los únicos lugares que había libres cuando consiguió subir eran los del fondo, uno donde Fénix miraba ausente por la ventana; y otro donde TJ jugueteaba con su cámara, ignorando al resto del mundo.

-¿Te vas a mover? – preguntó alguien detrás de ella. Fay dejó que la chica de piel oscura detrás de ella pasara y su desesperación alcanzó límites insospechados cuando la vio ubicarse junto a Fénix. Sin mucho más que hacer, se sentó junto a TJ, quién inmediatamente le demostró que hacía caso omiso de ella poniendo su reproductor tan alto que Fay podía seguir la melodía saliendo de sus audífonos.

-Hola – saludó la chica en el otro asiento. – Me llamo Ivy.

Fénix pareció salir de un profundo trance cuando se dio vuelta a mirarla.

-Hola – contestó animadamente. – Yo soy Fénix, y ella es Fay.

Fay se molestó un poco. Le hubiera gustado presentarse ella misma con Ivy, que ahora le sonreía con un par de gruesos labios marrones.

-Ustedes son nuevas, ¿verdad? – preguntó Ivy, pasando sus exuberantes ojos verdosos de una a otra – ¿En Kaverwich?

-Sí – afirmó Fay, y supo que no tenía mucho que agregar. La sonrisa de Ivy indicaba que acababa de adoptarlas como sus protegidas. Lo que le faltaba. Una oleada de náuseas que no eran del todo físicas le recorrió la garganta.

-Fénix es un nombre raro – siguió Ivy – ¿Tus padres son hippies o algo?

-Algo así, de hecho. La noche antes de que yo naciera, mi mamá soñó con un fénix. El parto había empezado cuando despertó. Lo consideró un presagio – contó Fénix. Las otras dos se la quedaron mirando con pasmo, pero ella rápidamente descartó el tema – Me gusta tu cabello.

-Gracias – Ivy se pasó los dedos por sus gruesos y suaves mechones marrón oscuros, atrapados debajo de una bandana verde – Me gustan tu chaleco.

El autobús arrancó y apuntó hacia el sur. Fay pasó la siguiente hora sintiéndose pasada por alto, pero supuso que se lo merecía un poco por haber rehuido de TJ. De todos modos, seguía un poco mareada y no habría sabido aportar mucho a la alegre conversación que mantenían las otras dos.

-Yo nací y crecí aquí – comentó Ivy.

-Entonces, ¿has estado antes en la Tumba? – quiso saber Fénix.

-En realidad, no – confesó Ivy – No es un lugar al que haya que ir solo.

-¿Por qué no?

-Una vieja superstición. Dicen que si la bruja sea perturbada, la ciudad de Kaverwich caerá – explicó – Supongo que Donne nos hablará de ella. Mi mamá dice que el hombre es un cráneo. Vino aquí hace algunos años para una investigación y se quedó a vivir. Esta es la clase de lugar donde acabas echando raíces.

El malestar de Fay aumentó de manera considerable en ese momento. Cuando el autobús finalmente se detuvo, estuvo a punto de buscar una excusa para no bajar, pero las otras dos prácticamente la empujaron para que se levantara. El grupo de estudiantes, con el profesor Donne a la cabeza, se movió como una sola criatura a través de un sendero que se adentraba entre los serbales, cubierto de tempranas hojas doradas y anaranjadas, crujiendo debajo de sus zapatillas.

-Cuidado donde pisan – señaló el profesor. Bastó que lo dijera para que Fay tropezará irremediablemente. Fénix la sostuvo por el codo.

-Las personas no son lo único que echa raíces por aquí – comentó, sonriendo de nuevo.

-Me encanta el bosque – contó Ivy, soñadora – ¿A ti no, Fay?

-Claro – Fay soltó la palabra como pudo. En su cabeza, todos los árboles empezaban a verse deformes y borrosos.

-Ya estamos aquí – declaró Donne.

Unos pasos más adelante, el sendero iba a morir a un claro bastante pequeño, rodeado y cobijado por los árboles más gruesos que habían visto hasta ese momento, que se combaban como atraídos hacia el suelo, formando una especie de bóveda. En medio de todos ellos, estaba la Tumba. Fay hizo un esfuerzo por enfocar la mirada.

Tal como su abuelo la había descrito, era un montón de piedras apiladas. Pero aún así, por algún motivo, una inquietud que no tenía nada que ver con su malestar bajó por su espina dorsal en forma de escalofríos. Tuvo que apoyarse en un tronco para no perder el equilibrio. A su alrededor, todas las voces y susurros se habían extinguido como si fueran llamas apagadas por la brisa otoñal.

-La tumba de Tabitha Firestone – Donne se encaminó hacia el círculo de piedras que rodeaban el túmulo – En 1697, un grupo de colonos se asentó en este valle y empezaron a construir el pueblo de Kaverwich. Debido a sus condiciones era el lugar perfecto para establecerse y cultivar: tierra fértil, una fuente natural de agua, un bosque que los protegía de cualquier desastre natural. Pero apenas un par de años después, una serie de extraños eventos empezó a conmocionar el lugar…

El profesor Donne se calló un momento. Una sola mano se había alzado por encima de la multitud, una mano con las uñas pintadas de negro y guantes sin dedos.

-¿Señor…?

-Janssens – completó TJ., enfocando su cámara con la otra mano – ¿Qué clase de eventos extraños?

-La fertilidad de las cosechas empezó a disminuir – contestó el profesor Donne, que obviamente había estado esperando la pregunta – El ganado se vio afectado por una gran mortandad que nadie pudo explicarse. Tal parecía que Kaverwich no era tan prometedora después de todo… hasta que se toparon con los restos de lo que parecían ser sacrificios humanos, practicados aquí mismo, en los bosques.

Hizo una pausa dramática, y su público contuvo la respiración, los ojos abiertos y los oídos atentos.

-Los cuerpos pertenecían a unos niños que se habían perdido jugando hacía varios meses. Fueron encontrados con los cuellos cortados y los rostros vueltos hacia la tierra, vacíos de sangre. Todo indicaba que se trataba de clase de oscuro y misterioso ritual.

Fay de pronto tuvo ganas de taparse los oídos y echarse a gritar para dejar de escuchar lo que el profesor estaba diciendo. Jamás se le había ocurrido que tendría que escuchar un relato tan truculento en una clase de historia. Seguramente tendría pesadillas después…

-En la mente de finales del siglo XVII, la magia era algo muy real y palpable, capaz de traer verdaderas y horribles consecuencias a quienes la practicaban… y también a todos alrededor – continuó el profesor Donne – Encontrar al culpable de los asesinatos se convirtió en un asunto de seguridad social, no solo para evitar que continuara con sus crímenes, sino también para garantizar la prosperidad del pueblo.

Dio unos pasos alrededor del montículo, y todas las miradas que lo taladraban se movieron con él.

-Rufus Falk, cabecilla de Kaverwich, autorizó al reverendo Brennus Carey, guía espiritual del lugar, a realizar una investigación y, de hallar al culpable, aplicarle la sentencia que creyera apropiada. En el invierno de 1699, cuatro chicas, incluyendo a la propia hija de Carey, fueron acusadas por brujería y asesinato. Eran todas de más o menos su edad, por cierto.

-Fay, ¿te sientes bien? – preguntó Ivy y le puso una mano en el hombro. Fay se limitó a negar con la cabeza, mientras una bola de bilis subía a su garganta.

-Las chicas escaparon en diferentes direcciones, pero fueron atrapadas una por una – siguió Donne – Tabitha Firestone fue la última. Se escondió en el bosque, pero no antes de ser herida por una flecha de serbal, madera que se creía efectiva contra las brujas. Al final, de hecho les fue bastante útil. Solamente tuvieron que seguir el rastro de su sangre sobre la nieve.

Emitió una risita cínica, pero nadie lo acompañó. Todos estaban colgando se sus palabras, y lo apremiaban silenciosamente a que continuase.

-Tabitha Firestone fue ejecutada en este preciso lugar – contó el profesor, señalando las rocas – Mientras se quemaba, se dice que lanzó una maldición al pueblo, jurando vengarse. Por eso, los pobladores se cuidaron muy bien de juntar todas sus cenizas y atraparlas debajo de las piedras. Si se fijan, el círculo exterior tiene marcas que se creían sagradas.

-Para que la bruja no pudiera escapar – murmuró Fénix, observando cada uno de los desgastados dibujos.

-Exactamente – aprobó el profesor, complacido – Y se prohibió que cualquiera se acercara a la tumba, o intentara mover las piedras. Porque si eso ocurría… la maldición podía llegar a cumplirse – el profesor detuvo su paseo en el lado izquierdo de la tumba – Pero… nosotros no creemos en esas viejas supercherías, ¿o sí? – ante los ojos de su auditorio, se inclinó y puso los dedos debajo de una de las rocas. En su cara se dibujo una mueca de esfuerzo y se perlaron algunas gotas de sudor. Hubo un gemido colectivo cuando levantó la roca, rompiendo el círculo… y no pasó absolutamente nada.

-Tramposo – soltó TJ entre dientes, pero fue bastante audible en medio del silencio tenso que se había asentado en el grupo – ¡Esa roca ya había sido movida antes!

El profesor Donne se rió abiertamente mientras todos los estudiantes protestaban.

-Así es. Han pasado más de trescientos años. Es imposible creer que la Tumba se haya mantenido intacta todo ese tiempo – admitió – Pero supongo que ahora podemos comprobar que la maldición no era cierta, porque Kaverwich sigue en pie, ¿no es así?

-¿Esas chicas siquiera eran las asesinas? – preguntó Fénix. Fay no podía estar segura, pero le pareció que había desasosiego y cierta desesperación en su voz. O quizá fuera simplemente como se sentía ella.

-Eso no hay forma de saberlo – replicó el profesor – Pero no hay registros de que hayan ocurridos más asesinatos de esas características luego de que ellas fueran condenadas…

-Profesor – Ivy lo interrumpió, un poco histérica – Algo le pasa a Fay…

-¿Qué ocurre? – el profesor se acercó a la chica apoyada en el árbol – Jovencita, ¿qué pasa?

Fay respiró profundamente un par de veces, trató de enfocar su vista enfebrecida en algún punto fijo del bosque que no dejaba de girar… y luego se desplomó.

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