lunes, 22 de abril de 2013

El Destino de un Demonio



Redención.

¿Existe algo así para una criatura como yo?

He robado. He matado. He traicionado a mis pares. Me he apoderado del cuerpo de muchachas inocentes y las he enviado a su perdición. He cometido todos los pecados imaginables, y también he inventado algunos nuevos.

Al fin y al cabo, cuando los demonios nos aburrimos, nos ponemos creativos.

Pero nadie se pone más creativo que Crowley cuando está impaciente. Oh, no, el hijo de puta es un verdadero artista.



Siento el cuchillo atravesando esta carne en la que estoy atrapada, y no me molesto en intentar no gritar. Cuando te quedas callada, se pone peor.

-¿Me vas a decir dónde está? – exige con esa voz falsamente susurrante.

-No lo sé – repito, quizá por enésima vez – No lo recuerdo.

El rostro de Crowley se deforma en una mueca de rabia, y lo siguiente que sé es que me han arrancado otra uña. Grito, mientras las oleadas de dolor me recorren la espina dorsal.

-Ahora, querida – dice el Rey del Infierno. Su voz está crepitando, al borde de explotar en una tormenta de truenos y blasfemias – ¿Qué podemos hacer para estimular esa memoria tuya?

Lo observo en silencio, mientras repasa la gran variedad de artefactos de tortura extendidos ante él. Finalmente, escoge lo que parece ser un aparato de ortodoncia. Solamente que este tiene tornillos en los costados para penetrarte el cráneo.

-¿Qué te parece esta linda corona? – me pregunta, burlón, aunque yo sé que está a punto de estallar en un ataque de ira – Quizá te la ponga y te convierta en Reina del Infierno. ¿Te gustaría eso?

No, no me gustaría. Esa cosa se me puede meter el cerebro. Y aunque técnicamente no es mi cerebro, me gusta bastante.

-Espera – digo, antes de que empiece a ajustármela – Puede que recuerde algo.

El tic en el costado de su boca es imperceptible para cualquiera que no se haya pasado horas siendo torturada por él. Significa que si le digo patrañas otra vez, me va a convertir en su jodida obra maestra.

Así que le digo la verdad. Más o menos.



Después de eso, me deja en paz. Por un rato, al menos. Suficiente para ganar fuerza otra vez.

No puedo perder la consciencia, pero a veces me encantaría. Así que hago lo segundo mejor.

En el infierno, he conocido todo tipo de almas. Almas tan depravada que se convertían en uno de nosotros tras pocos años, almas que pedía perdón a gritos como si alguien los fuera a escuchar allá abajo. Y almas resistentes, almas que retenían su humanidad con una obstinación digna de admirarse.

Una vez, por curiosidad, le pregunté a una en qué pensaba, a qué se aferraba con tanta fuerza.

-Recuerdos – me dijo – Buenos recuerdos.

-Qué estupidez – repliqué, y procedí a cortarla en pedacitos.

Pero ahora no creo que sea una estupidez. Ahora estoy aprendiendo las ventajas de sumergirse en los recuerdos para conservar la cordura, para hacer frente a la creatividad de Crowley.

No tengo recuerdos de antes, de cuando era una humana tan viciosa que acabé en el Infierno. A veces sospecho que nunca lo fui, que soy uno de esos demonios nacidos de la oscuridad y el caos más profundos.

Al fin y al cabo, soy muy poderosa, o lo era antes de que Crowley me quebrara.

Y Meg ni siquiera es mi nombre, es el de la primera chica que poseí cuando Azazael me mandó a acosar a los Winchester por primera vez.

Pero tengo recuerdos. Recuerdos a los que aferrarme cuando quiero recuperar un poco la compostura. Buenos recuerdos.



-¡Quédate quieto, Clarence!

-¡Aléjate de mí, criatura horrenda!

-¡No es lo peor que me han dicho, cariño!

Detestaba cuando el ángel se ponía arisco. Momentos así me hacían preguntarme si no hubiera sido mejor ir directamente a entregarme a los esbirros de Crowley.

El ángel me miró desde el rincón donde se había atrincherado, abrazado al sobretodo, que presentaba un estado deplorable. Todo en él presentaba un estado deplorable, desde su cabello revuelto hasta su rostro demacrado.

Me preocupaba verlo así. Se suponía que los ángeles no podían enfermar tanto, ¿verdad? Pero suponía que ningún ángel había perdido la cabeza antes. No que yo supiera, al menos, y no de aquella manera.

Se pasaba horas mirando al vacío, los ojos azules fijos en un punto en la pared, en un estado casi catatónico. Y por inquietante que fuera, esos eran los días buenos.

En los malos, corría rebotando contra las paredes, gritando cosas sobre las voces en su cabeza, las voces de sus hermanos muertos que lo culpaban por haberlos destruido. En momentos así, tenía que recurrir a un par de trucos sobrenaturales para mantenerlo quieto. No podía usar toda mi fuerza, después de todo. Si llegaba a tener una pluma lastimada cuando a los Winchester se les ocurriera visitarlo, la que se ganaría un billete de ida al piso de abajo iba a ser yo.

Y después estaban los días como ese, en que el ángel parecía recobrar algún sentido de su identidad, por mínimo que fuera. Lamentablemente, había elegido justo el día en que pasaba el servicio de lavandería.

-¡De acuerdo, entonces! – dije, poniéndome las manos en la cadera – ¡Usa el maldito sobretodo hasta que se te caiga a pedazos! ¡Para lo que me importa!

El ángel acarició el sobretodo, que más que marrón parecía negro a esas alturas. Él podría haber mantenido la mugre alejada si hubiera querido, pero no parecía recordar cómo.

-¿Me lo devolverás? – preguntó con desconfianza.

-Sí, Clarence – le aseguré – Te lo prometo.

No sé exactamente cuánto valdría la promesa de un demonio. Pero el ángel me lo tendió y yo pude salir para ponerlo en el carrito de la lavandería.

Cuando volví, él estaba parado junto a la ventana, mirando hacia afuera, inmóvil.

-¿Tenemos esas otra vez? – suspiré, y empecé a buscar mi reproductor de música. Pero antes de que pudiera ponerme los auriculares, el ángel se dio vuelta a mirarme con los ojos bajos.

-Lamento haberte llamado criatura horrenda – dijo, en un susurro – No estás tan mal, para ser un demonio. En serio.

Me quedé mirándolo desconcertada, con los auriculares todavía en la mano.

-Eso es lo más lindo que me han dicho jamás – comenté. Y ni siquiera estaba siendo sarcástica.

Él sonrió, inseguro. Como si no recordara como se sonreía.

-Creo que quizá duerma un poco – murmuró, mientras se sentaba en la cama.

-No necesitas dormir, Clarence – le recordé – Y siempre tienes pesadillas.

-Estaré bien – me aseguró, estirando las piernas encima del cubrecama – Tú me despertarás.

Cerró los ojos antes de que pudiera decirle que técnicamente mi turno había terminado hacía horas; que había acordado cuidar que no se matara, no ser su maldita niñera; que si no creía que, siendo un demonio, yo no tenía cosas mejores que hacer. Como, no sé, ir a ahogar gatitos o algo.

Pude haberme ido en el momento en que su respiración empezó a acompasarse. Pude haber apagado las luces y haberle dicho a los otros enfermeros que lo ignoraran si lo sentían hacer ruido. Pude haber ido a quemar el sobretodo para luego mentir que se perdió en la lavandería, o alguna maldad mezquina así.

Pero no hice ninguna de esas cosas. Ni siquiera me puse los auriculares. Solamente me quedé ahí, sentada junto a su cama, esperando para sacudirlo cuando empezara a gritar.



¿Puede un demonio sentir amor?

Lujuria, por supuesto, eso es parte de los requerimientos para el trabajo.

Obsesión, claro que sí, Azazael y Crowley son sólo los ejemplos más prominentes.

¿Pero, amor? ¿Algo tan puro, tan desinteresado, tan… humano?

Nosotros adoramos la catástrofe, anhelamos la confusión, nos complacemos en el dolor ¿Pueden criaturas así realmente amar algo?

Sé que puedo sentir devoción, como la que sentía por Lucifer. Sé que puedo sentir respeto: en última instancia, esa es la razón por la que decidí aliarme con los Winchester.

¿Y amor? ¿Cómo puedo saber si lo siento, si ni siquiera puedo definirlo?

¿Es el amor quedarse a velar el sueño de otro? ¿Despertarlo cuando se empieza a agitar, asegurarle que está a salvo? ¿Abrazarlo y consolarlo aunque su cercanía te ponga incómoda?

Eso no era parte del trato. No tenía que hacer todas esas cosas, pero las hice. Por el ángel.

¿Eso es amor?

Entonces yo estaba absolutamente perdida. Lo estoy aún. Porque lo volvería hacer.



El esbirro de Crowley número uno me esposa a la cañería en la posición más incómoda, mientras dos y tres  se quedaba a esperar en la puerta.

-Más te vale que estés diciendo la verdad esta vez, perra – me advierte uno, tratando de parecer rudo. Tengo que aguantar las ganas de reírme en su cara. ¿De verdad cree que le puedo tener miedo a él después de haber visto lo que su jefe es capaz de hacer?

-Tú ve y échale un vistazo a ese mapa, guaperas – contesto, sin amilanarme ni un poco – Luego me dices si encontraste el tesoro.

Por supuesto que no iba a encontrar el tesoro, pero yo soy mejor jugadora de póquer de lo que aparento ser. Con un poco de suerte, ya habrían despachado a suficientes trajes de carne como para llamar la atención de ciertos cazadores…

El esbirro número uno cierra la puerta, y les dice a dos y tres que me mantenga vigilada. Estoy atrapada en un cuerpo maltrecho por la tortura. Ni siquiera me quedan fuerzas para romper las esposas, ¿a dónde se supone que vaya?

La respuesta es, como siempre, hacia dentro. Hacia los recuerdos buenos.



-¿A dónde van los ángeles cuando mueren?

Levanté la vista de mi revista. Hoy el ángel estaba teniendo un buen día, así que lo había sacado al jardín del hospital  para que se aireara un poco. A pesar de que brillaba el sol, él seguía usando su sobretodo, aunque esta vez se veía casi limpio.

-Si tú no lo sabes, Clarence… - respondí, pasando las hojas de la revista.

-¿Y a dónde van los demonios? – siguió preguntando, como si no me hubiera oído – ¿Nunca te lo has preguntando? No vamos al Cielo o al Infierno, y tampoco al Purgatorio ¿Y qué hay de las almas que se destruyen? ¿A dónde van?

Bajé la revista, resignándome a que no podría leer en paz sobre qué celebridad engañó a su esposa con quién este mes.

-¿Quieres que sea honesta contigo? – pregunté. De nuevo, no sé qué tanto valga la honestidad de un demonio, pero el ángel asintió – Creo que desaparecemos. Simplemente… dejamos de existir. Como una llama que se apaga.

-Pero una llama que se apaga deja atrás el humo – argumentó él – Y el calor. Una llama que se apaga deja brasas, puede volver a encenderse. ¿Puede un alma volver a vivir? ¿Pueden criaturas como los ángeles y los demonios regresar bajo otra forma?

-¿Reencarnación? ¿A eso hemos llegado? – blanqueé los ojos – Has perdido más caramelos del frasco de los que creíamos, Clarence.

-Pero, ¿no sería posible? – insistió él – Tener una segunda oportunidad… empezar otra vez. Quizá no cometer los mismos errores…

Era una idea tan ingenua, que no tuve más remedio que reírme.

-Cariño, si ese es el caso, yo he cometido suficientes errores como para ir al Infierno una y otra vez durante unas cuantas vidas más.

-Entonces, ¿no crees que pueda haber redención al final? – preguntó el ángel.

Iba a decirle que no. Iba a decirle que de donde yo venía, conceptos como el perdón o la redención nos eran completamente insólitos. ¿Segundas oportunidades? ¡Si el Infierno se nutría de gente que echaba por la borda su única oportunidad! El único posible destino para un demonio era volver al caos, volver a la oscuridad. Nosotros no nos íbamos a casa a empezar de nuevo. No teníamos finales felices. No teníamos redención.

Pero entonces, la cosa más extraña: un pinzón fue a posarse sobre la rama justo encima de nuestro banco, tomó aire y empezó a cantar. El ángel clavó los ojos en él, y casi sonrió. Cuando fue hora de volver adentro, me dejé la revista sobre el banco, y a algún gracioso se le ocurrió robársela. Pero ni me importó.



Los gritos me sacan de mi ensoñación. Hay luces debajo de la puerta, y el sonido pesado de cuerpos cayendo. “Llegó la tropa de asalto”, pienso. Es extraño. Hacía tanto que no sentía alivio que casi he olvidado lo que era. Efectivamente, mis caballeros de brillante armadura irrumpen a rescatarme. O mejor dicho, mis cazadores con trajes baratos, y mi ángel del sobretodo.



Unos cuantos tragos de alcohol después, finalmente empiezo a dejar de sentirme como el mordillo de Crowley. Los Winchester me dejan en paz por una vez, mientras el ángel se ocupa de mis heridas. Quid pro quo, supongo. Unas cuantas vendas por todas las veces que evité que se cubriera de moretones contra las paredes de su habitación.

-Entonces, ¿qué Cass eres ahora? – le pregunto, porque no puedo evitar la curiosidad – ¿El modelo de fábrica original o el de la ciudad de los locos?

Me mira con esos ojos confundidos. Como siempre, no consigue captar del todo mi sarcasmo. Problemas de traducción enoquiano-inglés, supongo.

-Soy sólo yo – contesta. Supongo que “sólo él” es bastante.

-¿Pusiste tu frasco de vuelta en orden? – insisto. Parece un poco incómodo.

-Sí, mi… frasco recuerda todo – afirma, inseguro – Es un buen frasco.

-¿Todo? – repito, alzando una ceja.

Hace una pausa, como dudando.

-Si te refieres al hombre de la pizza… - comienza, y por una vez me mira directo a la cara, y no hay locura o duda nublando su expresión – Sí, me acuerdo del hombre de la pizza. Y es un buen recuerdo.

Tengo ganas de reírme, pero me duelen las costillas, así que solamente consigo ofrecer una sonrisa. Sí, esos son nuestros buenos recuerdos. Un par de besos apurados en un almacén infestado de demonios, una noche de insomnio y un inoportuno pinzón cantando. Supongo que no valen mucho. Pero son nuestros. Y ni Crowley ni nadie puede quitárnoslos.



            La Cripta de Lucifer habría sido una visita más interesante si me hubieran dejado entrar, pero el ángel porfía en que necesito protección. Hubiera protestado más si su preocupación no me hubiera resultado tan perturbadora.

            Así que me dejan afuera, a matar el tiempo escuchando la historia de Sam. El chico está a una guitarra eléctrica y un delineador de ojos de convertirse en el líder de una banda de rock emo, y no una muy buena.

            -Espera, hay algo que no entiendo – le digo – Atropellaste a un perro, y te detuviste. ¿Por qué?

            La mirada que me echa es todo menos amigable. Nadie aprecia mi sentido del humor.

            -¿Eso es todo lo que sacaste de la historia?

            -Oh, escuché el resto – admito – Te enamoraste del unicornio. Fue hermoso, luego triste, luego aún más triste. Me reí, lloré y vomité un poco en mi boca – hago una pausa, dudando si añadir lo siguiente que se me pasa por la cabeza. Qué rayos, ¿qué es una confesión embarazosa entre un demonio y un tipo al que poseíste una vez, verdad? – Y honestamente, como que lo entiendo.

            Sam parece desconcertado.

            -¿En serio?

            La llegada de un par de esbirros de Crowley me salva del resto de esta conversación.



            Sam está más desmejorado de lo que el ángel dio a entender. Entre los dos apenas conseguimos deshacernos de los demonios, antes de que el Hijo de Puta en Jefe se presente.

            -¿Vas a hablar hasta matarnos o vas a pelear de una vez? – lo desafío. Mi mano se cierra firmemente sobre la cuchilla angélica. Crowley me regala esa sonrisa arrogante que tantas veces he querido borrarle de la cara.

            -Ahí está mi puta – dice, todo seguridad – No estoy aquí por mis queridos difuntos, sin embargo. Vengo por la piedra con los escritos raros.

            -Eso no va a pasar – dice Sam. Pero los dos sabemos que, símbolos o no, estamos en desventaja. Y Crowley lo sabe también.

            -Vete – le digo al cazador – Salva a tu hermano – vacilo antes de agregar: – Y a mi unicornio.

            -Timón y Pumba – suspira Crowley, agitando su propia cuchilla angélica, mientras Sam corre a por el resto del Equipo Libre Albedrío - ¿Te contaron de su gran plan? – inquiere mi torturador – Pretenden cerrar las puertas del Infierno, cariño. Pretenden matarme a mí, y a todos los demonios… incluyéndote.

            “No es como si tú me vayas a dejar sobrevivir, ¿verdad?”, tengo ganas de decirle. En cambio, sonrío. No voy a dejar que vea que tengo miedo, o que lamento que este sea el fin.

            -Me ganaste con matarte a ti – le digo.

            Crowley no se toma muy bien el desafío.



            Puedo soportar la paliza. Puedo soportar su rabia. La verdadera tortura es la incertidumbre. ¿Dónde están el ángel y las tropas de asalto?

            Crowley me levanta. Otra vez tiene esa mirada maníaca en el rostro, la que tenía cada vez que me negaba a darle información. Esta vez está furioso porque me niego a dejar de pelear.

            -Puedo golpearte por toda la eternidad – me asegura. Sonrío otra vez, aunque no estoy segura de cuántos dientes me quedan.

            -Tómate el tiempo que quieras, cerdo – consigo articular, pero lo cierto es que no sé cuánto más puedo aguantar. Si estos idiotas no se dan prisa…

            Como respondiendo a mi pensamiento, dos golpes secos nos distraen. Los Winchester están otra vez en su auto, y yo gritaría de euforia si no tuviera la boca tan llena de sangre. Siento que recupero algo de energía.

            -Ningún ángel en el asiento trasero – murmuro, triunfante – Tu piedra se fue hace mucho tiempo.

            Con un último esfuerzo, levanto mi cuchilla. Sé que no servirá sino para enfurecerlo más, pero al menos consigo devolver el golpe antes de que los ojos de Crowley me digan lo que ya sé.

            Esta vez no hay vuelta atrás. Esta vez no me arrastraré fuera de la Poza para buscar venganza, esta vez no tendré un respiro para hundirme en los buenos recuerdos.

            “Tal vez tuvieras razón, Clarence” pienso, en el segundo que tengo antes de que Crowley contraataque. “A lo mejor tenga otra oportunidad.”

            Los Winchester arrancan con un rugido que ahoga mi gemido de dolor mientras la cuchilla de Crowley se me clava en el estómago.

            “Quizá volvamos a encontrarnos, y entonces yo no sea un demonio.”

            Un momento de dolor, y entonces todo acaba.

            “Quizá esta sea mi redención.”


1 comentario:

  1. Me encantó como la captaste!

    Sufrí! Su unicornio! Confieso que tengo un apego extraño hacia Meg, siempre me ha caído muy bien. Me gustó mucho como narró las cosas y las conversaciones que mantuvo con el ángel. <3

    Estuvo genia, perfecta para antes de ir a dormir. Se la contaré algún día a los hijos que quizá tenga.

    xo.

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