Redención.
¿Existe algo
así para una criatura como yo?
He robado.
He matado. He traicionado a mis pares. Me he apoderado del cuerpo de muchachas
inocentes y las he enviado a su perdición. He cometido todos los pecados
imaginables, y también he inventado algunos nuevos.
Al fin y al
cabo, cuando los demonios nos aburrimos, nos ponemos creativos.
Pero nadie
se pone más creativo que Crowley cuando está impaciente. Oh, no, el hijo de
puta es un verdadero artista.
Siento el
cuchillo atravesando esta carne en la que estoy atrapada, y no me molesto en
intentar no gritar. Cuando te quedas callada, se pone peor.
-¿Me vas a
decir dónde está? – exige con esa voz falsamente susurrante.
-No lo sé –
repito, quizá por enésima vez – No lo recuerdo.
El rostro de
Crowley se deforma en una mueca de rabia, y lo siguiente que sé es que me han
arrancado otra uña. Grito, mientras las oleadas de dolor me recorren la espina
dorsal.
-Ahora,
querida – dice el Rey del Infierno. Su voz está crepitando, al borde de
explotar en una tormenta de truenos y blasfemias – ¿Qué podemos hacer para
estimular esa memoria tuya?
Lo observo
en silencio, mientras repasa la gran variedad de artefactos de tortura
extendidos ante él. Finalmente, escoge lo que parece ser un aparato de
ortodoncia. Solamente que este tiene tornillos en los costados para penetrarte
el cráneo.
-¿Qué te
parece esta linda corona? – me pregunta, burlón, aunque yo sé que está a punto
de estallar en un ataque de ira – Quizá te la ponga y te convierta en Reina del
Infierno. ¿Te gustaría eso?
No, no me
gustaría. Esa cosa se me puede meter el cerebro. Y aunque técnicamente no es mi
cerebro, me gusta bastante.
-Espera –
digo, antes de que empiece a ajustármela – Puede que recuerde algo.
El tic en el
costado de su boca es imperceptible para cualquiera que no se haya pasado horas
siendo torturada por él. Significa que si le digo patrañas otra vez, me va a
convertir en su jodida obra maestra.
Así que le
digo la verdad. Más o menos.
Después de
eso, me deja en paz. Por un rato, al menos. Suficiente para ganar fuerza otra
vez.
No puedo
perder la consciencia, pero a veces me encantaría. Así que hago lo segundo
mejor.
En el
infierno, he conocido todo tipo de almas. Almas tan depravada que se convertían
en uno de nosotros tras pocos años, almas que pedía perdón a gritos como si
alguien los fuera a escuchar allá abajo. Y almas resistentes, almas que
retenían su humanidad con una obstinación digna de admirarse.
Una vez, por
curiosidad, le pregunté a una en qué pensaba, a qué se aferraba con tanta
fuerza.
-Recuerdos –
me dijo – Buenos recuerdos.
-Qué
estupidez – repliqué, y procedí a cortarla en pedacitos.
Pero ahora
no creo que sea una estupidez. Ahora estoy aprendiendo las ventajas de
sumergirse en los recuerdos para conservar la cordura, para hacer frente a la
creatividad de Crowley.
No tengo
recuerdos de antes, de cuando era una humana tan viciosa que acabé en el
Infierno. A veces sospecho que nunca lo fui, que soy uno de esos demonios
nacidos de la oscuridad y el caos más profundos.
Al fin y al
cabo, soy muy poderosa, o lo era antes de que Crowley me quebrara.
Y Meg ni
siquiera es mi nombre, es el de la primera chica que poseí cuando Azazael me
mandó a acosar a los Winchester por primera vez.
Pero tengo
recuerdos. Recuerdos a los que aferrarme cuando quiero recuperar un poco la
compostura. Buenos recuerdos.
-¡Quédate
quieto, Clarence!
-¡Aléjate de
mí, criatura horrenda!
-¡No es lo
peor que me han dicho, cariño!
Detestaba
cuando el ángel se ponía arisco. Momentos así me hacían preguntarme si no
hubiera sido mejor ir directamente a entregarme a los esbirros de Crowley.
El ángel me
miró desde el rincón donde se había atrincherado, abrazado al sobretodo, que
presentaba un estado deplorable. Todo en él presentaba un estado deplorable,
desde su cabello revuelto hasta su rostro demacrado.
Me
preocupaba verlo así. Se suponía que los ángeles no podían enfermar tanto,
¿verdad? Pero suponía que ningún ángel había perdido la cabeza antes. No que yo
supiera, al menos, y no de aquella manera.
Se pasaba
horas mirando al vacío, los ojos azules fijos en un punto en la pared, en un
estado casi catatónico. Y por inquietante que fuera, esos eran los días buenos.
En los
malos, corría rebotando contra las paredes, gritando cosas sobre las voces en
su cabeza, las voces de sus hermanos muertos que lo culpaban por haberlos
destruido. En momentos así, tenía que recurrir a un par de trucos
sobrenaturales para mantenerlo quieto. No podía usar toda mi fuerza, después de
todo. Si llegaba a tener una pluma lastimada cuando a los Winchester se les
ocurriera visitarlo, la que se ganaría un billete de ida al piso de abajo iba a
ser yo.
Y después
estaban los días como ese, en que el ángel parecía recobrar algún sentido de su
identidad, por mínimo que fuera. Lamentablemente, había elegido justo el día en
que pasaba el servicio de lavandería.
-¡De
acuerdo, entonces! – dije, poniéndome las manos en la cadera – ¡Usa el maldito
sobretodo hasta que se te caiga a pedazos! ¡Para lo que me importa!
El ángel
acarició el sobretodo, que más que marrón parecía negro a esas alturas. Él
podría haber mantenido la mugre alejada si hubiera querido, pero no parecía
recordar cómo.
-¿Me lo
devolverás? – preguntó con desconfianza.
-Sí,
Clarence – le aseguré – Te lo prometo.
No sé exactamente
cuánto valdría la promesa de un demonio. Pero el ángel me lo tendió y yo pude
salir para ponerlo en el carrito de la lavandería.
Cuando
volví, él estaba parado junto a la ventana, mirando hacia afuera, inmóvil.
-¿Tenemos
esas otra vez? – suspiré, y empecé a buscar mi reproductor de música. Pero
antes de que pudiera ponerme los auriculares, el ángel se dio vuelta a mirarme
con los ojos bajos.
-Lamento
haberte llamado criatura horrenda – dijo, en un susurro – No estás tan mal,
para ser un demonio. En serio.
Me quedé
mirándolo desconcertada, con los auriculares todavía en la mano.
-Eso es lo
más lindo que me han dicho jamás – comenté. Y ni siquiera estaba siendo
sarcástica.
Él sonrió,
inseguro. Como si no recordara como se sonreía.
-Creo que quizá
duerma un poco – murmuró, mientras se sentaba en la cama.
-No
necesitas dormir, Clarence – le recordé – Y siempre tienes pesadillas.
-Estaré bien
– me aseguró, estirando las piernas encima del cubrecama – Tú me despertarás.
Cerró los
ojos antes de que pudiera decirle que técnicamente mi turno había terminado
hacía horas; que había acordado cuidar que no se matara, no ser su maldita
niñera; que si no creía que, siendo un demonio, yo no tenía cosas mejores que
hacer. Como, no sé, ir a ahogar gatitos o algo.
Pude haberme
ido en el momento en que su respiración empezó a acompasarse. Pude haber
apagado las luces y haberle dicho a los otros enfermeros que lo ignoraran si lo
sentían hacer ruido. Pude haber ido a quemar el sobretodo para luego mentir que
se perdió en la lavandería, o alguna maldad mezquina así.
Pero no hice
ninguna de esas cosas. Ni siquiera me puse los auriculares. Solamente me quedé
ahí, sentada junto a su cama, esperando para sacudirlo cuando empezara a
gritar.
¿Puede un
demonio sentir amor?
Lujuria, por
supuesto, eso es parte de los requerimientos para el trabajo.
Obsesión,
claro que sí, Azazael y Crowley son sólo los ejemplos más prominentes.
¿Pero, amor?
¿Algo tan puro, tan desinteresado, tan… humano?
Nosotros
adoramos la catástrofe, anhelamos la confusión, nos complacemos en el dolor
¿Pueden criaturas así realmente amar algo?
Sé que puedo
sentir devoción, como la que sentía por Lucifer. Sé que puedo sentir respeto:
en última instancia, esa es la razón por la que decidí aliarme con los
Winchester.
¿Y amor?
¿Cómo puedo saber si lo siento, si ni siquiera puedo definirlo?
¿Es el amor
quedarse a velar el sueño de otro? ¿Despertarlo cuando se empieza a agitar,
asegurarle que está a salvo? ¿Abrazarlo y consolarlo aunque su cercanía te
ponga incómoda?
Eso no era
parte del trato. No tenía que hacer todas esas cosas, pero las hice. Por el
ángel.
¿Eso es
amor?
Entonces yo
estaba absolutamente perdida. Lo estoy aún. Porque lo volvería hacer.
El esbirro
de Crowley número uno me esposa a la cañería en la posición más incómoda,
mientras dos y tres se quedaba a esperar
en la puerta.
-Más te vale
que estés diciendo la verdad esta vez, perra – me advierte uno, tratando de
parecer rudo. Tengo que aguantar las ganas de reírme en su cara. ¿De verdad
cree que le puedo tener miedo a él después de haber visto lo que su jefe es
capaz de hacer?
-Tú ve y
échale un vistazo a ese mapa, guaperas – contesto, sin amilanarme ni un poco –
Luego me dices si encontraste el tesoro.
Por supuesto
que no iba a encontrar el tesoro, pero yo soy mejor jugadora de póquer de lo
que aparento ser. Con un poco de suerte, ya habrían despachado a suficientes
trajes de carne como para llamar la atención de ciertos cazadores…
El esbirro
número uno cierra la puerta, y les dice a dos y tres que me mantenga vigilada.
Estoy atrapada en un cuerpo maltrecho por la tortura. Ni siquiera me quedan
fuerzas para romper las esposas, ¿a dónde se supone que vaya?
La respuesta
es, como siempre, hacia dentro. Hacia los recuerdos buenos.
-¿A dónde
van los ángeles cuando mueren?
Levanté la
vista de mi revista. Hoy el ángel estaba teniendo un buen día, así que lo había
sacado al jardín del hospital para que
se aireara un poco. A pesar de que brillaba el sol, él seguía usando su
sobretodo, aunque esta vez se veía casi limpio.
-Si tú no lo
sabes, Clarence… - respondí, pasando las hojas de la revista.
-¿Y a dónde
van los demonios? – siguió preguntando, como si no me hubiera oído – ¿Nunca te
lo has preguntando? No vamos al Cielo o al Infierno, y tampoco al Purgatorio ¿Y
qué hay de las almas que se destruyen? ¿A dónde van?
Bajé la
revista, resignándome a que no podría leer en paz sobre qué celebridad engañó a
su esposa con quién este mes.
-¿Quieres
que sea honesta contigo? – pregunté. De nuevo, no sé qué tanto valga la
honestidad de un demonio, pero el ángel asintió – Creo que desaparecemos.
Simplemente… dejamos de existir. Como una llama que se apaga.
-Pero una
llama que se apaga deja atrás el humo – argumentó él – Y el calor. Una llama
que se apaga deja brasas, puede volver a encenderse. ¿Puede un alma volver a
vivir? ¿Pueden criaturas como los ángeles y los demonios regresar bajo otra
forma?
-¿Reencarnación?
¿A eso hemos llegado? – blanqueé los ojos – Has perdido más caramelos del
frasco de los que creíamos, Clarence.
-Pero, ¿no
sería posible? – insistió él – Tener una segunda oportunidad… empezar otra vez.
Quizá no cometer los mismos errores…
Era una idea
tan ingenua, que no tuve más remedio que reírme.
-Cariño, si
ese es el caso, yo he cometido suficientes errores como para ir al Infierno una
y otra vez durante unas cuantas vidas más.
-Entonces,
¿no crees que pueda haber redención al final? – preguntó el ángel.
Iba a
decirle que no. Iba a decirle que de donde yo venía, conceptos como el perdón o
la redención nos eran completamente insólitos. ¿Segundas oportunidades? ¡Si el
Infierno se nutría de gente que echaba por la borda su única oportunidad! El
único posible destino para un demonio era volver al caos, volver a la
oscuridad. Nosotros no nos íbamos a casa a empezar de nuevo. No teníamos
finales felices. No teníamos redención.
Pero
entonces, la cosa más extraña: un pinzón fue a posarse sobre la rama justo
encima de nuestro banco, tomó aire y empezó a cantar. El ángel clavó los ojos
en él, y casi sonrió. Cuando fue hora de volver adentro, me dejé la revista
sobre el banco, y a algún gracioso se le ocurrió robársela. Pero ni me importó.
Los gritos
me sacan de mi ensoñación. Hay luces debajo de la puerta, y el sonido pesado de
cuerpos cayendo. “Llegó la tropa de asalto”, pienso. Es extraño. Hacía tanto
que no sentía alivio que casi he olvidado lo que era. Efectivamente, mis
caballeros de brillante armadura irrumpen a rescatarme. O mejor dicho, mis
cazadores con trajes baratos, y mi ángel del sobretodo.
Unos cuantos
tragos de alcohol después, finalmente empiezo a dejar de sentirme como el
mordillo de Crowley. Los Winchester me dejan en paz por una vez, mientras el
ángel se ocupa de mis heridas. Quid pro quo, supongo. Unas cuantas vendas por
todas las veces que evité que se cubriera de moretones contra las paredes de su
habitación.
-Entonces,
¿qué Cass eres ahora? – le pregunto, porque no puedo evitar la curiosidad – ¿El
modelo de fábrica original o el de la ciudad de los locos?
Me mira con
esos ojos confundidos. Como siempre, no consigue captar del todo mi sarcasmo.
Problemas de traducción enoquiano-inglés, supongo.
-Soy sólo yo
– contesta. Supongo que “sólo él” es bastante.
-¿Pusiste tu
frasco de vuelta en orden? – insisto. Parece un poco incómodo.
-Sí, mi…
frasco recuerda todo – afirma, inseguro – Es un buen frasco.
-¿Todo? –
repito, alzando una ceja.
Hace una
pausa, como dudando.
-Si te
refieres al hombre de la pizza… - comienza, y por una vez me mira directo a la
cara, y no hay locura o duda nublando su expresión – Sí, me acuerdo del hombre
de la pizza. Y es un buen recuerdo.
Tengo ganas
de reírme, pero me duelen las costillas, así que solamente consigo ofrecer una
sonrisa. Sí, esos son nuestros buenos recuerdos. Un par de besos apurados en un
almacén infestado de demonios, una noche de insomnio y un inoportuno pinzón
cantando. Supongo que no valen mucho. Pero son nuestros. Y ni Crowley ni nadie
puede quitárnoslos.
La
Cripta de Lucifer habría sido una visita más interesante si me hubieran dejado
entrar, pero el ángel porfía en que necesito protección. Hubiera protestado más
si su preocupación no me hubiera resultado tan perturbadora.
Así
que me dejan afuera, a matar el tiempo escuchando la historia de Sam. El chico
está a una guitarra eléctrica y un delineador de ojos de convertirse en el
líder de una banda de rock emo, y no una muy buena.
-Espera,
hay algo que no entiendo – le digo – Atropellaste a un perro, y te detuviste.
¿Por qué?
La
mirada que me echa es todo menos amigable. Nadie aprecia mi sentido del humor.
-¿Eso
es todo lo que sacaste de la historia?
-Oh,
escuché el resto – admito – Te enamoraste del unicornio. Fue hermoso, luego
triste, luego aún más triste. Me reí, lloré y vomité un poco en mi boca – hago
una pausa, dudando si añadir lo siguiente que se me pasa por la cabeza. Qué
rayos, ¿qué es una confesión embarazosa entre un demonio y un tipo al que
poseíste una vez, verdad? – Y honestamente, como que lo entiendo.
Sam
parece desconcertado.
-¿En
serio?
La
llegada de un par de esbirros de Crowley me salva del resto de esta
conversación.
Sam
está más desmejorado de lo que el ángel dio a entender. Entre los dos apenas
conseguimos deshacernos de los demonios, antes de que el Hijo de Puta en Jefe
se presente.
-¿Vas
a hablar hasta matarnos o vas a pelear de una vez? – lo desafío. Mi mano se
cierra firmemente sobre la cuchilla angélica. Crowley me regala esa sonrisa
arrogante que tantas veces he querido borrarle de la cara.
-Ahí
está mi puta – dice, todo seguridad – No estoy aquí por mis queridos difuntos,
sin embargo. Vengo por la piedra con los escritos raros.
-Eso
no va a pasar – dice Sam. Pero los dos sabemos que, símbolos o no, estamos en
desventaja. Y Crowley lo sabe también.
-Vete
– le digo al cazador – Salva a tu hermano – vacilo antes de agregar: – Y a mi
unicornio.
-Timón
y Pumba – suspira Crowley, agitando su propia cuchilla angélica, mientras Sam
corre a por el resto del Equipo Libre Albedrío - ¿Te contaron de su gran plan?
– inquiere mi torturador – Pretenden cerrar las puertas del Infierno, cariño.
Pretenden matarme a mí, y a todos los demonios… incluyéndote.
“No
es como si tú me vayas a dejar sobrevivir, ¿verdad?”, tengo ganas de decirle.
En cambio, sonrío. No voy a dejar que vea que tengo miedo, o que lamento que
este sea el fin.
-Me
ganaste con matarte a ti – le digo.
Crowley
no se toma muy bien el desafío.
Puedo
soportar la paliza. Puedo soportar su rabia. La verdadera tortura es la incertidumbre.
¿Dónde están el ángel y las tropas de asalto?
Crowley
me levanta. Otra vez tiene esa mirada maníaca en el rostro, la que tenía cada
vez que me negaba a darle información. Esta vez está furioso porque me niego a
dejar de pelear.
-Puedo
golpearte por toda la eternidad – me asegura. Sonrío otra vez, aunque no estoy
segura de cuántos dientes me quedan.
-Tómate
el tiempo que quieras, cerdo – consigo articular, pero lo cierto es que no sé
cuánto más puedo aguantar. Si estos idiotas no se dan prisa…
Como
respondiendo a mi pensamiento, dos golpes secos nos distraen. Los Winchester
están otra vez en su auto, y yo gritaría de euforia si no tuviera la boca tan
llena de sangre. Siento que recupero algo de energía.
-Ningún
ángel en el asiento trasero – murmuro, triunfante – Tu piedra se fue hace mucho
tiempo.
Con
un último esfuerzo, levanto mi cuchilla. Sé que no servirá sino para enfurecerlo
más, pero al menos consigo devolver el golpe antes de que los ojos de Crowley
me digan lo que ya sé.
Esta
vez no hay vuelta atrás. Esta vez no me arrastraré fuera de la Poza para buscar
venganza, esta vez no tendré un respiro para hundirme en los buenos recuerdos.
“Tal
vez tuvieras razón, Clarence” pienso, en el segundo que tengo antes de que
Crowley contraataque. “A lo mejor tenga otra oportunidad.”
Los
Winchester arrancan con un rugido que ahoga mi gemido de dolor mientras la
cuchilla de Crowley se me clava en el estómago.
“Quizá
volvamos a encontrarnos, y entonces yo no sea un demonio.”
Un
momento de dolor, y entonces todo acaba.
“Quizá
esta sea mi redención.”
Me encantó como la captaste!
ResponderEliminarSufrí! Su unicornio! Confieso que tengo un apego extraño hacia Meg, siempre me ha caído muy bien. Me gustó mucho como narró las cosas y las conversaciones que mantuvo con el ángel. <3
Estuvo genia, perfecta para antes de ir a dormir. Se la contaré algún día a los hijos que quizá tenga.
xo.