I
L había tenido un día agotador en la fábrica. Cuando por fin le permitieron retirarse a su celda, sentía los músculos agarrotados, y cada uno de los párpados le pesaba una tonelada. En el más absoluto silencio, se quitó el overol blanco de trabajo y se deslizó en el pijama (también blanco) obligatorio de la hora de dormir. Se fijó que le había salido otro agujero en la manga, y se hizo una nota mental de coserlo luego. Los pijamas nuevos no llegarían hasta dentro de otros seis meses.
A su alrededor, sus compañeras de trabajo hacían lo mismo. L podía escuchar el frufrú de sus ropas, sus suspiros de alivio cuando se echaban en el catre, sus respiraciones acompasadas reemplazadas por ligeros ronquidos a medida que se dormían. Eran los sonidos propios de la noche, los sonidos bajo los cuales L había conciliado el sueño durante… suponía que ya iban unos quince años, pero ¿quién los contaba?
Acababa de echarse en su propio camastro, y estaba cabeceando agradablemente cuando un sonido inesperado la arrancó de su sopor. Era la alarma chillona y penetrante que alertaba la apertura de la puerta del bloque de las trabajadoras. Pero, ¿es que ya era el día siguiente? ¿Se habría dormido sin darse cuenta? No sería la primera vez que le ocurría…
La puerta al final del pasillo se abrió con un chirrido, y L escuchó los pesados pasos de los Guardianes contra el suelo de hormigón.
-¡Sigan durmiendo! – ordenó una voz potente y autoritaria, y a continuación hubo un golpe que solamente podría haber sido producto de una porra descargándose contra la pared – Sigan durmiendo, no hay nada que ver.
L, que presumía de no ser ninguna estúpida, volvió a acurrucarse en su lecho, y se tapó con la fina sábana hasta la nariz. El pasillo más allá de las rejas de su celda se iluminó a medida que se acercaban los Guardianes. L entreabrió los párpados, y pudo distinguir a tres de ellos. Una era P, la Guardiana del bloque de las trabajadoras, y a los otros dos no podía distinguirlos bajo las máscaras anti-gas obligatorias. Ellos dos arrastraban a quien parecía ser el origen de aquel alboroto: una chica alta, casi tan alta como los guardianes. Por un momento, L pensó que estaba inconsciente, pero luego se dio cuenta que era porque arrastraba los pies a propósito.
-Bienvenida al bloque 314 – le dijo P, con tono burlón – Esperamos que disfrute de su estadía.
La chica levantó el rostro, magullado y cubierto por varios mechones desordenados de pelo negro hacia P. Bajo las luces del pasillo, a L le pareció que sonreía, pero no habría podido asegurarlo.
-Encontraré algo con que entretenerme – contestó.
L aguantó la respiración al mismo tiempo que P levantaba la porra, y la descargaba con rabia en el costado de la cara de la chica. Ella ni siquiera se encogió para esquivarlo, ni se quejó cuando un “crack” sonoro indicó que le habían partido un diente. Al contrario, volvió a mirar la frente, sin preocuparse, como desafiando a que P le pegara otra vez.
P, sin embargo, parecía casi decepcionada por la falta de reacción.
-Ya te vamos a enseñar buenos modales – dijo, pasando su tarjeta por el panel que abría la puerta de la celda.
Los otros dos Guardianes empujaron a la chica adentro, y la dejaron caer encima del catre sin miramientos. Luego, salieron, sus botas marcando un ritmo militar. L se animó a incorporarse un poco para observar mejor a la recién llegada. Le había puesto el pijama obligatorio, pero la pechera estaba manchada de un rojo oscuro. A L le tomó un momento darse cuenta que era porque un torrente de sangre se deslizaba desde la boca abierta de la chica, donde ella tenía metidos dos dedos que se movían en busca de algo. Al cabo de unos segundos, la desconocida sacó un diente, también cubierto de sangre, y lo sostuvo en alto. Su expresión era casi divertida.
Eso fue todo lo que L tuvo tiempo de ver antes de que se apagaran las luces.
II
El día siguiente empezó como el anterior, y el anterior, y el anterior a ese. La alarma arrancó a las trabajadoras de su sueño. Hubo algunos quejidos que se extinguieron prontamente. L saltó de su catre, y se quitó la parte superior del pijama con prontitud. Estaba a punto de quitarse los pantalones también cuando escuchó algo nuevo, algo que irrumpió en su rutina matinal como un misil teledirigido.
Una risita.
L se quedó parada en medio de la celda, a medio desvestir, completamente desconcertada. Luego se dio cuenta que la risita venía de la celda de enfrente.
La desconocida que había llegado la noche anterior tenía un aspecto aún más desastroso a la luz de la mañana. Su rostro pálido estaba hinchado, tenía un ojo moreteado a medio cerrar, y dos cortes de aspecto bastante feo, uno sobre la frente, y otro sobre el labio. La sangre que le había chorreado anoche sobre la pechera del pijama se veía de un marrón oscuro, y L sospechaba que debajo de su ropa habría más cortadas y moretones. Si L había estado adolorida anoche, después del trabajo, la nueva seguramente se sentía todavía peor.
Y sin embargo, se estaba riendo.
L estaba a punto de preguntarle qué le resultaba tan divertido, cuando recordó el protocolo de silencio. Así que, en cambio, recogió su overol y fue a cambiarse a su diminuto baño. No quiso admitirse, mientras se cepillaba los dientes, que la mirada y la risa de la otra la habían puesto incómoda.
Apenas había tenido tiempo de recogerse el cabello con el rodete obligatorio cuando sonó la segunda alarma. L corrió hacia la puerta, y se paró en la formación de todas las mañanas, estirando el brazo hasta que la punta de sus dedos rozó el hombro de la compañera que se paraba delante todas las mañanas.
Por lo general, L era la última al final de la fila, pero esa mañana, alguien se paró junto a ella.
-Hola – saludó la desconocida en tono jovial. Se había puesto el overol, pero no se había recogido el pelo. La letra bordada encima de su pecho izquierdo indicaba que debían llamarla “B.”
-No se supone que hablemos – dijo L, en voz baja, y de inmediato se arrepintió ¿Hablar de que no debían hablar contaba como romper el protocolo de silencio?
-Oh, ¿a que son un grupo de pura felicidad? – contestó B, con un bostezo, pero para alivio de L, ocupó su lugar en la fila sin esperar una respuesta.
Las trabajadoras marcharon ordenadamente por el pasillo y las escaleras que separaban las celdas de la fábrica. Como todas las mañanas, se detuvieron delante de P, que esperaba con la lista en la mano para llamarlas. L entendía por qué la habían nombrado Guardiana: con su estatura titánica y sus brazos fuertes, P parecía haber sido diseñada para descargar golpes e impartir disciplina.
-A – dijo, y A se adelantó y pasó hacia la fábrica sin más – B – llamó P. Nadie se movió. P levantó la vista del listado - ¡B! – insistió, una octava más alto.
-Ese no es mi nombre – contestó la desconocida desde el fondo de la fila, y L tuvo un escalofrío.
Todas las trabajadoras al mismo tiempo se hicieron a un lado. Ninguna se atrevió a levantar el rostro mientras P pasaba entre ellas, y se plantaba, con todas sus monstruosas dimensiones, enfrente de la nueva.
-Discúlpame – dijo la Guardiana, con un tono falsamente amable – Me pareció haberte oído romper el protocolo de silencio, pero quizá haya estado equivocado.
-Me escuchaste bien – contestó B – Ese no es mi nombre.
L podía ver la espalda de P, y notó como se tensaban sus hombros. B, parada frente a ella, era casi igual de alta, pero mucho más delgada, y a L no le cupo duda que P la volvería a golpear.
-Oh, así que no es tu nombre – la voz de P rezumaba ira contenida – ¿Y cómo se supone, maldita puta, que tengo que llamarte?
-Puedes llamarme por mi nombre – insistió B – Me llamo…
Pero nunca llegó a completar la frase. P alzó la porra y le descargó un golpe tan brutal que B perdió el equilibrio y acabó en el suelo.
-¡Te llamas B, puta de mierda! – sentenció P – ¡Las putas como tú no necesitan un nombre!
L reprimió un gemido de horror cuando la Guardiana alzó la bota y la clavó con todas sus fuerzas en el estómago de la nueva.
-¡Cuando te llame adelante, puta, tú contestarás! – le ordenó, con otra patada dirigida a las costillas – ¡Cuando te diga que saltes, tú preguntarás qué tal alto! ¡Quiero que seas toda “sí, señora” y “no, señora”! – otra patada, esta vez dirigida a las canillas – ¿Me estás oyendo, puta?
B, que había recibido la paliza con un silencio estoico y el rostro crispado, abrió los ojos. Pero no miraba a P. Miraba directamente a L, todavía parada inmóvil detrás de la mole de P. Y entonces pasó algo tan rápido, que después L se preguntó si no se lo habría imaginado.
B le guiñó un ojo.
-¡Dije si me escuchaste, puta! – reclamó P, lista para lanzar otra patada.
-Sí – contestó B, con voz trémula. Pero L no pudo evitar preguntarse si la estaría fingiendo.
-¡¿Sí, qué?!
-Sí, señora – contestó B, y hasta para eso se las arregló para deslizar un sonsonete burlón. P no se dio cuenta, o no quiso darse cuenta.
-Arriba, puta – indicó P, y B se puso de pie, con una mueca de dolor que reprimió casi de inmediato – Y átate el cabello.
A L le parecía una maravilla que B pudiera mantenerse erguida, y no podía creer que P pretendiera que trabajara. Y sin embargo, B no hizo ademán alguno de excusarse, sino que avanzó hacia la puerta de la fábrica con la frente en alto, aunque quizá rengueando un poco.
-¡A la próxima que me dé problemas, ya sabe lo qué le espera! – bramó P.
Por supuesto, nadie más se atrevió a dar problemas.
III
L se encontraba tan atareada midiendo la cantidad de pastillas que caían en los frasquitos de plástico que pasaban frente a ella, que al principio no se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo.
-Dije “Hola” – dijo alguien a su lado.
L se sobresaltó, y miró hacia su izquierda. La problemática B estaba parada a su lado, ausentemente poniendo las tapas a las pastilleros. L se quedó boquiabierta, observándola.
-¿Hola? – repitió, confundida.
-Hola – volvió a decir B – Esa sigue siendo la palabra, ¿verdad?
L se volvió rápidamente hacia sus frascos de pastillas.
-No se supone que…
-… que hablemos, ya – contestó B, con una nota de hastío en la voz – Pero aquí nadie nos está escuchando, ¿o sí?
L le echó una mirada de reojo. B todavía tenía el rostro moreteado por la paliza recibida la mañana de su llegada, pero al menos ya no estaba hinchado grotescamente. Sus ojos, al menos, estaban de tamaño normal, y L se fijo que eran verdes, de un verde brilloso y límpido. Inmediatamente, L volvió a sus pastillas, tratando de ignorar el extraño cosquilleo que le había subido del estómago hasta las mejillas al mirar los ojos de B.
B suspiró sonoramente.
-Bueno, si tú no vas a hablar, al menos déjame hablar a mí – le dijo – Me gusta oír el sonido de mi propia voz. Me recuerda que sigo estando viva.
-Oh, por favor, no hagas eso – pidió L, temerosa – Nos meterás a las dos en problemas.
-¿Por qué? – preguntó B, encogiéndose de hombros – Yo puedo hablar o dejar de hablar, y pueden castigarme por eso, pero tú no puedes dejar de oír. No será tu culpa que yo hable, ¿o sí?
L supuso que aquello tenía sentido, pero no se lo dijo.
Así que B empezó a hablar, y casi sin querer, L la escuchó.
IV
B hablaba de cosas que L no podía llegar a entender. Había trabajado en las fábricas desde que era niña. Siempre se había llamado L, siempre había dormido en una celda, siempre se había movido por debajo de los techos y paredes blancas de aquel sagrado encierro. Siempre le habían dicho que debía estar agradecida por él, que de no ser por eso, estaría muerta. O peor aún, perdida en el desierto. L no sabía que había afuera, y tampoco se lo había preguntado desde hacía tiempo.
Pero B se lo dijo, en susurros apurados, entre risitas quedas, mientras L llenaba pastilleros y B les ponía la tapa.
B tenía un nombre, aunque no le dijo a L cuál era. B sabía conducir un auto, y disparar una pistola (y le dio a entender a L que también sabía bloquear los golpes que P parecía querer propinarle casi a diario). B había escuchado música, cosa estrictamente prohibida. B había leído libros, libros de verdad, con tapas y páginas, no aquellas figurillas digitales aprobadas por el gobierno. L había sentido un escalofrío de placer clandestino cuando B le habló de los libros, y aunque no le preguntó nada, fue como si lo hubiera hecho, porque B se puso a hablarle de lo que había leído.
-No lo entiendo – soltó un vez L – ¿Por qué los cerdos no repartían la comida como habían prometido?
Se dio cuenta entonces que había hablado, se sonrojó violentamente y volvió a sus pastillas, pero no lo suficientemente rápido como para no ver la sonrisa de B.
-Porque – le contestó su extraña interlocutora – todos los cerdos son iguales, pero algunos son más iguales que otros.
Eso no tenía sentido, y L empezó a sospechar por qué estaban prohibidos los libros: no contenían más que tonterías.
Y también empezó a sospechar por qué B era tan extraña. Todo lo que decía que había hecho, todo lo que decía poder hacer, como hablaba, como sonreía burlonamente en vez de asustarse cuando P se metía con ella… todo indicaba que B era una rebelde.
L se estremeció en su catre cuando aquel pensamiento la asaltó. No de los que a veces intentaban alzarse contra el Gobierno en la Ciudad, no de esos que conspiraban y eran descubiertos y enviados a morir en fábricas como aquellas. No, B era una rebelde de verdad, de esos que vivían fuera del límite de la Ciudad, de esos salvajes que rechazaban la vida civilizada en pro de conceptos tan obsoletos como el libre albedrío y el arte.
L se removió bajo las sábanas, inquieta, hasta quedar con el rostro apuntando hacia las rejas. Más allá de ellas, estaba el pasillo, y aún más allá, el bulto dormido de B.
Un pensamiento ansioso atacó a L. Si B era una rebelde de esas, entonces habría vivido en el desierto antes de que la atraparan. Si había vivido en el desierto, entonces… entonces…
L se aferró con fuerza al borde de las sábanas, casi sin atreverse a pensarlo. Si B había vivido en el desierto, entonces significaba que las había visto…
V
-Dicen que P le rompió la nariz por no atarse el pelo – comentó M durante el almuerzo, uno de los pocos momentos en que les estaba permitido romper el protocolo de silencio.
Todas sus compañeras echaron una mirada de desaprobación hacia B, que comía sola en un rincón. Efectivamente, su nariz, cubierta por una venda, se veía ligeramente descentrada, y debajo de sus ojos había profundas ojeras violeta. Aún así, B llevaba el pelo suelto, desafiante.
-Está buscando que se la lleven al otro bloque – contestó R, sacudiendo la cabeza. Su cabello iba atado en el más estricto de los rodetes.
Todas las que se sentaban con ellas se pusieron a chismorrear al mismo tiempo ¿Cuánto tardaría en acumular las faltas necesarias? ¿Cuándo se despertarían para descubrir que su celda estaba vacía? ¿La matarían en el otro bloque, como hacían con las rebeldes más incurables?
-Por mí, sería mejor que no la volviéramos a ver – expresó K en voz muy alta, como esperando que la criminal a la que estaban juzgando la oyera – Es una subversiva peligrosa.
Todas se aprestaron a darle la razón, pero no llegaron a hacerlo.
L acababa de entrar en la cantina, cargando su bandeja de puré, carne artificial y vitaminas sintéticas, pero en vez de sentarse con ellas, como siempre hacía, como siempre había hecho, pasó de largo como si no las viera en absoluto.
Todas las trabajadoras contuvieron la respiración cuando la vieron sentarse en la mesa en la B llevaba media hora jugueteando con su ración.
B levantó la cabeza, sorprendida, pero con su sonrisa usual.
-No deberías hablar conmigo – le dijo – ¿No sabes que soy una subversiva peligrosa?
L no sabía qué significaba subversiva, y tampoco le importaba.
-B, quiero pedirte una cosa – dijo, y se dio cuenta que era la primera vez que se dirigía a ella de manera tan directa. Sintió que su rostro ardía, pero aún así no se detuvo – Quiero que me hables de las estrellas.
VI
Cuando L tenía siete años y todavía la llamaban por su nombre, un señor de uniforme blanco había ido a su escuela, y las había sacado a ella y a su hermana del aula. L tenía escasos recuerdos de aquella noche, pero porque no pensaba en ellos a menudo, se conservaban intactos en su memoria.
Su hermana le había apretado fuerte la mano mientras el señor (L supo más tarde que se trataba de un Guardián) les explicaba que su mamá y su papá había participado de un intento de levantamiento, que por eso se los tenían que llevar lejos. L se había largado a llorar, pero su hermana, que siempre había sido la más valiente de las dos, había tenido el atrevimiento de hacer preguntas.
¿Iban a ejecutar a sus padres? Sí, posiblemente. ¿Las iban a dejar verlos antes? No, eso sería peligroso. ¿Qué pasaría con ellas, entonces? El señor había puesto cara de desagrado en este punto.
-Lo que les pasa a los hijos de todos los sediciosos – había sentenciado.
L y su hermana eran gemelas. Cabello castaño, ojos de miel, manos de porcelana, eran iguales hasta en el más mínimo de los detalles. Cuando eran aún más pequeñas, antes del levantamiento, antes del señor de uniforme blanco, jugaban a los espejos. Imitaban los movimientos de la otra a la perfección, hablaban al unísono y se cogían de las manos cuando se acostaban en la cama que compartían para mantener a las pesadillas alejadas.
Pero L era cobarde, y no había hecho preguntas, mientras que su hermana era valiente, y había protestado hasta que el señor acabó por amenazarla con pegarle si no cerraba la boca.
Las sacaron del colegio, y luego de la Ciudad, en un autobús donde viajaban niñas de más o menos su misma edad, todas calladas, todas hostiles. Las gemelas iban tomadas de las manos, pero ni aún así podían pelear contra esa pesadilla. L veía los edificios pasar, y la cúpula del cielo artificial de la Ciudad sobre su cabeza, que cambiaba de azul, a naranja y luego a negro, a un negro profundo e infinito, un negro que pareció engullirse las calles los edificios y hasta el coche en que viajaban. Temerosa, apretó la mano de su hermana con más fuerza aún.
Llegaron al límite de la Ciudad, y después de que el conductor hablara con el guardia del peaje, el autobús avanzó dando tumbos hacia más allá de la barrera.
Y entonces L las vio.
No se suponía que las viera, porque inmediatamente el conductor le gritó que bajara la cabeza, y unas persianas gruesas cayeron en todas las ventanillas, y cuando se detuvieron, ya estaban debajo del techo del bloque de fábricas dentro de las cuáles se las asignaría.
Pero L las vio, eternas y distantes, indiferentes y absolutas; y su brillo se le clavó en la retina.
-¿Qué son? – le había preguntado a su hermana en un susurro, un segundo antes de que la persiana cayera sobre la ventanilla.
Su hermana lo sospesó un momento, como si intentara recordar algo muy difícil.
-Creo… que las llaman “estrellas.”
VII
B le habló de las estrellas.
Le dijo que eran masas de gas que flotaban en el cielo, lejos, muy lejos de ellas, le dijo que el sol era una estrella (y tuvo que explicarle qué era el sol) que estaba tan cerca que cuando salía, eclipsaba a todas las demás.
Le habló de la luna, que reflejaba la luz del sol.
Le habló de la noche, que no era negra en el desierto donde B había vivido, sino azul, de un azul terciopelo sobre el que se derramaban galaxias enteras.
Le habló de cómo ella y los otros rebeldes se juntaban alrededor del fuego y levantaban el cuello y contaban estrellas hasta que se les acababan los números o les daba vértigo, y se quedaban dormidos, con las estrellas vigilándolos desde lejos.
L se bebía sus palabras, se las devoraba como un mendigo famélico se devoraría un banquete.
-¿Cuántas son? – quiso saber.
-Una vez llegué a contar doscientas mil – afirmó B – Pero son muchísimas más. Nadie puede saber cuántas. El universo es tan enorme que la luz de las estrellas nos llega desde muy lejos, tanto que algunas estrellas ya han muerto cuando vemos su resplandor.
L soñaba con estrellas, soñaba con largos mantos de terciopelo azul cubiertos de galaxias enteras.
-¿Te gustaría verlas? – le preguntó B una vez, tan repentinamente que L casi deja caer el frasco de pastillas que estaba llenando.
-¿Verlas…? – repitió, desconcertada – Pero para eso tendríamos que salir de la fábrica…
-Precisamente – contestó B, con su sonrisa jovial de siempre – ¿Acaso esperabas que me quedara aquí?
L suponía que no, que B había estado buscando la manera de escapar desde el momento en que los Guardias la arrastraron al bloque, pero no esperaba que fuera a compartir sus planes con ella.
Además, el lugar de L estaba allí, y así se lo dijo.
-¿De verdad? – preguntó B, alzando una ceja – ¿Y por qué es eso, L? ¿Pusiste una bomba en un edificio? ¿Mataste a un Líder?
-No – contestó L, volviendo la vista hacia sus pastillas. A media voz, le explicó lo de sus padres.
-Ya entiendo – dijo B – Te encerraron por la teoría del llamado “gen rebelde”, ¿verdad? – soltó un sonido que L solamente pudo interpretar como una risa llena de desprecio – Eso es pura mierda.
-¡No digas eso! – le pidió L, mirando temerosamente su hombro, aunque sabía que nadie las podía escuchar en ese rincón de la cadena – Los Científicos llevan años trabajando…
-Los Científicos están llenos de mierda – dictaminó B – Y también los Guardianes. Los Líderes están más llenos de mierda que nadie.
L se quedó tan sorprendida por aquella afirmación que por un momento se olvidó del trabajo. Se olvidó del número de pastillas que debían ir en cada frasco, se olvidó de que no debían pasar la línea roja. Las manos le temblaban. Toda ella se sentía temblar debajo de su overol blanco, de nervios, de ansiedad, de culpa.
B no pareció notarlo.
-Se supone que diseñaron la Ciudad para protegernos después del desastre nuclear, se supone que son justos y buenos, y sin embargo encierran a niños para ponerlos a trabajar en condiciones inhumanas solamente porque sus padres no están de acuerdo con ellos – soltó un bufido de rabia – Prohíben el arte porque el arte es sentimiento, y ellos desprecian los sentimientos. Por eso hacen que todos se tomen estas porquerías – agregó, sacudiendo un frasquito de pastillas – Quieren que todos pierdan la esperanza y hacer este mundo tan feo como les sea posible ¡Pero no van a conseguirlo! – B sonreía, casi de forma maníaca – Porque pueden tapar las estrellas, pero no pueden apagarlas, ¿verdad? Porque todavía quedan cosas bellas por las que vivir en este mundo.
L no contestó. El fulgor verde en los ojos de B le daba miedo. Miedo de que hiciera alguna locura, miedo de que le diera a P una excusa para eliminarla. Miedo de perderla, y que nadie volviera a hablarle jamás de las estrellas.
VIII
Durante muchos años, L había tenido un sueño recurrente.
En él, veía a su hermana (su reflejo, su parte más valiente), igual a la última vez que la había visto, cuando las dos tenían catorce años (o puede que fueran trece, o quince. La verdad, ¿quién los contaba?). Las habían asignado al mismo bloque porque tenían el mismo apellido, pero las miraban con desconfianza, las vigilaban constantemente.
No se suponía que las trabajadoras formaran lazos. Los lazos eran peligrosos. Los lazos creaban amistades, las amistades, confianza, la confianza, una posibilidad de despertar el descontento latente. Y ya se sabía, los descontentos creaban rebeliones.
Sin embargo, no podían evitar que L y C tuvieran un lazo. Porque habían crecido juntas en el vientre de su madre, porque habían llegado juntas al mundo, porque compartían los mismos ojos, el mismo cabello y las mismas manos. Eran parte una de la otra, y por mucho que las separaran, no podrían romper su lazo.
En la pesadilla, una de las gemelas le decía a su hermana que quería escapar, que quería ver las estrellas otra vez. La otra le recomendaba prudencia, que mantuviera la boca callada, que se meterían en problemas. Igual que B, aprovechaban el atareo de la fábrica para mantener aquellas conversaciones clandestinas.
-Lo voy a intentar – decía la primera, decidida – Voy a subir al tejado, a lo más alto. Estamos fuera de la Ciudad, ¿no? Estamos fuera del rango del cielo artificial. Quizá pueda verlas.
-¿Y si te atrapan? – preguntaba su hermana, con gesto de preocupación – ¿Y si te llevan lejos?
-No me atraparán – contestaba la otra – Solamente será un momento. Solamente quiero verlas. Quiero ver que todavía hay cosas bellas en este mundo tan feo.
Su gemela no respondía. No sabía que responder.
Entonces, un día, la que quería ver las estrellas conseguía birlar una de las tarjetas de acceso de los Guardianes. Ella y su hermana, medio temerosas, medio emocionadas, conseguían escabullirse hasta las escaleras, y ascendían en puntas de pie, esperando que nadie notara su ausencia hasta la hora de cerrar las celdas. Tomadas de la mano, alcanzaban la azotea, y con las manos temblorosas, pasaban la tarjeta para abrir la puerta…
Y entonces el sueño se convertía en pesadilla.
Los Guardianes aparecían de todos lados, las tomaban de los brazos con fuerza, las obligaban a separarse, a soltar la tarjeta, a alejarse de la puerta antes de que se hubiera abierto siquiera una hendija, antes de que pudieran ver un atisbo del cielo o las estrellas.
Las llevaban a una celda aislada, donde debían esperar a que el Inspector decidiera su destino.
El Inspector se tardó tres días en llegar. Tres días durante las cuales no comieron, ni bebieron, ni durmieron. Estaban débiles y quebradas.
-Van a saber que fui yo – decía la gemela que se había robado la tarjeta, la que soñaba con las estrellas, mientras sollozaba con desconsuelo – Van a castigarme.
-No – replicaba la otra – No, no voy a permitir que te hagan daño.
Cambiaban los overoles, aunque la hermana llorosa no entendía por qué. Y no lo entendía hasta que el Inspector entraba, y exigía saber de quién había sido la culpa.
C confesaba de inmediato. Y le creían, porque las pruebas apuntaban todas a C. Se la llevaron a otro bloque, a uno donde trabajaría más duro y no le quedaría tiempo de soñar con ver las estrellas. A la otra, a L, la castigaron, pero le permitieron quedarse donde estaba.
A que la carcomiera la duda y la confusión, a que soñara con aquellos tres días infernales, a que terminara preguntándose si en verdad su hermana había robado la tarjeta o si había sido ella. Habían cambiado los overoles. Habían mentido. Ella era C, y la otra era L, pero luego ella fue L y la otra C, ¿o había sido así realmente?
L no lo sabía. No lo recordaba. A veces incluso dudaba de si realmente había tenido una hermana, o había imaginado todo. A veces deseaba saber de la otra, si es que había existido, si seguía viva o no. O si estaba muerta.
A veces, L deseaba que estuviera muerta, que estuvieran muertas las dos. Porque el mundo era feo, ¿y qué les quedaba si no podían ver las estrellas?
IX
A B se le fue extinguiendo el fulgor de los ojos con el correr de los días. Como si aquel brillo hubiera sido un reflejo de las estrellas, pero ahora que no las veía, su reserva de luz se iba agotando de a poco.
L notó que hablaba menos. Que sus hombros estaban un poco más encorvados que antes. Que si antes jugueteaba con su comida para sólo probar un par de bocados, ahora la dejaba intacta. Que el overol le empezaba a ir más grande. Que ya no tenía moretones en la cara tan a menudo, porque hacía varios días que no sacaba de quicio a P.
-Cuéntame esa historia otra vez – le pedía L – La de los cerdos y la granja. Cuéntame de nuevo cómo se ven las estrellas.
B esbozaba una sonrisa débil, una parodia de la que tenía los primeros días.
-Tengo que escaparme – le dijo a L en una ocasión – Pronto. O me moriré.
-Si te atrapan, te matarán – había replicado L, con horror.
-Que lo hagan – suspiró B, desanimada – Mejor morir que vivir de esta manera.
-No lo dices en serio – aseguró L, tratando de convencerse a sí misma.
El silencio de B fue más elocuente que cualquier respuesta.
X
-¡A ver, putas de mierda, contra la pared! – les gritó P – Quiero que todas estén presentables, ¿me oyen?
Para acentuar cada una de sus palabras, iba dando golpes de porra contra su palma abierta, y se paseaba delante de ellas, amenazante. Sin embargo, L no sintió el aguijón de temor usual cuando P se paró justo frente a ella y la apuntó con la porra.
-Y tú… más te vale no armar una de tus escenitas, ¿entendido? – le ladró.
L se tardó unos momentos en darse cuenta que no le hablaba a ella, sino a B, parada a su lado completamente erguida. Asintió, y L creyó que alguien le estaba estrujando el corazón. B no tendría que haber asentido. B, la de los ojos que brillaban, le habría dicho que se fuera la mierda, o algo igualmente grosero. No estaba bien.
Era la Visita Anual, y era lógico que P estuviera más propensa de lo usual a repartir golpes: si el Inspector encontraba que todo estaba en orden y que la disciplina de las trabajadoras era impecable, P sería renovada en su cargo de Guardiana por otro año. Si no, pondrían a otra, quizá incluso a alguien peor que P.
L sabía que P había sido designada Guardiana por cinco años seguidos, después de M, que era igual de violenta y prepotente. La primera M, que no era la misma que la M de ahora. La primera había muerto de un aneurisma. “De un ataque de rabia cuando eligieron a P”, le había contado a B, y ella se había reído.
Pero ahora su amiga no parecía ni siquiera capaz de esbozar la sonrisa más débil…
-¡Párate derecha! – ladró P, y L se irguió, nerviosa.
Justo a tiempo, también. Las puertas se abrieron, y el Inspector entró, parado muy derecho, con su bigote tan recto que parecía afeitado con una regla, sus hombros cuadrados, y su impecable raya al medio. Junto a él, venían dos Guardianes vestido en sus trajes antidisturbios.
-¡Inspector! – P esbozó una sonrisa amplia, grasosa – ¡Bienvenido al bloque 314!
-Excelente, excelente – dijo el Inspector, aunque eso no le parecía una respuesta lógica a lo que había dicho P.
Nada parecía lógico. Había visto quince visitas anuales durante su tiempo en las fábricas. Los guardaespaldas siempre llevaban trajes antidisturbios. ¿Por qué? ¿Acaso pensaban que un grupo de niñas entre siete y diez años se iban a rebelar? ¿Pensaban que un puñado de mujeres drogadas y agotadas que jamás habían visto las estrellas iba de pronto a sacar armas y matar al Inspector? B quizá lo habría hecho. Pero el bloque había acabado por quebrarla incluso a ella.
-Excelente, excelente – repetía el Inspector, mientras se paseaba enfrente de las trabajadoras. A L le dio la impresión que estaba buscando algo. A alguien quizá…
El Inspector detuvo su paseo justo frente a L y B, paradas al final de la fila.
-Esa es la prisionera especial – dijo, apuntando a B – La que tuvimos que pasar de bloque en bloque.
-Efectivamente – dijo P, hinchando el pecho, muy orgullosa de sí misma – Me habían advertido de sus dificultades… pero yo he logrado disciplinarla – agregó, acariciando disimuladamente su porra.
-Excelente, excelente – dijo el Inspector otra vez.
L estaba segura que esa parte de la Visita ya estaba terminada, que luego de que el Inspector echara un vistazo a las máquinas, todas tendrían que volver a trabajar mientras P lo guiaba por el comedor, las celdas y demás instalaciones del bloque.
Pero el Inspector parecía tener otras ideas. Se quedó mirándolas, a ella y a B, mientras se acariciaba la mandíbula, como preguntándose algo.
-Me gustaría tener una conferencia privada contigo – dijo.
Pasó en un segundo. L se acordó de otra chica, otra chica que se le parecía mucho, que la había abrazado y la había consolado, y le había preguntado una y otra vez si estaba bien mientras ella sollozaba.
Quizá porque entonces había estado tan asustada entonces como lo estaba ahora.
O quizá porque alguien le estaba apretando la mano con fuerza.
-¿Les molestaría acompañarla al despacho mientras terminamos la inspección? – les pidió a los guardaespaldas. Los dos se adelantaron hacia L, que de pronto se había pegado con fuerza a la pared, mientras todas las miradas se clavaban en ella, algunas permitiéndose un atisbo de compasión.
-Vamos, pequeña – insistió el Inspector – No seas tímida…
-El Inspector te lo está solicitando, L – añadió P, en un tono que denotaba una ligera amenaza. Si por algún motivo L arruinaba su Visita Anual, ya podía considerarse apaleada.
Se fue soltando suavemente de la mano que apretaba la suya. Los guardaespaldas se acercaron para escoltarla hacia la puerta.
-¡Todas las demás, de vuelta al trabajo! – ordenó P.
L se volvió un momento a mirar. Todas sus compañeras estaban obedeciendo con prontitud. Excepto B.
La rebelde se encontraba rígida contra la pared, la mano aún tanteando el aire.
XI
El despacho era una dependencia en la que únicamente podían entrar los Guardianes y los Inspectores. Muy excepcionalmente, se le había permitido a una trabajadora, que quizá hubiera cometido una falta, o quizá no, que entrara en aquel sagrado recinto a recibir una sanción o un premio.
L fue conducida al lugar con delicadeza, pero cuando los guardaespaldas cerraron la puerta detrás de ella, se sintió como un golpe seco que le resonó en los oídos. Un golpe que le recordó a cómo había sonado esa otra puerta, la puerta de la celda donde ella y su hermana habían pasado tres días. Casi le pareció ver las paredes grises y llenas de manchas de humedad, y percibir el horrible hedor que se fue acumulando allí con las horas.
Sacudió la cabeza. El despacho tenía las paredes cubiertas de paneles de madera, y olía (más bien, apestaba) a aerosol de limón, el mismo olor que a veces emanaba de las manos de P. Había un escritorio, con papeles perfectamente alineados debajo de un pesado pisapapeles con forma de un animal que L no conocía, y detrás, una biblioteca, que por supuesto no contenía libros, sino cuadernos de contabilidad y expedientes de las trabajadoras. L se sintió tentada a hojearlos, pero suponía que eso le traerá más problemas de lo que valía la pena.
Se sentó en la alfombra bordó, porque era el único lugar que parecía lo suficientemente cómodo, y esperó.
No podía hacer más.
Todos sabían de las “Conferencias” que a veces pedían los Inspectores. Siempre elegían a las chicas más jóvenes y bonitas, y siempre las hacían conducir al despacho. Algunas volvían con moretones o heridas, pero decían que eso se podía evitar si “te portabas bien.” Pero incluso las que volvían casi ilesas se despertaban gritando en medio de la noche durante varias semanas, y estaba nerviosas y agresivas si te acercabas demasiado a ellas por casualidad. L había escuchado de una que ató las sábanas a los barrotes de la celda y se ahorcó. P dijo que había muerto por causas naturales, pero no logró acallar del todo los rumores.
L sabía que era elegible para una de esas conferencias desde que cumplió los dieciséis.
Y bien, ahora era su turno.
Imaginó al Inspector llegando, poniendo sus manos sobre su overol. Algo se agitó dentro de ella, algo que no consiguió entender del todo.
Toda su vida había hecho lo que le habían dicho. Excepto por aquella vez que intentó subir al techo con su hermana, había sido una trabajadora excelente. Se había tomado sus vitaminas. Había cumplido siempre con sus cuotas. No le había dado a P motivo alguno para golpearla. Siempre con la mirada baja, el pelo atado y la lengua bien metida entre los dientes, sin moverla más que cuando era absolutamente necesario. ¿Por qué?
Por miedo. Lo había hecho siempre por miedo. Y ahora, por miedo, iba a dejar que aquel hombre desconocido hiciera con ella lo que quisiera, iba a tragarse su angustia e iba a volver a esa vida de silencio y obediencia, una vida en la que estaba prohibido ir a ver las estrellas.
Eso no era todo. Eso no podía ser todo.
B había hablado de escaparse, pero, ¿era eso realmente posible? ¿Era posible algún otro escape fuera del último recurso de las sábanas y los barrotes?
L escuchó pasos viniendo hacia la puerta, y se incorporó de un salto. Su mano, casi sin querer, se posó en el animal que reposaba sobre los papeles de P.
El Inspector hizo su entrada, y los dedos de L se aferraron al pisapapeles, mientras el hombre cerraba la puerta y se acercaba a ella.
-L, ¿verdad? – preguntó con voz aceitosa – Excelente, excelente.
L observó sus largos dedos, dedos que se hundirían en su piel, juguetear con la corbata para desajustarla.
-Supongo que sabes para qué estás aquí – dijo el Inspector. L no respondió. Los dos sabían para qué estaba ahí – Quiero hablarte de tu amiga, B.
L lo miró desconcertada, mientras el Inspector colgaba su saco detrás de la puerta y se volvía para mirarla, todavía del otro lado de la habitación.
-Es un poco difícil de tratar, ¿verdad? – siguió diciendo el Inspector – P me ha contado unas cuantas cosas sobre ella. Me ha contado que pasa mucho tiempo contigo – se dio vuelta, pero L se mantuvo inmóvil – ¿No te habrá contagiado sus hábitos de rebeldía, cierto?
L permaneció en un silencio obstinado. El Inspector avanzó hasta la mitad de la alfombra y le volvió a sonreír.
-Y si te los contagió, no hay problema – aseguró – No me gustan las chicas que se portan bien. Es como follarse un cadáver.
L se apretó contra el escritorio. En dos zancadas, el Inspector estuvo sobre ella, con una mano en su hombro y la otra tanteando en cierre de su overol. L podía ver su boca, sus labios marchitos abriéndose sobre una sonrisa desagradable de dientes quirúrgicamente iguales y artificialmente blancos. Un pensamiento cargado de pánico atravesó la mente de L: “Me va a morder. Me va a morder con esos dientes.”
-¡No! – intentó decir, pero entonces aquella boca invasora se clavó en la suya. L empezó a patalear, pero el Inspector era más fuerte de lo que parecía. El cierre del overol bajó con un zumbido que pareció llenar el mundo, y el inspector hundió la mano en su corpiño.
-Eso – comentó, mientras L hacía todo lo posible por zafarse de su agarre – De eso precisamente es de lo que estaba hablando.
L sintió los bordes afilados del pisapapeles clavándosele en la palma de la mano, y en un ataque de adrenalina surgida del terror, lo alzó y lo dirigió directo a la cabeza del Inspector.
El crujido sonó grotesco, y el Inspector se sorprendió tanto que de hecho la soltó y retrocedió un par de pasos. Se tocó el lugar donde había golpeado el pisapapeles, y cuando retiró los dedos, L pudo ver que estaban manchados de rojo.
-¡Oh, maldita puta! – gritó el Inspector, ya no más falsamente amigable y auto-satisfecho, sino enfurecido, una furia que L solamente había visto en los ojos de P – ¡Yo te voy a enseñar…!
La puerta se abrió con estrépito, y L apenas tuvo tiempo de registrar el rostro de B, cuando ella levantó algo y hubo una detonación que resonó por todo el despacho.
XII
El cuerpo del Inspector yacía en el suelo, con un agujero en el costado de la nuca que rezumaba sangre.
“No se mueve,” pensó L, en medio de la niebla del shock. “¿Por qué no se está moviendo?”
B seguía parada al otro lado de la puerta abierta con aquella arma negra que todavía humeaba en su mano. L sintió algo pegajoso en su mano, y se dio cuenta que era su propio sudor. Había soltado el pesado pisapapeles, que había caído sobre la alfombra sin hacer ruido.
B bajó el arma.
-¿Estás bien? – preguntó, avanzando hacia ella.
-Lo mataste – dijo L, como respondiendo a una pregunta.
-L, ¿te encuentras bien? – insistió B – ¿Ese hijo de puta te hizo algo?
L sintió otro par de manos posarse sobre sus hombros, y levantó la vista. El fulgor verde había vuelto a los ojos de B, un fulgor llenó de rabia, de odio. Pero no hacia ella, comprendió. Hacia el tipo que yacía muerto en la alfombra. El tipo que quería violarla.
L se aferró a la cintura de B y hundió el rostro en su cuello. Sentía ganas de llorar.
-Me… me salvaste – consiguió articular.
-Tenía que hacerlo – dijo B, apretándola fuerte contra sí – Tú me salvaste también.
L no entendió qué quería decir, y tampoco importaba. Importaba que estaban juntas.
-Van a matarnos – dijo L, con mucha calma – La pena por matar a un agente del Gobierno…
-Sólo podrán matarnos si nos atrapan – afirmó B, solemne – Y no voy a dejar que eso pase.
XIII
-L, despierta.
La voz la llamó fuera de las seguras profundidades del sueño en que se había hundido. L abrió los ojos.
-He soñado con mi hermana – murmuró, no supo si para su compañera, o para ella.
En el sueño, ella y su hermana subían las escaleras mano a mano, pasaban la tarjeta que habían robado, y atravesaban finalmente esa puerta. El aire les golpeaba en el rostro, y arriba, encima de ellas…
Pero eso no era más que un sueño. Un sueño provocado por el ronroneo del auto que habían robado del estacionamiento cuando escaparon con la tarjeta del Inspector. El arma, también robada a uno de los guardaespaldas, estaba ahora en la guantera. L no quiso saber qué había pasado con ellos.
-Tendremos que deshacernos del auto y la pistola después de un tiempo – había dicho B – Destruirlos, quizá.
-Pero, ¿a dónde vamos?
B había sonreído mientras aceleraba.
-Al desierto. A la libertad – su mano libre se enlazó con la de L – A las estrellas.
L soñó con su hermana, preguntándose si ella también tendría la oportunidad de huir. Quizá algún día la volviera a ver.
El desierto era inmenso, y parecía engullirse a la serpenteante carretera por la que avanzaban.
-¿Cómo vamos a encontrar a tus compañeros? – le preguntó L, frotándose los ojos, y contemplando las dunas, intimidada.
-Nunca están lejos – contestó B, encogiéndose de hombros – Ya veremos. Pero no quería que te perdieras esto.
Señaló hacia adelante. L se había sentido empequeñecida cuando había contemplado el cielo mientras escapaban, y aún ahora sentía un poco de vértigo mientras sus ojos se clavaban en el horizonte. Un horizonte encendido de fuego, con un sol que se iba apagando con rapidez. Sobre las fugitivas, el cielo se oscurecía más y más, tanto que por un momento, L temió que la oscuridad se tragara todo. Pero entonces…
-¡B! – exclamó L, eufórica – ¡Es una estrella!
B sonrió satisfecha, aunque no volteó a mirarla.
-Sí – contestó – Es la primera estrella de la tarde.
L contempló aquel puntito brilloso con un nudo en la garganta, a medida que más y más estrellas iban apareciendo. Eran las mismas estrellas inmutables que L había visto tantos años atrás. Y pasara lo que pasase, ella siempre podía contar con que estarían allí.
Después de todo, el mundo no era tan feo.
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