jueves, 14 de marzo de 2013
Cenizas del Fénix - Prólogo
PRÓLOGO
Casi al borde de sus fuerzas; la bruja huía a través del bosque. La nieve a medio derretir crujía bajo sus botas desgastada, su respiración agitada se elevaba hacia el cielo en pequeñas volutas. La flecha que tenía hundida en el hombro le enviaba crueles ramalazos de dolor que le llenaban los ojos de lágrimas, y, mareada por la sangre perdida, le era imposible encontrar un camino que no estuviera plagado de raíces traicioneras.
Hacía varios minutos que no escuchaba ningún rumor sospechoso detrás de ella, ni el murmullo de sus perseguidores buscándola, ni el sonido de una rama al partirse, ni el zumbido de más flechas volando en su dirección; pero de todos modos, estaba tan cansada y confundida, que quizá no lo habría oído de todas maneras.
Finalmente, cuando sintió que si daba otro paso se desmayaría allí mismo, se detuvo junto a un viejo y rugoso castaño, apoyando el hombro sano contra él. Palpó la flecha. La punta se había hundido casi hasta rozarle el hueso, pero suponía que con un par de tirones decididos sería capaz de arrancársela. No iba a ser fácil, pero no podía seguir corriendo de esa manera, y todavía no había penetrado lo suficiente en el bosque.
Arrancó un grueso pedazo de corteza del castaño y se colocó entre los dientes, antes de rodear la flecha con sus finos y pálidos dedos. La mano le temblaba. “Diosa, ayúdame,” rogó en silencio, y comenzó a tirar.
Fue un suplicio. Sintió como todos los músculos de su brazo se tensaban bajo la presión, y alcanzó a ver los borbotones de sangre que mancharon su vestido y gotearon hasta el suelo. Mordió la corteza con tanta fuerza que le pareció que sus dientes iban a partirse, mientras el sabor de la madera y la tierra le anegaban la boca.
Pero no desistió. Se aferró con más fuerza aún a la flecha, y tiró, tiró, tiró y reprimió los gritos de agonía que le subían a la garganta, ignoró las lágrimas que le bajaban por el rostro, y siguió tirando. Al fin, con una lentitud insoportable, el cilindro de madera empezó a deslizarse, poco a poco, centímetro a centímetro. La bruja apretó la corteza, y con un último esfuerzo nacido de la ansiedad, tiró una última vez. La cabeza de la flecha (puntiaguda, cruel, empapada en sangre) apareció al fin, y con gesto casi triunfal, la bruja la arrojó lejos de sí.
El dolor seguía siendo malo, pero ya no era insoportable. Podía seguir avanzado. Un poco más.
Sin embargo, antes de que hubiera dado una docena de pasos, escuchó voces a su espalda. No estaban lo suficientemente cerca para distinguir las palabras, pero el sólo hecho de que pudiera oírlas era mala señal. La bruja respiró profundamente y consiguió tomar impulso para seguir corriendo.
El claro. Si tan solo pudiera llegar al claro…
Otra flecha se clavó contra el árbol que acababa de dejar atrás, con tanta fuerza que la madera vibró ominosamente. Ya estaban prácticamente sobre ella, las voces cargadas de enojo, de rabia, y de algo más que no supo entender. Si hubiera estado más tranquila, si no hubiera tenido la mente nublada por la desesperación, quizá lo habría reconocido como miedo. Un temor visceral, ciego, violento.
Una parte de ella quizá lo reconociera. La parte que le decía que tenía que continuar, que no podía pararse a recuperar el aliento, que si la atrapaban, su destino quedaría sellado.
Aunque a la bruja había dejado de importarle. Solamente quería… ¡no! Tenía que llegar al claro…
Y como si la Diosa hubiera respondido a sus plegarias, allí estaba: un círculo perfecto en medio de los árboles, cubierto de blanco, blanco que se moteó de rojo cuando a la bruja, que había cedido por fin al temblor de sus rodillas, se dejó caer justo en medio. Sin levantar la cabeza, sin prestar atención al murmullo de la multitud aproximándose, agachó la cabeza y en unos cuantos suspiros superficiales, pronunció el hechizo.
-¡La encontré! – gritó alguien detrás, y la bruja alcanzó a notar las pisadas precipitadas de la multitud antes de que la oscuridad se tragara el mundo.
Cuando recuperó la conciencia, sus manos estaban atadas sobre su cabeza, con la espalda tan brutalmente clavada contra un poste de madera que apenas sintió el ardor en el hombro. A sus pies, sus cazadores estaban apilando toda la leña seca que les quedaba para pasar el invierno.
Una figura ataviada en ropas oscuras se adelantó y habló con voz de trueno:
-Tabitha Firestone – dijo, con desprecio en sus pequeños ojos negros – Se te encuentra culpable de brujería. Y se te condena a morir en la hoguera.
Tabitha esbozó una sonrisa amarga.
-¿Quemar al Fénix? – preguntó. Su cinismo no dejó traslucir el miedo, ni el sufrimiento que sentía – No es muy inteligente de su parte, reverendo Carey…
-Tus palabras diabólicas no harán mella en mí – afirmó el hombre santo – Hemos de borrar tu maldita existencia en el nombre de Dios, ¡como borramos la existencia de todas tus compañeras!
Por un segundo, la bruja no creyó (no quiso creer) lo que el reverendo le decía. Luego, con un escalofrío que no venía ni del frío ni del temor por su vida, preguntó a media voz:
-¿Las asesinaste a todos? ¿Incluso a Nérida?
El rostro anguloso y lleno de líneas de expresión del pastor se contrajo en una mueca inescrutable, y él bajó la cabeza cubierta de canas.
-Ella se arrepintió de sus pecados – replicó con gravedad – Su alma fue salvada.
Tabitha lanzó un alarido rabioso y desgarrado que hizo retroceder a todos los presentes, excepto al Reverendo Carey.
-¡Salvada! – escupió la palabra con repulsa – ¡Ya lo creo que fue salvada! ¡Pero no por el Dios sin misericordia al que tú defiendes! ¡Ella regresó a la Tierra, a la Naturaleza, a nuestra Madre…!
-¡Basta! – rugió el pastor, y le arrancó una tea a uno de los presentes – ¡Arde en el infierno, bruja! – arrojó el fuego a los pies de Tabitha.
-¡No te preocupes, Carey! – gritó ella con la voz quebrada, mientras las llamas trepaban por la madera y por sus ropas – ¡Te guardaré un lugar!
Miró a la multitud, cuyos rostros familiares empezaron a hacerse borrosos. Trató de convencerse que las lágrimas eran por el humo y no por la traición.
-¡Escúchenme bien! – los invocó – ¡Yo no le temo al fuego! ¡Yo soy el Fénix, y de mis cenizas me alzaré! ¡Me alzaré para que todos ustedes recuerden lo que le hicieron a las Hijas de la Naturaleza! ¡Carey! ¡Que la muerte de tu hija pese sobre tu alma!
El fuego explotó, ahogando los gritos de la bruja.
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