jueves, 14 de marzo de 2013

Rusty James


Entre la bruma de invierno, el viejo Rusty James seguía parado en su esquina.

Johnny Sattler lo observó desde la esquina contraria, con una sonrisa triste entre los labios. Por supuesto que Rusty James seguía ahí. Estuvo ahí mucho antes de que a ninguno de ellos se le ocurriera levantar un instrumento, y seguiría allí, con sus ventanas turbias y sus luces de neón, cuando todas las glorias y penas de sus distinguidos clientes no fueran más que anécdotas a medio olvidar.

Sattler cruzó la calle neblinosa, y las puertas crujieron cómo dándole la bienvenida cuando las atravesó. “Sabíamos que volverías algún día, chico. Siéntate. Tómate un trago.”

Rusty James seguía en su sitio, pero sin duda alguna había conocido épocas mejores. Sattler recordaba todavía cuando él no era más que un mocoso de quince años que se colaba con sus amigos en las noches de concierto a través de la ventana que cerraba mal en el baño.

Las botellas detrás de la barra brillaban con orgullo, entonces y de las paredes colgaban cuadros e instrumentos, algunos de los cuales llevaban firmas de nombres ilustres o que habían acabado por ser ilustres con el tiempo. Los sábados a la noche, el lugar se llenaba hasta que parecía que no cabía un alma más, de chicos con camperas de cuero y chicas con medias de red rotosas, que se bebían alegremente sus problemas, cantando y bailando y sacudiendo sus cabezas teñidas de colores inverosímiles al ritmo de quienquiera que fuera la banda que ocupara el pequeño escenario a la derecha. Importaba poco si eran malos. Lo que importaba era que la música fuera lo suficientemente ruidosa para ahogar todo tipo de pensamientos.

Pero la noche que Johnny Sattler regresó a él, Rusty James estaba prácticamente vacío. Había un par de borrachos acurrucados, cada uno en su mesa, ocupándose de sus asuntos, y una cantinera con cara de aburrimiento supremo que le sirvió un whiskey amargo y luego siguió frotando un vaso que estaba seco hacía diez minutos.

No lo había reconocido.

Sattler tuvo ganas de echarse a reír como un maniático, tuvo ganas de sacudirla un poco y gritarle “¿No sabes quién soy? ¡Soy Jonhathan Sattler, por todos los demonios! ¡Mi banda ganó el Grammy dos veces! ¡Tengo tres discos de platino! ¡Tengo suficiente dinero para comprarme este mugroso lugar con todo su mugroso alcohol!”

Pero no lo hizo. Quizá tenía miedo que la chica lo tomara por loco y llamara a la policía. Quizá tenía aún más miedo que le dirigiera aquella misma mirada aburrida otra vez, y siguiera frotando aquel maldito vaso como quien oye llover. Quizá sabía que ninguno de esas cosas le importaría. Igual que no le importaban a Rusty James. El viejo bar había visto encenderse y apagarse estrellas cien veces más rutilantes que la de Sattler.

El Reverendo Plague había estado ahí una noche, oh, sí, y se había ofrecido a tocar con la banda de turno, cuyo baterista estaba en el baño vomitando su resaca. Sattler sospechaba que aquel había sido el momento álgido de la carrera de esa banda. Otra leyenda contaba que Kurt Cobain se había detenido ahí el verano antes de meterse una bala en el cráneo para aspirar una raya de heroína en aquella misma barra con infinitas manchas de vasos. Mick Jagger, su Majestad Satánica en persona, también había bendecido el bar con su presencia, para echar un trago y coquetear con la camarera.

Pero ahora todas esas personas estaban o bien muertas o demasiado deslucidas para hacer honor a su leyenda, y Rusty James estaba vacío y silencioso, y la única estrella de rock que titilaba en su interior era Johnny Sattler, rendido y melancólico, contemplando el fondo de su vaso de whiskey amargo recordando todavía las bandas que venían de gira a la ciudad preguntaban cuál era el mejor lugar para rockear, todos contestaban que era Rusty James.

Y lo había sido, sin duda. Lo era todavía cuando a Sattler y a su banda, con los dieciocho recién cumplidos, se les permitió subir al escenario y demostrar de lo que eran capaces. Lo era cuando un productor de una discográfica importante se dejó caer por ahí y les hizo la oferta más jugosa que ninguno de ellos había sido capaz de soñar. Lo era aún cuando habían cargado sus instrumentos y se habían largado en una van maltrecha a perseguir el sol en la Costa Oeste.

-Otro – le pidió Johnny Sattler a la cantinera, y ella no solamente le rellenó el vaso, sino que, prediciendo correctamente que ese estaba lejos de ser el último trago que le pediría, le dejó la botella de Bourbon a mano.

-¿Te has vuelto demasiado sofisticado para la cerveza? – preguntó una voz a su lado.

Sattler se dio vuelta con un sobresalto. Él conocía esa voz. También conocía la boca de la que había pasado esa voz, y los grandes ojos azules que lo observaban con sorna desde el asiento contiguo.

-Tommy – dijo, y Tommy le sonrió entre su poblada barba dorada.

-Ha pasado mucho tiempo, Johnny – comentó, bebiéndose su cerveza directamente del pico de la botella – Te ves como la mierda.

Sattler no podía decir lo mismo de Tommy. Su rostro estaba tan animado como siempre, enmarcado por los largos mechones de la melena rubia que antaño habían vuelto locas a las groupies cuando la agitaba mientras aporreaba la batería como si se le fuera la vida en ello. Seguía usando pantalones rotosos, y aquella chaqueta de cuero que recordaba haberle visto puesta desde que los dos tenían diecisiete. No había ojeras debajo de sus ojos, ni arrugas de preocupación alrededor de su boca. Tommy se veía, en resumen, como si no hubiera pasado un solo día.

-¿Qué haces aquí, Tommy? – preguntó Sattler, observando a su antiguo compañero de banda de hito en hito.

-¿Por qué no iba a estar aquí? – preguntó Tommy a su vez – Una vez te dije que el Rusty James era mi lugar favorito de todo el mundo. Aquí nos conocimos, ¿te acuerdas?

A Sattler no se le ocurrió nada que responder a esa, así que solamente se bebió su tragó de golpe.

-Ve con cuidado – le recomendó Tommy. El sonsonete burlón de su voz también era tal cual Sattler lo recordaba – A la señora no le gustará que vuelvas ebrio a casa.

-A la señora no le importa si vuelvo a casa o no – contestó Sattler con amargura.

La sonrisa de Tommy se descompuso un poco.

-Diablos, Johnny, ¿qué hiciste? – quiso saber – ¿Perdiste la cabeza por una rubia pechugona?

Sattler se sirvió hasta que el vaso estuvo a punto de desbordar y no dijo nada. Tal vez si lo ignoraba, su antiguo baterista entendería que no quería hablar con nadie en ese preciso momento.

-¿Sabes? Siempre supe que alguno de ustedes iba a acabar así – continuó Tommy, recobrando la sonrisa – Sospechaba de Arttie, en realidad. Siempre tuvo la cabeza en otro lado.

Sattler hizo un sonido que tanto podría haber sido un gruñido como una carcajada reprimida, lo que pareció darle ánimos a Tommy para preguntar:

-¿Y qué hace un tipo tan rico y famoso como Johnny Sattler ahogando sus penas en un bar abandonado de la mano de Dios? ¿No pudiste llamar a tu rubia pechugona e irte a un hotel elegante, a beber tus tragos elegantes?

Sattler sabía que debía estar enojado con Tommy, que las cosas entre ellos habían acabado de la manera más desastrosa, pero no podía recordar precisamente por qué. El Bourbon estaba haciendo efecto, borrando de su mente todo lo que le era demasiado doloroso recordar.

-Los hoteles elegantes son campo fértil para los paparazzi – contestó, molesto – Revoloteando por ahí como buitres para robar un poco de lo que queda de uno.

-Y de ti no queda mucho – observó Tommy.

-No. No mucho, no – aceptó Sattler, con tristeza. Luego, admitió con un suspiro – Y era una pelirroja pechugona.

Tommy echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada de buena gana, de esas carcajadas que eran como rugidos, de esas que solía lanzar después de un concierto especialmente bueno.  Sattler no recordaba cuándo había sido la última vez que escuchaba una de esas carcajadas. Años, tal vez.

Pero de nuevo, algo no estaba del todo correcto. Antes de darse cuenta, Sattler estaba diciendo:

-No deberías estar aquí, Tommy.

-¿Por qué no? – contestó Tommy – ¿Dónde más iba a estar?

Sattler lo pensó un momento, pero no se le ocurrió una respuesta. No supo si era por el Bourbon o porque simplemente no quería pensar en una.

-Oh, tío, ¿pero por qué hiciste eso? – inquirió Tommy a continuación, todo rastro de humor o de jovialidad perdidos en su tono – Emily te ama. Tienen tatuajes gemelos, por la mierda.

-No lo hubiera hecho, Tommy – se defendió Sattler – Sabes que no lo hubiera hecho de no haber estado tan…

La palabra se le quedó atascada en el paladar. Decirle en voz alta habría sido humillante, habría sido admitir su fracaso delante de Tommy. Así que en cambio se calló, y se tomó orgullosamente su trago. Tommy entendió de todas maneras.

-Desesperado – dijo, con una seriedad impropia – Estabas desesperado.

Sattler se volvió a llenar el vaso. Ahora que Tommy lo había adivinado, en realidad no parecía ni la mitad de ridículo o degradante.

-¿Sabes lo que me dijo Arttie? – preguntó – Dijo que estaba perdiendo mi estilo. Dijo que los dedos se me estaban poniendo demasiado rígidos. Dijo que ya no “contribuía creativamente” a la banda. Quiero decir, ¿qué diablos significa eso?

-Quiere decir que Arttie es una diva – contestó Tommy, con un encogimiento de hombros, como si eso lo explicara todo – Siempre lo fue ¿Te sorprende?

-No. No realmente – reconoció Sattler – Pero nunca hubiera creído que iba a amenazar con echarme de la banda.

Tommy asintió, con gesto grave.

-Y entonces fuiste y te tiraste a la pelirroja – adivinó – Porque esa noche Arttie te dijo que te iban a despedir.

-Fue muy estúpido – asintió Sattler – Y fue más estúpido dejar que sacara fotos.

Por un momento, pensó que Tommy iba a reírse de nuevo, pero el antiguo baterista se limitó a poner cara de circunstancia.

-Oh, tío – repitió.

-La banda era mi vida, Tommy – dijo Sattler – Igual que lo era para ti. Emily y la banda. No había nada más, y me cagué en ambas.

-Lo entiendo, Johnny – aseguró Tommy, con una palmada de consuelo – Entiendo lo que es que tu vida se sienta como un choque de trenes – con cuidado, se levantó las mangas de la chaqueta – ¿Por qué crees que comencé a usar?

Sattler observó los pinchazos en relieve en el interior de los codos del baterista.

-No sabía que te hacíamos tan miserable – se disculpó, profundamente impresionado – Pensamos que estabas siendo un egoísta. Y entonces pasó aquello…

-Eso ya no importa – carraspeó Tommy, y Sattler cerró la boca.

Por un momento, se quedaron en silencio. Por el rabillo del ojo, Sattler comprobó que estaban solos. Los borrachos solitarios se habían ido, e incluso la cantinera aburrida había desaparecido en la parte de atrás del bar. Notó también, por primera vez, que alguien había sacado aquel frágil escenario donde habían actuado tantas veces, y de pronto Rusty James le pareció más viejo y decadente que nunca. La botella de Bourbon ya iba por la mitad, y Sattler se sentía tristemente sobrio todavía.

-¿Qué nos pasó, Tommy? – preguntó Sattler – Parece que fuera ayer que éramos unos críos que no distinguían ni de qué lado ponerse la guitarra. No éramos una banda, éramos una pandilla. Éramos amigos. ¿Qué ocurrió?

-Grabamos un disco – contestó Tommy – Y nos fuimos de gira. Y luego lo hicimos otra vez. Y otra vez. Retirar, repetir. Y antes de saberlo…

-Pasaron quince años – asintió Sattler – Y estábamos cansados y hartos. Entonces éramos desconocidos, compañeros de trabajo, no la pandilla de siempre.

Tommy volvió a darle un trago a su cerveza, que parecía no acabarse nunca, a diferencia del Bourbon.

-Para mí nunca dejaron de serlo – declaró con solemnidad – Nunca dejaron de ser la vieja pandilla.

Sattler pensó que aquello tenía sentido, de una manera retorcida que no lograba comprender del todo. Al fin y al cabo, Tommy se había ido antes de que todo empezara a caerse a pedazos. Quizá todo empezara a irse al demonio porque Tommy se había ido.

Sattler trató de recoger la botella para servirse otro trago, pero le temblaba la mano, y el Bourbon se le resbaló y cayó sobre la barra con estrépito. El líquido espeso, oscuro, avanzó por la madera lentamente, dibujando una mancha deforme que empezó a gotear al suelo. Por un momento, Sattler pensó que la cantinera saldría y lo maldeciría, pero Rusty James permaneció tan tranquilo y silencioso como lo había estado antes del ruido.

Luego, una idea macabra se le cruzó por la cabeza. La mancha que estaba sobre la barra no era whiskey. Era demasiado rojo, demasiado espeso para ser whiskey. Sattler se la quedó mirando un momento desconcertado, tratando de pensar, tratando de entender…

Lentamente, alzó la cabeza hacia su viejo compañero de banda. Su viejo amigo.

-¿Por qué estás aquí, Tommy? – preguntó otra vez, a media voz.

Los ojos azules de Tommy parecían casi negros cuando se volvió hacia él.

-¿No lo sabes, Johnny?

Sattler miró de nuevo la mancha, más roja y espesa que nunca. Esparcidos por toda la barra, estaban los vidrios rotos de la botella, que no eran vidrios en realidad. Eran pedacitos de un espejo, dispersos por el lavabo y el suelo de un baño, un baño en un hotel que estaba lejos de casa, lejos del Rusty James.

-No estoy realmente aquí, ¿verdad? – adivinó Sattler – Ni tampoco lo estás tú.

Tommy dejó la cerveza a un lado con mucha lentitud.

-Me ofrecí a venir a buscarte – confesó – Supuse que querrías un amigo.

Sattler asintió en silencio. Con cuidado, se levantó un poco la remera y observó los largos cortes en sus brazos.

-Es una buena manera de partir – lo animó Tommy, palmeándole la espalda – Sangrienta. Desastrosa. Legendaria. Como una estrella de rock debería. En cualquier caso, es mejor que sufrir una patética sobredosis.

A pesar de todo, Sattler sonrió.

-¿Y qué pasa ahora? – preguntó.

-Ahora vienes conmigo – dijo Tommy, bajándose de su asiento y tendiéndole la mano.

Sattler se paró y trastabilló un poco con sus propios pies. Por suerte, Tommy estaba ahí para sostenerlo, para pasarle un brazo por los hombros y ayudarlo a llegar a la puerta.

-Espera – pidió Sattler – Sólo un momento.

Se dio la vuelta y volvió a mirar a Rusty James. Le pareció que ya no estaba tan lleno de polvo como antes, las mesas y sillas ya no parecían tan destartaladas. Por un momento, estuvo seguro que el viejo escenario había vuelto a su lugar, pero no podía asegurarlo: desde la puerta abierta, la niebla invernal empezaba a rodar dentro del bar e invadirlo por completo.

-¿Qué debería cantar? – le preguntó a Tommy – ¿”Highway to Hell” o “Stairway To Heaven”?

-No te puedo decir – contestó Tommy, con su sonrisa de siempre – Pero hay que ser optimistas, ¿no?

Desde su emplazamiento en aquella esquina taciturna, el viejo bar vio alejarse a dos hombres tambaleantes que cantaban a voz en cuello sobre una mujer que cree que todo lo que reluce es oro.

Cuando la bruma de invierno terminó de tragarse sus figuras, las luces de neón de Rusty James se apagaron.

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