Entre la bruma de invierno, el
viejo Rusty James seguía parado en su esquina.
Johnny Sattler lo observó
desde la esquina contraria, con una sonrisa triste entre los labios. Por supuesto que Rusty James seguía ahí.
Estuvo ahí mucho antes de que a ninguno de ellos se le ocurriera levantar un
instrumento, y seguiría allí, con sus ventanas turbias y sus luces de neón,
cuando todas las glorias y penas de sus distinguidos clientes no fueran más que
anécdotas a medio olvidar.
Sattler cruzó la calle
neblinosa, y las puertas crujieron cómo dándole la bienvenida cuando las
atravesó. “Sabíamos que volverías algún día, chico. Siéntate. Tómate un trago.”
Rusty James seguía en su
sitio, pero sin duda alguna había conocido épocas mejores. Sattler recordaba
todavía cuando él no era más que un mocoso de quince años que se colaba con sus
amigos en las noches de concierto a través de la ventana que cerraba mal en el
baño.
Las botellas detrás de la
barra brillaban con orgullo, entonces y de las paredes colgaban cuadros e
instrumentos, algunos de los cuales llevaban firmas de nombres ilustres o que
habían acabado por ser ilustres con el tiempo. Los sábados a la noche, el lugar
se llenaba hasta que parecía que no cabía un alma más, de chicos con camperas
de cuero y chicas con medias de red rotosas, que se bebían alegremente sus
problemas, cantando y bailando y sacudiendo sus cabezas teñidas de colores
inverosímiles al ritmo de quienquiera que fuera la banda que ocupara el pequeño
escenario a la derecha. Importaba poco si eran malos. Lo que importaba era que
la música fuera lo suficientemente ruidosa para ahogar todo tipo de
pensamientos.
Pero la noche que Johnny
Sattler regresó a él, Rusty James estaba prácticamente vacío. Había un par de
borrachos acurrucados, cada uno en su mesa, ocupándose de sus asuntos, y una
cantinera con cara de aburrimiento supremo que le sirvió un whiskey amargo y
luego siguió frotando un vaso que estaba seco hacía diez minutos.
No lo había reconocido.
Sattler tuvo ganas de echarse
a reír como un maniático, tuvo ganas de sacudirla un poco y gritarle “¿No sabes
quién soy? ¡Soy Jonhathan Sattler, por todos los demonios! ¡Mi banda ganó el
Grammy dos veces! ¡Tengo tres discos de platino! ¡Tengo suficiente dinero para
comprarme este mugroso lugar con todo su mugroso alcohol!”
Pero no lo hizo. Quizá tenía
miedo que la chica lo tomara por loco y llamara a la policía. Quizá tenía aún
más miedo que le dirigiera aquella misma mirada aburrida otra vez, y siguiera
frotando aquel maldito vaso como quien oye llover. Quizá sabía que ninguno de
esas cosas le importaría. Igual que no le importaban a Rusty James. El viejo
bar había visto encenderse y apagarse estrellas cien veces más rutilantes que
la de Sattler.
El Reverendo Plague había
estado ahí una noche, oh, sí, y se había ofrecido a tocar con la banda de
turno, cuyo baterista estaba en el baño vomitando su resaca. Sattler sospechaba
que aquel había sido el momento álgido de la carrera de esa banda. Otra leyenda
contaba que Kurt Cobain se había detenido ahí el verano antes de meterse una
bala en el cráneo para aspirar una raya de heroína en aquella misma barra con
infinitas manchas de vasos. Mick Jagger, su Majestad Satánica en persona, también
había bendecido el bar con su presencia, para echar un trago y coquetear con la
camarera.
Pero ahora todas esas personas
estaban o bien muertas o demasiado deslucidas para hacer honor a su leyenda, y
Rusty James estaba vacío y silencioso, y la única estrella de rock que titilaba
en su interior era Johnny Sattler, rendido y melancólico, contemplando el fondo
de su vaso de whiskey amargo recordando todavía las bandas que venían de gira a
la ciudad preguntaban cuál era el mejor lugar para rockear, todos contestaban
que era Rusty James.
Y lo había sido, sin duda. Lo
era todavía cuando a Sattler y a su banda, con los dieciocho recién cumplidos,
se les permitió subir al escenario y demostrar de lo que eran capaces. Lo era
cuando un productor de una discográfica importante se dejó caer por ahí y les
hizo la oferta más jugosa que ninguno de ellos había sido capaz de soñar. Lo
era aún cuando habían cargado sus instrumentos y se habían largado en una van
maltrecha a perseguir el sol en la Costa Oeste.
-Otro – le pidió Johnny
Sattler a la cantinera, y ella no solamente le rellenó el vaso, sino que,
prediciendo correctamente que ese estaba lejos de ser el último trago que le
pediría, le dejó la botella de Bourbon a mano.
-¿Te has vuelto demasiado
sofisticado para la cerveza? – preguntó una voz a su lado.
Sattler se dio vuelta con un
sobresalto. Él conocía esa voz. También conocía la boca de la que había pasado
esa voz, y los grandes ojos azules que lo observaban con sorna desde el asiento
contiguo.
-Tommy – dijo, y Tommy le
sonrió entre su poblada barba dorada.
-Ha pasado mucho tiempo,
Johnny – comentó, bebiéndose su cerveza directamente del pico de la botella –
Te ves como la mierda.
Sattler no podía decir lo
mismo de Tommy. Su rostro estaba tan animado como siempre, enmarcado por los
largos mechones de la melena rubia que antaño habían vuelto locas a las
groupies cuando la agitaba mientras aporreaba la batería como si se le fuera la
vida en ello. Seguía usando pantalones rotosos, y aquella chaqueta de cuero que
recordaba haberle visto puesta desde que los dos tenían diecisiete. No había
ojeras debajo de sus ojos, ni arrugas de preocupación alrededor de su boca.
Tommy se veía, en resumen, como si no hubiera pasado un solo día.
-¿Qué haces aquí, Tommy? –
preguntó Sattler, observando a su antiguo compañero de banda de hito en hito.
-¿Por qué no iba a estar aquí?
– preguntó Tommy a su vez – Una vez te dije que el Rusty James era mi lugar
favorito de todo el mundo. Aquí nos conocimos, ¿te acuerdas?
A Sattler no se le ocurrió
nada que responder a esa, así que solamente se bebió su tragó de golpe.
-Ve con cuidado – le recomendó
Tommy. El sonsonete burlón de su voz también era tal cual Sattler lo recordaba
– A la señora no le gustará que vuelvas ebrio a casa.
-A la señora no le importa si
vuelvo a casa o no – contestó Sattler con amargura.
La sonrisa de Tommy se
descompuso un poco.
-Diablos, Johnny, ¿qué
hiciste? – quiso saber – ¿Perdiste la cabeza por una rubia pechugona?
Sattler se sirvió hasta que el
vaso estuvo a punto de desbordar y no dijo nada. Tal vez si lo ignoraba, su
antiguo baterista entendería que no quería hablar con nadie en ese preciso
momento.
-¿Sabes? Siempre supe que
alguno de ustedes iba a acabar así – continuó Tommy, recobrando la sonrisa –
Sospechaba de Arttie, en realidad. Siempre tuvo la cabeza en otro lado.
Sattler hizo un sonido que
tanto podría haber sido un gruñido como una carcajada reprimida, lo que pareció
darle ánimos a Tommy para preguntar:
-¿Y qué hace un tipo tan rico
y famoso como Johnny Sattler ahogando sus penas en un bar abandonado de la mano
de Dios? ¿No pudiste llamar a tu rubia pechugona e irte a un hotel elegante, a
beber tus tragos elegantes?
Sattler sabía que debía estar
enojado con Tommy, que las cosas entre ellos habían acabado de la manera más
desastrosa, pero no podía recordar precisamente por qué. El Bourbon estaba
haciendo efecto, borrando de su mente todo lo que le era demasiado doloroso
recordar.
-Los hoteles elegantes son
campo fértil para los paparazzi – contestó, molesto – Revoloteando por ahí como
buitres para robar un poco de lo que queda de uno.
-Y de ti no queda mucho –
observó Tommy.
-No. No mucho, no – aceptó
Sattler, con tristeza. Luego, admitió con un suspiro – Y era una pelirroja
pechugona.
Tommy echó la cabeza hacia
atrás y soltó una carcajada de buena gana, de esas carcajadas que eran como
rugidos, de esas que solía lanzar después de un concierto especialmente
bueno. Sattler no recordaba cuándo había
sido la última vez que escuchaba una de esas carcajadas. Años, tal vez.
Pero de nuevo, algo no estaba
del todo correcto. Antes de darse cuenta, Sattler estaba diciendo:
-No deberías estar aquí, Tommy.
-¿Por qué no? – contestó Tommy
– ¿Dónde más iba a estar?
Sattler lo pensó un momento,
pero no se le ocurrió una respuesta. No supo si era por el Bourbon o porque
simplemente no quería pensar en una.
-Oh, tío, ¿pero por qué
hiciste eso? – inquirió Tommy a continuación, todo rastro de humor o de
jovialidad perdidos en su tono – Emily te ama. Tienen tatuajes gemelos, por la
mierda.
-No lo hubiera hecho, Tommy – se
defendió Sattler – Sabes que no lo hubiera hecho de no haber estado tan…
La palabra se le quedó
atascada en el paladar. Decirle en voz alta habría sido humillante, habría sido
admitir su fracaso delante de Tommy. Así que en cambio se calló, y se tomó
orgullosamente su trago. Tommy entendió de todas maneras.
-Desesperado – dijo, con una
seriedad impropia – Estabas desesperado.
Sattler se volvió a llenar el
vaso. Ahora que Tommy lo había adivinado, en realidad no parecía ni la mitad de
ridículo o degradante.
-¿Sabes lo que me dijo Arttie?
– preguntó – Dijo que estaba perdiendo mi estilo. Dijo que los dedos se me
estaban poniendo demasiado rígidos. Dijo que ya no “contribuía creativamente” a
la banda. Quiero decir, ¿qué diablos significa eso?
-Quiere decir que Arttie es
una diva – contestó Tommy, con un encogimiento de hombros, como si eso lo
explicara todo – Siempre lo fue ¿Te sorprende?
-No. No realmente – reconoció
Sattler – Pero nunca hubiera creído que iba a amenazar con echarme de la banda.
Tommy asintió, con gesto
grave.
-Y entonces fuiste y te
tiraste a la pelirroja – adivinó – Porque esa noche Arttie te dijo que te iban
a despedir.
-Fue muy estúpido – asintió
Sattler – Y fue más estúpido dejar que sacara fotos.
Por un momento, pensó que
Tommy iba a reírse de nuevo, pero el antiguo baterista se limitó a poner cara
de circunstancia.
-Oh, tío – repitió.
-La banda era mi vida, Tommy –
dijo Sattler – Igual que lo era para ti. Emily y la banda. No había nada más, y
me cagué en ambas.
-Lo entiendo, Johnny – aseguró
Tommy, con una palmada de consuelo – Entiendo lo que es que tu vida se sienta
como un choque de trenes – con cuidado, se levantó las mangas de la chaqueta –
¿Por qué crees que comencé a usar?
Sattler observó los pinchazos
en relieve en el interior de los codos del baterista.
-No sabía que te hacíamos tan
miserable – se disculpó, profundamente impresionado – Pensamos que estabas
siendo un egoísta. Y entonces pasó aquello…
-Eso ya no importa – carraspeó
Tommy, y Sattler cerró la boca.
Por un momento, se quedaron en
silencio. Por el rabillo del ojo, Sattler comprobó que estaban solos. Los
borrachos solitarios se habían ido, e incluso la cantinera aburrida había
desaparecido en la parte de atrás del bar. Notó también, por primera vez, que
alguien había sacado aquel frágil escenario donde habían actuado tantas veces,
y de pronto Rusty James le pareció más viejo y decadente que nunca. La botella
de Bourbon ya iba por la mitad, y Sattler se sentía tristemente sobrio todavía.
-¿Qué nos pasó, Tommy? –
preguntó Sattler – Parece que fuera ayer que éramos unos críos que no distinguían
ni de qué lado ponerse la guitarra. No éramos una banda, éramos una pandilla.
Éramos amigos. ¿Qué ocurrió?
-Grabamos un disco – contestó
Tommy – Y nos fuimos de gira. Y luego lo hicimos otra vez. Y otra vez. Retirar,
repetir. Y antes de saberlo…
-Pasaron quince años – asintió
Sattler – Y estábamos cansados y hartos. Entonces éramos desconocidos,
compañeros de trabajo, no la pandilla de siempre.
Tommy volvió a darle un trago
a su cerveza, que parecía no acabarse nunca, a diferencia del Bourbon.
-Para mí nunca dejaron de
serlo – declaró con solemnidad – Nunca dejaron de ser la vieja pandilla.
Sattler pensó que aquello
tenía sentido, de una manera retorcida que no lograba comprender del todo. Al
fin y al cabo, Tommy se había ido antes de que todo empezara a caerse a
pedazos. Quizá todo empezara a irse al demonio porque Tommy se había ido.
Sattler trató de recoger la
botella para servirse otro trago, pero le temblaba la mano, y el Bourbon se le
resbaló y cayó sobre la barra con estrépito. El líquido espeso, oscuro, avanzó
por la madera lentamente, dibujando una mancha deforme que empezó a gotear al
suelo. Por un momento, Sattler pensó que la cantinera saldría y lo maldeciría,
pero Rusty James permaneció tan tranquilo y silencioso como lo había estado
antes del ruido.
Luego, una idea macabra se le
cruzó por la cabeza. La mancha que estaba sobre la barra no era whiskey. Era
demasiado rojo, demasiado espeso para ser whiskey. Sattler se la quedó mirando
un momento desconcertado, tratando de pensar, tratando de entender…
Lentamente, alzó la cabeza
hacia su viejo compañero de banda. Su viejo amigo.
-¿Por qué estás aquí, Tommy? –
preguntó otra vez, a media voz.
Los ojos azules de Tommy
parecían casi negros cuando se volvió hacia él.
-¿No lo sabes, Johnny?
Sattler miró de nuevo la
mancha, más roja y espesa que nunca. Esparcidos por toda la barra, estaban los
vidrios rotos de la botella, que no eran vidrios en realidad. Eran pedacitos de
un espejo, dispersos por el lavabo y el suelo de un baño, un baño en un hotel
que estaba lejos de casa, lejos del Rusty James.
-No estoy realmente aquí,
¿verdad? – adivinó Sattler – Ni tampoco lo estás tú.
Tommy dejó la cerveza a un
lado con mucha lentitud.
-Me ofrecí a venir a buscarte
– confesó – Supuse que querrías un amigo.
Sattler asintió en silencio.
Con cuidado, se levantó un poco la remera y observó los largos cortes en sus
brazos.
-Es una buena manera de partir
– lo animó Tommy, palmeándole la espalda – Sangrienta. Desastrosa. Legendaria.
Como una estrella de rock debería. En cualquier caso, es mejor que sufrir una
patética sobredosis.
A pesar de todo, Sattler
sonrió.
-¿Y qué pasa ahora? –
preguntó.
-Ahora vienes conmigo – dijo
Tommy, bajándose de su asiento y tendiéndole la mano.
Sattler se paró y trastabilló
un poco con sus propios pies. Por suerte, Tommy estaba ahí para sostenerlo,
para pasarle un brazo por los hombros y ayudarlo a llegar a la puerta.
-Espera – pidió Sattler – Sólo
un momento.
Se dio la vuelta y volvió a
mirar a Rusty James. Le pareció que ya no estaba tan lleno de polvo como antes,
las mesas y sillas ya no parecían tan destartaladas. Por un momento, estuvo
seguro que el viejo escenario había vuelto a su lugar, pero no podía asegurarlo:
desde la puerta abierta, la niebla invernal empezaba a rodar dentro del bar e
invadirlo por completo.
-¿Qué debería cantar? – le
preguntó a Tommy – ¿”Highway to Hell” o “Stairway To Heaven”?
-No te puedo decir – contestó
Tommy, con su sonrisa de siempre – Pero hay que ser optimistas, ¿no?
Desde su emplazamiento en
aquella esquina taciturna, el viejo bar vio alejarse a dos hombres tambaleantes
que cantaban a voz en cuello sobre una mujer que cree que todo lo que reluce es
oro.
Cuando la bruma de invierno
terminó de tragarse sus figuras, las luces de neón de Rusty James se apagaron.
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