viernes, 22 de marzo de 2013

Palabras


Hay ciertas cosas sobre tener trece años y sentirse como si tuvieras cien que son dolorosamente inexplicables.

Hay ciertas cosas sobre tener trece años, y que tu abuelo se haya muerto, y que tus padres estén en medio de una separación particularmente sangrienta que son inexpresables.

Hay ciertas cosas sobre tener trece años, y sentirse sola, deprimida, sin rumbo y demasiado cerca del proverbial borde que simplemente no se pueden decir en voz alta.

Por eso, supongo, necesitaba un héroe. Porque yo, que había querido ser escritora desde que tengo uso de razón, me había quedado sin palabras.

Extrañamente, no lo encontré en otro artista, o en un profesor, o en un amigo. Lo encontré en una banda.

Recuerdo claramente que fue un 22 de febrero que encontré a mis héroes.


Era un cumpleaños familiar, con un montón de gente reunida, riendo, charlando, tan lejos de mí que podría haber estado a kilómetros de distancia. Estuve sentada en una silla en el rincón, mirándolos lanzar carcajadas demasiado estridentes hasta que tuve ganas de largarme a gritar, a gritar porque me dolía algo muy en el fondo, algo que no sabía definir, algo que me hacía sentir vacía y desesperada.

Así que huí de la reunión para separarme físicamente de esas personas que fingían estar cerca, y encendí el televisor para huir mentalmente de mi propio desasosiego.

Era la época dorada en que MTV todavía pasaba música, y daba la casualidad que estaban promocionando una banda nueva. Esa fue la primera vez que vi a My Chemical Romance.

No sé exactamente qué fue. No sé si fueron los colores (la combinación de negro y rojo me pareció chocante, por algún motivo), no sé si fue la iglesia (criada en un ambiente católico, era una deliciosa rebeldía que tocaran rock en una iglesia), no sé si fue la música (hasta ese momento, la única música que escuchaba era casi ruido de fondo). Puede haber sido el rostro doliente de Gerard Way, puede haber sido la coreografía tan bellamente ejecutada.

Lo que haya sido, fue como un misil dirigido directamente a mi cabeza. Antes de saberlo, las palabras que ese tipo raro y todo pálido estaba gritando casi en agonía se me habían grabado en el cerebro. Antes de saberlo, alguien había dicho por mí todas las cosas que yo no podía expresar.

Antes de saberlo, mi vida estaba salvada.

Los siguientes ochos años de mi vida (todos los años de mi vida) de alguna forma se desprenden de ese momento.

Me aprendí sus nombres: Gerard Way, el cantante, la voz de mi salvación, el artista, el hombre que vivió en directo el peor día en la historia de su país y quiso sacar algo positivo de ello. Mikey Way, su hermano, que me parecía excesivamente tímido y esmirriado y era casi un milagro que pudiera sostener un bajo. Ray Toro, humilde, callado, y en lo que a mí respecta, el guitarrista más talentoso que he escuchado. Frank Iero, esa bola de energía imparable, con sus tatuajes y su estatura diminuta. Bob Bryar, y su presencia reconfortante en el fondo, su batería marcando el ritmo de la banda.

Me compré su disco y su DVD. Me compré una remera negra con su logo, y traté de imitar su maquillaje (Mi prima me dijo siempre que parecía un panda). Me compré todas las revistas en las que salían sus nombres. En resumen, me convertí en una fan, con todo lo que eso implica.

Viviendo en una ciudad chiquita, en la que muy pocas personas dominan o se molesta en dominar el inglés, en la que la música bailable es ley y el querer sentarse a escuchar un CD se ve como una rareza, seguía estando sola. Pero no lo estuve por mucho.

A la única persona en mi vida a la que esta banda contribuyó a acercar más que a asustar y a mandarme al psicólogo, fue a mi prima Kat, que acabó siendo más como mi hermana. Ella me guió por el camino del rock, y juntas descubrimos muchas bandas maravillosas que todavía tengo sonando mientras escribo. Pero la base de todo fue MCR.

Por esa misma época, descubrí el Internet, y en algún lugar perdido entre muchas direcciones, encontré un foro que albergaba a un montón de gente que era como yo. Gente que quería hablar de sus canciones, de sus videos, de la posibilidad de que hicieran un concierto en la ciudad. Gente a la que he perdido con el tiempo, pero algunas de las cuales he tenido la suerte de conservar.

Benyi, por ejemplo, que siempre fue para mí el epítome del optimismo, que acabó siendo mi socia de negocios. Dan, con su malhumor perenne y su talento a regañadientes. Ale, que es como una hermana mayor para todas, y Pancho, su hermano, que es el hermano menor de todas. Caro y su humor ácido. Krad y su lujuria constante. Nino, que me grita y me impulsa a escribir cuando siento que no hay nadie que quiera leerme. Muchos otros nombres, muchos otras historias parecidas a la mía que fui recogiendo con el tiempo.

A ninguno, salvo a Benyi, los he visto en persona. Y sin embargo, para mí están más presentes que muchas personas de carne y hueso que existen en mi vida. Son más que mis amigos. Son mi familia, la que elegí yo.

MCR también me dio algo más, algo a lo que podré aferrarme siempre.

Escribir siempre ha sido inherente a mí. Siempre estuve creando historias, siempre estuve inventándome un mundo de fantasía. Cuando el fiasco de año de mis trece ocurrió, sentía, sin embargo, que no volvería a crear nada, que todo lo que escribiría a partir de ahora sería poco valioso, ilegible.

En el mismo foro en que encontré a mi familia, encontré una manera de vencer ese miedo. Escribí mi primer fan-fiction en una semana de inspiración eufórica, y por Dios, era malo, tan malo como puede ser un fan-fiction escrito por una fan de trece años. Pero lo escribí. Las palabras estaban ahí, las letras aparecían en mi pantalla por arte de magia, las páginas volaban debajo de mis dedos.

Pude hacerlo. Y cuando en el foro me dijeron que les gustaba (como solamente les podía gustar a otros fans de la misma edad), me di cuenta que podía hacerlo de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo. Podía escribir otra vez, podía encontrar el camino de vuelta a mi mundo de fantasía. Ya no era el mismo (nada es lo mismo cuando lo ha sacudido un terremoto), pero estaba ahí. Esperándome.

Y así, de a poco, fui volviendo al mundo.

Mi mamá odió a la banda desde el principio. Estaba convencida que era un culto diabólico que ponía en peligro mi alma, o eso me decía. Yo creo que los odiaba porque me impulsaban a ser algo que ella no quería que fuera: una persona independiente, fuerte, una persona capaz de contestarle a gritos, de mostrarse al mundo rota y deshecha, pero triunfante, orgullosa de su dolor. “Muerta por dentro, pero de pie. Como un árbol.”

Y creo que eso es lo más importante que MCR me dio. La capacidad de admitir que estaba herida, que no tenía por qué esconderlo.

El 22 de Febrero de 2007, (exactamente dos años después de conocerlos, casi como si me lo inventara yo en una de esas casualidades que sirven para darle simetría a la historia) los vi en concierto. Yo estaba a kilómetros del escenario, y ellos estaban agotados después de una gira mundial, y con un miembro de menos. Fue mi primer concierto de rock. Siempre recuerdas a quien te quitó la virginidad, por más agotado que hayan estado.

Tocaron “Helena” al terminar, y se fueron.

Yo salí con la intocable sensación de que, de alguna manera, iba a estar bien de allí en adelante.

El tiempo pasó. Los acusaron (como si mi mamá les hubiera dado la idea) de ser un culto suicida, y yo escribí una historia finamente velada donde los llevaba a juicio y los absolvía. Le dieron una patada en el culo a todo lo que habían sido antes, se crearon identidades secretas y yo escribí la historia de una chica que busca a su padre en el desierto. Echaron a Bob, y yo agregué un capítulo a ese fanfiction para explicar el por qué. Mikey engañó a su mujer, y yo escribí una historia corta casi perdonándolo.

Esa era mi relación con ellos. Algo importante pasaba, yo escribía ficción.

Hoy, 22 de marzo de 2013 (¡exactamente ocho años y un mes después de conocerlos!) acaban de anunciar, en una entrada de blog de cuatro míseras líneas, que se separan.

Y yo simplemente no puedo escudarme detrás de la ficción en esto.

Porque ellos fueron la inspiración que me sacó del pozo, ellos fueron el maestro que me dio ánimos para hacer lo que amo, ellos fueron el amigo que me dijo que no tenía por qué avergonzarme de tener trece años y estar triste.

Ellos me dieron las palabras que a mí me faltaban.

Y ahora ya no habrá más discos, ni más videos, ni más entrevistas, ni más esperanzas de un concierto algún día.

Y yo no puedo estar más asustada.

Entre toda la rabia, toda la negación, todas las lágrimas (sí, lloré, ¿para qué voy a ocultarlo?) estoy asustada.

Porque tengo grandes sueños y la esperanza de cumplirlos y me voy a lanzar a ellos de cabeza, pero es como si me hubieran quitado la red de seguridad en la que siempre podía caer: cuando todo lo demás fallaba, siempre me quedaba MCR.

Porque tengo veintiún años, pero aún soy de cierta forma esa chica de trece.

Y aún así, sé que esto no va a destruirme. Sé que no me va a separar de las personas maravillosas que conocí. Sé que no me volverán a faltar las palabras.

Estoy enojada con ellos, por la frialdad, por el desconcierto. Pero también estoy llena de gratitud. Hicieron algo por mí que nunca voy a poder terminar de agradecer.

Y voy a seguir adelante, porque eso es lo que me enseñaron a hacer.

Siempre, siempre, siempre.

XoXo.

Jo.

4 comentarios:

  1. *La abraza muy fuerte*
    Alguna vez te conté que cuando te "conoci" por el MCRSpain, crei que eras una chica más grande que yo?
    Que me daba miedo hablarte al principio, y Dan me dijo que me animara...
    Doy gracias a quien sea, a MCR a Dios o el Buda, doy simplemente gracias por conocerte y que seamos amigas. Valoro todo nuestro tiempo juntas virtual o fisicamente, todas las historias que compartimos, todos los personajes que salieron de dos mentes retorcidas... Y todo los que nos queda por delante!

    Te quiero mucho! <3

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    1. Creo que sí me lo habías contado.

      Grcias, Benyi. Sé que no te lo digo muy a menudo, pero te quiero muchísimo y me das ánimo de manera que nadie más puede.

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