La música sonaba alto, las bebidas y la hierba estaban
circulando, y lo más importante, todas las nenas de Westriver estaban
presentes, bailando, bebiendo y riendo con invitadora coquetería.
Bueno, la mayoría de ellas, de todos modos. Había tres en
un rincón que parecían sumamente confundidas, como si no entendieran del todo
como es que esto de las fiestas funcionaba. Dos parecían completamente
normales, y la tercera llevaba un collar de pinchos y tanto delineador que
parecía un mapache. Con esa pinta, Ronnie no se imaginaba a nadie tocándola ni
con un palo, y quizá las otras dos se quedaban cerca de ella para evitar que
alguno de los chicos se les acercara. Aunque él ni se molestaría. Todo en ellas
gritaba “vírgenes”, y Ronnie no estaba buscando ninguna maldita virgen.
No, él estaba a la caza de algo mucho más jugosos.
Tiffany Cleveland había cortado con él hacía dos días, y él todavía no se había
acostado con ninguna de sus amigas. Eso tenía que cambiar, y tenía que cambiar
de inmediato. Ninguna nena dejaba a Ronnie Walkers así como así cuando había
toda una fila de otras nenas que querrían salir con él. Demonios, quizá incluso
podría conseguir a la chica-mapache si se aplicaba a ello, pero eso no tendría
exactamente el efecto que estaba buscando. Además, era demasiado trabajo.
No, él necesitaba alguien más cercano a Tiffany,
alguien fácil, alguien de su círculo íntimo, alguien que sirviera para
humillarla y hacerle llegar el mensaje alto y claro: “Esto es lo que te
perdiste, perra.”
¿Y qué mejor manera de conseguir que tirar la casa por la
ventana en la mejor fiesta de toda la ciudad, la última fiesta del verano antes
del comienzo de clases? Estaba garantizado que todo el que se preciara de algo
en Westriver iba a estar ahí. Ronnie corrió el riesgo de que le cayeran raritos
como la chica-mapache poniendo el status de la fiesta como “público” en
Facebook, sólo para ver cuántas de las amigas de Tiffany aparecían por ahí.
Y no estaba decepcionado. Al menos seis o siete chicas
del equipo de animadoras estaban ahí, incluyendo a Nita Parks, que llevaba
varios minutos haciéndole ojitos desde el otro lado del cuarto. Para ser
precisos, la tipa le había estado haciendo ojitos desde que él salía con
Tiffany, y Ronnie no conseguía entender como las dos habían seguido siendo cercanas
a pesar de que la “supuesta” amiga de su novia estaba tan obviamente dispuesta
a tirársele encima. Pero, bueno… mujeres.
Esta noche, el deseo de Nita Parks iba a cumplirse.
Ronnie se bajó el último trago de cerveza que le quedaba
en el vaso, y avanzó hacia donde Nita estaba parada. La tomó de la mano y la
guió hasta el centro de la sala, de la que él y sus amigos habían corrido los
sillones para improvisar una pista de baile más temprano.
Nita llevaba pintalabios rojo y el pelo rubio oscuro
suelto sobre la espalda. La blusa le quedaba apretaba alrededor de los pechos,
haciendo que se vieran más grandes de lo que en realidad eran. En realidad,
Nita no era fea. Un poco ancha en la zona de las caderas para el gusto de
Ronnie, pero tenía piernas matadoras asomando debajo de la minifalda, piernas
que estaba moviendo de manera muy sugerente mientras se movían por la pista, y
ella bailaba furiosamente.
Ronnie observó con satisfacción que muchas personas los
miraban y cuchicheaban entre ellos. Sonrió, satisfecho. Mientras más público,
mejor. Más iniquidad para Tiffany.
Sacudió un poco los brazos, sin demasiado ánimo. Ronnie
no era un muy buen bailarín. No en ese tipo de baile, al menos. Además, el
alcohol se le había subido un poco a la cabeza, y estaba afectando su
coordinación. Maldita sea. Lo mejor sería que acabara con ese asunto antes de
que le entraran ganas de mear.
Se inclinó hacia Nita y le susurró un par de palabras
bien escogidas al oído. Nita soltó unas risitas estúpidas que él entendió como
un asentimiento, y enlazó la mano con la suya. Ostentosamente, para que nadie
se lo perdiera, Ronnie la guió hacia la puerta que daba al jardín trasero,
donde tendrían un poco de privacidad debajo del arco que formaba el alero del
techo del garaje. Estaba oscuro, y era poco probable que alguien los viera. En
realidad, si por él fuera, se la hubiera cogido ahí enfrente de todos, pero
seguro ella querría más privacidad. Pff, mujeres.
Antes de salir, Ronnie alcanzó a intercambiar una mirada
con Malcolm Wheeler, uno de sus amigos del equipo. Malcolm vio su mano entrelazada
con la de Nita, y le hizo un gesto ganador con los dos pulgares hacia arriba.
Malcolm era un bocazas, así que para cuando la noche acabara, todos los
presentes que no los habían visto en la pista de baile sabrían de su hazaña.
El jardín estaba oscuro, y el ruido de la fiesta quedó
amortiguado ni bien cerraron la puerta detrás de ellos. La noche estaba cálida
y despejada, Ronnie no podría haber pedido un mejor ambiente. Murmuró alguna
estupidez sobre las estrellas sin ser muy consciente de ellos, y Nita se volvió
a reír, con esa risa tonta y estridente que indicaba que ella también había
tenido su buena ración de cervezas. Mejor así. Las nenas sobrias siempre eran
más dramáticas.
Llevó a Nita hacia la pared debajo del saliente y ella
apoyó su espalda contra la pared blanca. Hasta ahí todo bien. Ronnie le
envolvió las caderas con los brazos y se inclinó para besarla. El pintalabios
de Nita tenía sabor a frutilla, un gustillo delicioso que se mezcló con el resabio
de la cerveza y lo excitó. Nita le respondió el beso de manera entusiasta, con
los brazos alrededor del cuello, con su lengua acariciando su boca, y eso lo
excitó todavía más. Se felicitó a sí mismo por haber escogido bien.
Apretó su cuerpo contra el de ella, sintiendo todas sus
curvas encajar deliciosamente con las suyas. Nita se apartó un segundo para
tomar aire y soltar otra risita, pero Ronnie la volvió a besar de inmediato. Si
no dejaba de reírse, no respondía de sus acciones. Ella se apretó aún más
contra él, y él, y muy sutilmente, como si tratara de atrapar a un animalillo
asustado, subió una mano, buscando por los botones de la blusa de ella, esa
blusa tan apretada diseñada para volver locos a los que la vieran.
Y entonces fue cuando a Ronnie Walkers se le empezó a
acabar la suerte.
Nita tomó los dedos que había conseguido hacer llegar
hacia los botones, y lo obligó a bajarlos hasta donde estaban antes, en ese
espacio neutral de su espalda que no eran ni sus tetas ni su trasero. Ronnie se
lo tomó como un juego previo, una resistencia de último momento que había que
vencer. “Nunca te desanimes cuando estás a punto de anotar,” solía decir el
entrenador Blackburn, y maldita sea, Ronnie no era de los que se rendían.
Probó con otra táctica: en vez de subir, bajó. Bajó la
mano para asir la nalga derecha de Nita por debajo de la falda, al mismo tiempo
que empezaba a besarla en el cuello. Eso pudo haber sido un error, porque le
dejó la boca libre para decir:
-Ronnie, para.
Ronnie la ignoró. Ella estaba teniendo dudas de último
segundo, pero él estaba tan cerca de anotar que podía saborearlo, así que
simplemente la ignoró, y oprimió los dedos contra la carne suave de Nita, al
mismo tiempo que seguía trazando un camino por su cuello, cada vez más cerca de
su hombro.
-¡Para, Ronnie! – volvió a decir ella, con más firmeza
esta vez, y Ronnie sintió las palmas de sus manos apoyadas en su pecho al mismo
tiempo que trataba inútilmente de empujarlo.
-Oh, por favor – dijo Ronnie, en un tono que sonó más
burlón de lo que le hubiera convenido, y trató de volver a besarla – Sabes que
lo quieres…
-No puedo hacerle esto a Tiffany – argumentó Nita.
Estaba arrastrando las palabras, así que el nombre de su
amiga sonó extrañamente alargado “Tiiifffanyyy.” Ronnie sintió que le subían
los colores a la cara, y algo más también: un mareo familiar y un apretujón en
el estómago que indicaban que todo lo que había bebido esa noche estaba a punto
de pasarle factura. Mierda.
-Ella es una perra – dijo, encogiéndose de hombros y
tratando de volver a la posición en que estaba antes – Ella no tiene nada que
ver con esto…
-No, Ronnie, basta – pidió Nita, evitando que él volviera
a envolverla en un abrazo – No quiero… no quiero hacer esto.
-Oh, vamos – insistió Ronnie, aunque su voz sonó algo más
apurada. Las náuseas se sentían más fuertes ahora, y si le vomitaba encima,
habría arruinado por completo cualquier oportunidad que le quedara.
Trató de volver a besarla, pero ella lo empujó con fuerza
al mismo tiempo que gritaba:
-¡Dije que no!
Ronnie trastabilló, y la noche dio vueltas sobre su
cabeza patéticamente. Nita ya había enfilado de vuelta a la casa, y de hecho,
el portazo que dio cuando cruzó la puerta resonó dolorosamente en la cabeza
revuelta de Ronnie, que se quedó un minuto parado donde estaba, tratando de
volver a ubicarse.
Cuando finalmente lo consiguió, su primer sentimiento fue
de rabia ¡Qué se creía, aquella puta! ¡Jugueteando con él de esa manera! Si él
no hubiera estado tan mareado, ella no habría conseguido quitárselo de encima
fácilmente. No, señor, esa historia hubiera terminado de manera muy diferente.
Pero en fin, ya se iba a enterar. Ella y Tiffany eran dos de la misma calaña, y
él ya estaba harto de todas esas calientapollas.
Quiso dar un paso adelante, pero entonces el suelo se le
vino encima, y Ronnie Walkers, capitán del equipo de fútbol de Westriver, hijo
de uno de los hombres más influyentes de la ciudad, y macho orgulloso de su
capacidad para consumir cervezas en grandes cantidades, cayó al pasto húmedo, despatarrado
y confundido, y con esa caída se le acabó el poco de dignidad que le quedaba
esa noche.
Despotricando contra todo y contra todos (y en especial
contra Tiffany Cleveland y Nita Parks, como si el que él hubiera bebido
demasiado esa noche fuera de alguna manera su culpa), intentó incorporarse, pero
entonces lo acometió la primera oleada de arcadas y tuvo que arquearse sobre sí
mismo y dejar salir todo el contenido de su estómago de manera violenta y
ruidosa.
Fue una suerte (o eso creyó él) que nadie se asomara a la
ventana en ese preciso momento, o lo habría visto de la peor manera posible: a
cuatro patas en el jardín trasero de sus padres, devolviendo hasta la primera
papilla después de haber sido rechazado por una nena. Su reputación, al menos,
saldría intacta de aquel trance.
En cuanto a otras cosas, bien… Ronnie era demasiado
engreído como para considerarlas.
El olor del vómito le llenó las fosas nasales, invasivo,
asqueroso. Su boca estaba reseca y con un regusto agrio, y una fina película de
sudor frío le había empezado a bañar la frente. Ronnie amagó ponerse de pie,
pero le temblaban las rodillas, y poco le faltó para caerse de cara en el producto
de su propio estómago, lo cual habría sido aún más desastroso.
Gateó un poco, quizá en busca de un agarradero, pero en
cambio se topó con un par de piernas, un par de piernas enfundadas en un traje
oscuro. Ronnie levantó la cabeza, y vio que las piernas pertenecían a un tipo,
un sujeto alto y de piel pálida. No pudo ver bien su rostro, pero estaba
bastante seguro que no lo conocía.
Eso no le llamó la atención, al fin y al cabo, muchas
personas que no conocía habían ido a la fiesta. Quizá se sorprendió un poco,
porque ese tipo parecía demasiado mayor para el grupo de adolescentes que
estaba allí esa noche, pero Ronnie estaba mareado e irritado, y no lo pensó
demasiado.
-Tío – pidió con lo que le quedaba de voz – ¿Una mano? –
dijo, estirando el brazo hacia él.
El sujeto lo miró con algo parecido al desprecio por un momento.
Luego, con mucha lentitud, sacó una de las manos que tenía escondida en el
bolsillo, y sus dedos largos y finos rozaron la palma sudorosa de Ronnie.
Un segundo antes de que el desconocido lo aferrara por la
muñeca, una parte del cerebro embotado de Ronnie le indicó que había algo andaba
mal. Algo en los ojos del tipo, quizá algo en su forma de moverse, quizá la
frialdad molesta de su piel. Pero entonces, ya era demasiado tarde.
A Ronnie Walkers se le había acabado la suerte.
Excelente prologo!! :D
ResponderEliminarEspero por mas!
Y ahora me voy a ver la vida en rayas!
Ronnie Walkers me sonó a Johnnie Walker, el whiskey... Pero mola, quiero más
ResponderEliminarK.