martes, 19 de marzo de 2013

El Robacuerpos - Prólogo

Ronnie Walkers estaba de suerte.


La música sonaba alto, las bebidas y la hierba estaban circulando, y lo más importante, todas las nenas de Westriver estaban presentes, bailando, bebiendo y riendo con invitadora coquetería.

Bueno, la mayoría de ellas, de todos modos. Había tres en un rincón que parecían sumamente confundidas, como si no entendieran del todo como es que esto de las fiestas funcionaba. Dos parecían completamente normales, y la tercera llevaba un collar de pinchos y tanto delineador que parecía un mapache. Con esa pinta, Ronnie no se imaginaba a nadie tocándola ni con un palo, y quizá las otras dos se quedaban cerca de ella para evitar que alguno de los chicos se les acercara. Aunque él ni se molestaría. Todo en ellas gritaba “vírgenes”, y Ronnie no estaba buscando ninguna maldita virgen.

No, él estaba a la caza de algo mucho más jugosos. Tiffany Cleveland había cortado con él hacía dos días, y él todavía no se había acostado con ninguna de sus amigas. Eso tenía que cambiar, y tenía que cambiar de inmediato. Ninguna nena dejaba a Ronnie Walkers así como así cuando había toda una fila de otras nenas que querrían salir con él. Demonios, quizá incluso podría conseguir a la chica-mapache si se aplicaba a ello, pero eso no tendría exactamente el efecto que estaba buscando. Además, era demasiado trabajo.

No, él necesitaba alguien más cercano a Tiffany, alguien fácil, alguien de su círculo íntimo, alguien que sirviera para humillarla y hacerle llegar el mensaje alto y claro: “Esto es lo que te perdiste, perra.”

¿Y qué mejor manera de conseguir que tirar la casa por la ventana en la mejor fiesta de toda la ciudad, la última fiesta del verano antes del comienzo de clases? Estaba garantizado que todo el que se preciara de algo en Westriver iba a estar ahí. Ronnie corrió el riesgo de que le cayeran raritos como la chica-mapache poniendo el status de la fiesta como “público” en Facebook, sólo para ver cuántas de las amigas de Tiffany aparecían por ahí.

Y no estaba decepcionado. Al menos seis o siete chicas del equipo de animadoras estaban ahí, incluyendo a Nita Parks, que llevaba varios minutos haciéndole ojitos desde el otro lado del cuarto. Para ser precisos, la tipa le había estado haciendo ojitos desde que él salía con Tiffany, y Ronnie no conseguía entender como las dos habían seguido siendo cercanas a pesar de que la “supuesta” amiga de su novia estaba tan obviamente dispuesta a tirársele encima. Pero, bueno… mujeres.

Esta noche, el deseo de Nita Parks iba a cumplirse.

Ronnie se bajó el último trago de cerveza que le quedaba en el vaso, y avanzó hacia donde Nita estaba parada. La tomó de la mano y la guió hasta el centro de la sala, de la que él y sus amigos habían corrido los sillones para improvisar una pista de baile más temprano.

Nita llevaba pintalabios rojo y el pelo rubio oscuro suelto sobre la espalda. La blusa le quedaba apretaba alrededor de los pechos, haciendo que se vieran más grandes de lo que en realidad eran. En realidad, Nita no era fea. Un poco ancha en la zona de las caderas para el gusto de Ronnie, pero tenía piernas matadoras asomando debajo de la minifalda, piernas que estaba moviendo de manera muy sugerente mientras se movían por la pista, y ella bailaba furiosamente.

Ronnie observó con satisfacción que muchas personas los miraban y cuchicheaban entre ellos. Sonrió, satisfecho. Mientras más público, mejor. Más iniquidad para Tiffany.

Sacudió un poco los brazos, sin demasiado ánimo. Ronnie no era un muy buen bailarín. No en ese tipo de baile, al menos. Además, el alcohol se le había subido un poco a la cabeza, y estaba afectando su coordinación. Maldita sea. Lo mejor sería que acabara con ese asunto antes de que le entraran ganas de mear.

Se inclinó hacia Nita y le susurró un par de palabras bien escogidas al oído. Nita soltó unas risitas estúpidas que él entendió como un asentimiento, y enlazó la mano con la suya. Ostentosamente, para que nadie se lo perdiera, Ronnie la guió hacia la puerta que daba al jardín trasero, donde tendrían un poco de privacidad debajo del arco que formaba el alero del techo del garaje. Estaba oscuro, y era poco probable que alguien los viera. En realidad, si por él fuera, se la hubiera cogido ahí enfrente de todos, pero seguro ella querría más privacidad. Pff, mujeres.

Antes de salir, Ronnie alcanzó a intercambiar una mirada con Malcolm Wheeler, uno de sus amigos del equipo. Malcolm vio su mano entrelazada con la de Nita, y le hizo un gesto ganador con los dos pulgares hacia arriba. Malcolm era un bocazas, así que para cuando la noche acabara, todos los presentes que no los habían visto en la pista de baile sabrían de su hazaña.

El jardín estaba oscuro, y el ruido de la fiesta quedó amortiguado ni bien cerraron la puerta detrás de ellos. La noche estaba cálida y despejada, Ronnie no podría haber pedido un mejor ambiente. Murmuró alguna estupidez sobre las estrellas sin ser muy consciente de ellos, y Nita se volvió a reír, con esa risa tonta y estridente que indicaba que ella también había tenido su buena ración de cervezas. Mejor así. Las nenas sobrias siempre eran más dramáticas.

Llevó a Nita hacia la pared debajo del saliente y ella apoyó su espalda contra la pared blanca. Hasta ahí todo bien. Ronnie le envolvió las caderas con los brazos y se inclinó para besarla. El pintalabios de Nita tenía sabor a frutilla, un gustillo delicioso que se mezcló con el resabio de la cerveza y lo excitó. Nita le respondió el beso de manera entusiasta, con los brazos alrededor del cuello, con su lengua acariciando su boca, y eso lo excitó todavía más. Se felicitó a sí mismo por haber escogido bien.

Apretó su cuerpo contra el de ella, sintiendo todas sus curvas encajar deliciosamente con las suyas. Nita se apartó un segundo para tomar aire y soltar otra risita, pero Ronnie la volvió a besar de inmediato. Si no dejaba de reírse, no respondía de sus acciones. Ella se apretó aún más contra él, y él, y muy sutilmente, como si tratara de atrapar a un animalillo asustado, subió una mano, buscando por los botones de la blusa de ella, esa blusa tan apretada diseñada para volver locos a los que la vieran.

Y entonces fue cuando a Ronnie Walkers se le empezó a acabar la suerte.

Nita tomó los dedos que había conseguido hacer llegar hacia los botones, y lo obligó a bajarlos hasta donde estaban antes, en ese espacio neutral de su espalda que no eran ni sus tetas ni su trasero. Ronnie se lo tomó como un juego previo, una resistencia de último momento que había que vencer. “Nunca te desanimes cuando estás a punto de anotar,” solía decir el entrenador Blackburn, y maldita sea, Ronnie no era de los que se rendían.

Probó con otra táctica: en vez de subir, bajó. Bajó la mano para asir la nalga derecha de Nita por debajo de la falda, al mismo tiempo que empezaba a besarla en el cuello. Eso pudo haber sido un error, porque le dejó la boca libre para decir:

-Ronnie, para.

Ronnie la ignoró. Ella estaba teniendo dudas de último segundo, pero él estaba tan cerca de anotar que podía saborearlo, así que simplemente la ignoró, y oprimió los dedos contra la carne suave de Nita, al mismo tiempo que seguía trazando un camino por su cuello, cada vez más cerca de su hombro.

-¡Para, Ronnie! – volvió a decir ella, con más firmeza esta vez, y Ronnie sintió las palmas de sus manos apoyadas en su pecho al mismo tiempo que trataba inútilmente de empujarlo.

-Oh, por favor – dijo Ronnie, en un tono que sonó más burlón de lo que le hubiera convenido, y trató de volver a besarla – Sabes que lo quieres…

-No puedo hacerle esto a Tiffany – argumentó Nita.

Estaba arrastrando las palabras, así que el nombre de su amiga sonó extrañamente alargado “Tiiifffanyyy.” Ronnie sintió que le subían los colores a la cara, y algo más también: un mareo familiar y un apretujón en el estómago que indicaban que todo lo que había bebido esa noche estaba a punto de pasarle factura. Mierda.

-Ella es una perra – dijo, encogiéndose de hombros y tratando de volver a la posición en que estaba antes – Ella no tiene nada que ver con esto…

-No, Ronnie, basta – pidió Nita, evitando que él volviera a envolverla en un abrazo – No quiero… no quiero hacer esto.

-Oh, vamos – insistió Ronnie, aunque su voz sonó algo más apurada. Las náuseas se sentían más fuertes ahora, y si le vomitaba encima, habría arruinado por completo cualquier oportunidad que le quedara.

Trató de volver a besarla, pero ella lo empujó con fuerza al mismo tiempo que gritaba:

-¡Dije que no!

Ronnie trastabilló, y la noche dio vueltas sobre su cabeza patéticamente. Nita ya había enfilado de vuelta a la casa, y de hecho, el portazo que dio cuando cruzó la puerta resonó dolorosamente en la cabeza revuelta de Ronnie, que se quedó un minuto parado donde estaba, tratando de volver a ubicarse.

Cuando finalmente lo consiguió, su primer sentimiento fue de rabia ¡Qué se creía, aquella puta! ¡Jugueteando con él de esa manera! Si él no hubiera estado tan mareado, ella no habría conseguido quitárselo de encima fácilmente. No, señor, esa historia hubiera terminado de manera muy diferente. Pero en fin, ya se iba a enterar. Ella y Tiffany eran dos de la misma calaña, y él ya estaba harto de todas esas calientapollas.

Quiso dar un paso adelante, pero entonces el suelo se le vino encima, y Ronnie Walkers, capitán del equipo de fútbol de Westriver, hijo de uno de los hombres más influyentes de la ciudad, y macho orgulloso de su capacidad para consumir cervezas en grandes cantidades, cayó al pasto húmedo, despatarrado y confundido, y con esa caída se le acabó el poco de dignidad que le quedaba esa noche.

Despotricando contra todo y contra todos (y en especial contra Tiffany Cleveland y Nita Parks, como si el que él hubiera bebido demasiado esa noche fuera de alguna manera su culpa), intentó incorporarse, pero entonces lo acometió la primera oleada de arcadas y tuvo que arquearse sobre sí mismo y dejar salir todo el contenido de su estómago de manera violenta y ruidosa.

Fue una suerte (o eso creyó él) que nadie se asomara a la ventana en ese preciso momento, o lo habría visto de la peor manera posible: a cuatro patas en el jardín trasero de sus padres, devolviendo hasta la primera papilla después de haber sido rechazado por una nena. Su reputación, al menos, saldría intacta de aquel trance.

En cuanto a otras cosas, bien… Ronnie era demasiado engreído como para considerarlas.

El olor del vómito le llenó las fosas nasales, invasivo, asqueroso. Su boca estaba reseca y con un regusto agrio, y una fina película de sudor frío le había empezado a bañar la frente. Ronnie amagó ponerse de pie, pero le temblaban las rodillas, y poco le faltó para caerse de cara en el producto de su propio estómago, lo cual habría sido aún más desastroso.

Gateó un poco, quizá en busca de un agarradero, pero en cambio se topó con un par de piernas, un par de piernas enfundadas en un traje oscuro. Ronnie levantó la cabeza, y vio que las piernas pertenecían a un tipo, un sujeto alto y de piel pálida. No pudo ver bien su rostro, pero estaba bastante seguro que no lo conocía.

Eso no le llamó la atención, al fin y al cabo, muchas personas que no conocía habían ido a la fiesta. Quizá se sorprendió un poco, porque ese tipo parecía demasiado mayor para el grupo de adolescentes que estaba allí esa noche, pero Ronnie estaba mareado e irritado, y no lo pensó demasiado.

-Tío – pidió con lo que le quedaba de voz – ¿Una mano? – dijo, estirando el brazo hacia él.

El sujeto lo miró con algo parecido al desprecio por un momento. Luego, con mucha lentitud, sacó una de las manos que tenía escondida en el bolsillo, y sus dedos largos y finos rozaron la palma sudorosa de Ronnie.

Un segundo antes de que el desconocido lo aferrara por la muñeca, una parte del cerebro embotado de Ronnie le indicó que había algo andaba mal. Algo en los ojos del tipo, quizá algo en su forma de moverse, quizá la frialdad molesta de su piel. Pero entonces, ya era demasiado tarde.

A Ronnie Walkers se le había acabado la suerte.

2 comentarios:

  1. Excelente prologo!! :D
    Espero por mas!
    Y ahora me voy a ver la vida en rayas!

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  2. Ronnie Walkers me sonó a Johnnie Walker, el whiskey... Pero mola, quiero más

    K.

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